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Gira la ruleta política

Carlos Murillo
Abogado | Domingo 24 Junio 2018 | 00:01:00 hrs

Viernes 22 de junio, el día más largo del año. Cuarenta y un grados centígrados. Juárez es un pequeño infierno en verano. Antes de tomar la rutera necesito un agua mineral para calmar la sed. En un Oxxo, dos hombres hacen fila para pagar, uno trae gorra y camiseta del PAN, el otro trae gorra y camiseta del independiente. Uno trae vasos de unicel para tomar agua de un garrafón, el otro lleva un cocón helado. Ellos platican como si fueran grandes amigos. La promoción electoral es solamente un trabajo, no una vocación democrática, nadie pensaría dedicarse a caminar en el sol repartiendo volantes y pegando engomados como oficio. Ellos lo hacen por un sueldo muy legítimo, no es un asunto personal. Se despiden con gusto y se desean suerte.

Después de pagar me voy a la barra. Un señor de sesenta y tantos descansa mientras cuenta los paquetes de semillas que le faltan por vender, quizá son unos cincuenta acomodados en una caja de cartón. Sin hacer un gesto, ve a los brigadistas del PAN caminando entres los autos; “hacen mosca” en el crucero, dificultan la venta. Ni modo, la calle es de todos. El señor saca un pañuelo y se lo pasa por el cuello, después lo dobla en tres partes y lo guarda. La piel de su cara está agrietada por décadas caminando en el sol, sus manos son de un hombre de campo, seguramente en su juventud vivió de la agricultura, uno de los miles de expulsados del campo mexicano.

Hora de seguir el viaje. Me voy a la terminal del ViveBús. El sol está encima. Yo empino mi agua mineral y cierro la botella para que no se le salga el gas. Un muro de acero da una sombra pequeña que a las tres de la tarde es un oasis. Junto conmigo llega un joven de unos treinta años, su frente está dividida por dos colores de piel; rojizo quemado en la cara y blanco sudoroso en la cabeza que cubre con una gorra color café, usa pantalones de mezclilla, tenis y una camiseta. Mientras se enjuga la frente me dice “carnal, ni con tres de esas se te quita el calor, yo llevo todo el día tomando agua mineral y sigo con la misma sed”. Creo que tengo un nuevo amigo.

Dos jóvenes caminan por fuera y se acercan conmigo alzando un volante del PAN y una pulsera naranja de Movimiento Ciudadano. En las campañas políticas hay promotores pagados -que son la mayoría-, y voluntarios, que participan para hacer méritos y obtener un empleo o asegurar el que ya tienen. Es evidente que estos jóvenes están en el segundo grupo. Como los testigos de Jehová, se acercan con amabilidad -y con cierto pudor ciudadano-, asumen que la gente rechaza a todos los políticos y como si estuvieran arrepentidos en el confesionario me dicen “el domingo de la próxima semana son las elecciones, no olvide salir a votar”. Los estrategas del PAN piensan que si aumenta el porcentaje de la votación, esto les beneficiará en automático. Ilusos. En la calle, ellos solamente reciben la instrucción y la operan.

Casi al mismo tiempo, el compa y yo tiramos el volante y la pulsera en el bote de la basura.

Mi nuevo amigo espera a que los panistas caminen y me dice “un doscientón”, mientras arquea el dedo índice y el pulgar, la señal que usamos los mexicanos para representar el dinero. “A huevo”, le contesto para generar empatía.

La venta de votos en México es un mito, todos los partidos lo intentan, pero siempre es un fracaso rotundo. Si fuera tan fácil comprar votos cualquiera podría ganar las elecciones con dinero, pero la realidad muestra que no es así. Además, comprar un voto cada vez es más complicado, son muy pocos los operadores dispuestos a arriesgar el pellejo, sobre todo porque estamos en los tiempos de los celulares y de las redes sociales, cualquiera puede grabar el momento y denunciar. Una falla y se van al tanque a marcar un rato.

