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El llanto de los inocentes

Hesiquio Trevizo
Presbítero | Domingo 24 Junio 2018 | 00:01:00 hrs

A su regreso de Singapur, Trump llegó bastante disgustado por los resultados del viaje, creo yo. Comenzó por recrudecer la guerra comercial con todo mundo. Abrió fuego contra China y la U.E., México y Canadá, todo con pronósticos reservados. Pero lo que ha dejado atónitos a propios y extraños ha sido la mutilación de las familias migrantes al separar a los niños de sus padres. Audios y videos que se han filtrado a pesar del cuidado para que esto no sucediera, han despertado estupor, repudio y condena universales. 

Cierto, el problema de la movilidad humana es universal y extremadamente complejo; “es la plaga de nuestro tiempo” (JP.II). Pero tampoco es la forma de enfrentarlo. Problema difícil y complejo lo es y más cuando se une a otras formas del crimen, cuando la delincuencia pesca en río revuelto. México, además de país expulsor, es país de tránsito: trata de personas, droga, armas, etc., todo pasa por nuestro país. Sin embargo, la reacción Trump ha sido la peor y tiene antecedentes muy negros y recuerda tiempos que no deben volver.

Este miércoles Trump ha debido desandar el camino, corregir su error y creo que es la primera vez que lo hace. Trump rectifica y prepara una orden para evitar la separación de niños y familias migrantes sin papeles. “Queremos mantener a las familias juntas. Es muy importante. Voy a firmar algo pronto sobre inmigración que va a hacer eso”, confirma el presidente tras la oleada de protestas y la presión de los propios republicanos. De confirmarse, se trataría de una rectificación en toda regla de Trump, quien siempre saca pecho por su dureza negociadora y había tomado el drama de los niños sin papeles como moneda de cambio para lograr una legislación migratoria más dura.

La crisis estalló en la opinión pública en los últimos días, cuando se hizo público que en el lapso de apenas seis semanas, la administración había separado a unos 2 mil niños, a veces bebés, de sus progenitores o familiares adultos. Pero ello indica, a su vez, la magnitud del problema. Nos obliga a ver de frente el fracaso de las políticas en nuestro continente; nuestros pueblos son ricos en recursos, son ricos, pero pésimamente administrados. Sin meterme en campañas, el problema es la corrupción. Vemos los estados fallidos del cono sur y centro américa, la violencia, las dictaduras democráticas, los discursos vibrantes y patrioteros, pero la pobreza y la inseguridad forman el hábitat de esa gente.  Nuestra frontera sur es una herida abierta, porosa, sangrante. México debe mirar hacia adentro. Toda esta tragedia no puede ser abordada en el alud de promesas de campañas, pero ahí está. Y la zona fronteriza se va problematizar todavía más.

La norma de tolerancia cero sigue vigente. Al terminar de firmar la orden ejecutiva, Trump alcanzó a decir molesto, apenas audible: “pero hay que levantar ese muro”. Y nuestras fronteras serán como la cortina de una gran represa.

El martes, el líder republicano del Senado, Mitch McConnell, anunció que todos los 51 senadores republicanos apoyan una propuesta de ley para “mantener unidas” a familias de inmigrantes indocumentados tras ser detenidas por cruzar ilegalmente la frontera. El lunes, el alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad al-Hussein, calificó la separación de “abuso infantil”. Lo llamativo del caso es que coincide con una ola de nacionalismos que también sacude a Europa y que ha cristalizado ya en gobiernos como el de Hungría o el de Italia. Incluso Francia. No tengo bien digerido el dato según el cual Estados Unidos abandona la Comisión de los Derechos Humanos en la ONU. ¡Vaya follón!