La gente piensa que sí es posible, porque hay quienes simulan la compra de votos y alardean para cobrárselos a los jefes. En el río revuelto del día de la elección ganarse una feria es sencillo, sólo hace falta perder la vergüenza y detectar a un pendejo con dinero que quiera comprar votos. El día de la elección siempre hay uno que quiere tirar el dinero y otro que está dispuesto a simular cualquier aracle electoral para que le suelten el billete.

“Lo bueno es que mañana juega México”, le dije al compita con ganas de hacer platica. “Simón, mañana no me sacan del cantón ni a chingazos”, me contestó con tono de emprendedor millennial. Me lo imaginé con un caguamón a las nueve de la mañana.

Llegó un autobús. Se acabó la conversación -pensé-. Pero a veces el destino es más sabio; al abrirse las puertas el camión parecía una lata de sardinas. Nadie hizo siquiera el intento por subirse. Rendidos ante esa realidad dimos un paso atrás. La botella de agua mineral se estaba calentando, por lo que decidí darle un trago machín. Antes de que se convierta en caldo -volví a pensar-.

“¿Y de estos quién va a ganar pues?”, le dije con tono familiar señalando con la mirada a los panistas. La plática transcurre como si estuviéramos caguameando en la esquina del barrio. “Yo le voy al ‘Potro’, porque está perro el güey, pero no lo van a dejar ganar”. Un fan de “El Bronco”, vaya, eso sí es raro, pensando que según las encuestas apenas logra un dos por ciento de las preferencias.

Pero una cosa es quién me gusta, otra por quién votaré y una tercera quién pienso que va a ganar. Así que hice una repregunta, “Entonces ¿vas a votar por el ‘Potro’ o qué?”. No se me podía pelar el vato sin contestar, me propuse esta vez no fracasar. “Por Canalla o por el Mid, cualquiera menos ‘El Peje’, ese güey está loco… nunca gana”, dijo mi carnal contra todos los pronósticos. Según los estereotipos de esta elección, cualquiera hubiera jurado que el cuate era pejista, pero no, al contrario, era antipeje.

En un instante se agolparon en mi mente algunas ideas. Hasta ahorita, hay un defecto en los análisis políticos. Se perdió de cuadro que “El Peje” -en las últimas dos elecciones-, no convenció a la clase media, pero tenía la fuerza política en un amplio segmento de la clase baja. Hoy, para ganarse a la clase media hizo alianzas con la clase gobernante “prianista” que tanto criticó y efectivamente, ganó un amplio segmento de la clase media con eso, pero con la incongruencia ha perdido una parte de la clase baja trabajadora. Las encuestas no lo dicen ahora, porque es una realidad oculta, pero este análisis comenzará a hacerse con los resultados del 1 de julio, donde “El Peje” no obtendrá la votación que dicen las encuestas que tiene e inclusive, existe la posibilidad real de que otra vez pierda la elección. Que no nos sorprenda ese resultado.

A nivel local, la ruleta política gira y no hay nada para nadie. El gran fracaso anunciado es del independiente y sus candidatos, porque están completamente desinflados, el exceso de confianza fue su peor enemigo; por otro lado, Galindo va a pagar los platos que quebró Javier Corral, ni modo, así es la política, hay veces que nada el pato y hay veces que ni agua bebe; Mocken amarró su futuro a AMLO y ante esa circunstancia -de una falla en las encuestas- y la poca capacidad de organización y operación, Morena en Juárez está lejos del triunfo; finalmente, Adriana Terrazas es la única que logró posicionar un tema en la agenda electoral, el estado libre y soberano de Juárez, además, el PRI es el único que mantiene una estructura con capacidad operativa. En resumen, una buena idea y una coyuntura van a dar el campanazo que pocos se esperan: Adriana Terrazas será la primera alcaldesa de Juárez el 1 de julio.

“De rato te miro”, dijo mi compa y se fue deslizando entre hombres y mujeres que viajan en el siguiente camión. Gracias, en una semana sabemos el resultado, carnalito -pensé-. Una semana.



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