B. Häring, teólogo alemán, sacerdote y capellán en las guerras mundiales, ha escrito que: “Sólo de personas y sociedades no violentas pueden partir los impulsos decisivos para el campo político”. Más radical es Fromm cuando se pregunta si una sociedad enferma puede producir individuos sanos. Y es que desgraciadamente nuestros jefes son personas gravemente afectadas por la enfermedad de la violencia. Ya el Apocalipsis señala la posibilidad de que todo un grupo llegue a enfermar: comunidades eclesiales, partidos, familias, la cultura misma. Nuestra enfermedad es la violencia y no nos imaginamos a qué grado. Nuestro mundo está enfermo, lo está nuestra cultura, lo están nuestras familias o le que queda de ellas. Lo vemos en la patología simple y pura que vivimos a diario. Trump es un hombre muy violento, no hay serenidad ni cordura en sus decisiones; se echan de ver la arrogancia, la soberbia y la autosuficiencia con que toma sus decisiones.

Arendt nos enseñó a pensar en el mal como una banalización: la banalidad del mal. En el diccionario de la RAE de la lengua, la palabra banal es equiparada a “trivial, común o insustancial”. Trivial, a su vez, es equiparado a “vulgarizado, común y sabido de todos”. Le impresionó la serena caballerosidad de A. Eichmann criminal de guerra nazi durante el juicio. Se trata de una persona normal; ¿Cómo una persona normal puedo cometer tranquilamente tales crímenes?

Pensando en estas cosas leí un artículo de Ignacio Morgado Bernal sobre Rudolf Höss, (no confundir con Rudolf Hess), comandante de Auschwitz. Rudolf Höss era un hombre cuerdo, con conocimientos y sentimientos, que razonaba con frecuencia sobre su propio comportamiento y el de los demás, y que poseía un cierto grado de empatía. A esa conclusión he llegado después de estudiar detenidamente sus memorias y la historia del exterminio, además de haber visitado el lugar de los hechos: los campos de Auschwitz y Birkenau.

Su hija, Brigitte Höss, que sobrevivió a la tragedia, recuerda que su padre “parecía el mejor hombre del mundo, siempre dulce y amable con quienes le rodeaban”. Es este, por tanto, un buen momento para tratar de penetrar en la mente del comandante, Rudolf Höss, y preguntarnos: ¿cómo pudo hacerlo? ¿Cómo puede un ser humano dirigir el cruel exterminio de tantos hombres, mujeres y niños, incluso después de mirar a la cara a muchos de ellos? ¿Era un loco inconsciente que no sabía lo que hacía? ¿Era tal vez un sádico, un hombre malvado y cruel o un psicópata que disfrutaba con el sufrimiento ajeno? ¿Era simplemente un lacayo, inculto y sin sentimientos, que sin pensar ni razonar se limitaba a cumplir órdenes? ¿Banalizó el mal Rudolf Höss?

Subordinado del Reichsführer, H. Himmler, Höss obedeció con toda tranquilidad la orden del exterminio, no le tembló la mano ni la voz. En los pabellones donde están los niños migrantes separados de sus padres, en medio del llanto y los alaridos, se alcanza a oír la voz de barítono que dice: bien, tenemos aquí una orquesta; necesitamos un director. Siempre me he preguntado, y está escrito en este espacio, cómo podemos entrar a la mente de una persona así, que mata, corta en pedazos, quema en ácidos, etc., etc., a un semejante. Lo he planteado a los sicólogos, ¿cómo entender una mente así? ¿Qué ha debido destruirse antes?

Häring escribe: “La enfermedad mortal en plena expansión se echó de ver de forma pavorosa en la obediencia ciega con que millares de ciudadanos ‘normales’ secundaron las órdenes de Hitler y Himmler en los campos de exterminio; en la obediencia ciega con que miles de pilotos colaboraron, sin ningún ataque de nervios, en el asesinato de millones de niños y ancianos lanzando sus cargas de bombas en los barrios densamente poblados…”.

El mal, ¿puede banalizarse a tal grado? Creo que no. En sus memorias, Höss escribe: “Cuando el espectáculo me trastornaba demasiado no podía volver a casa con los míos. Hacía ensillar mi caballo y, cabalgando, me esforzaba por liberarme de mi obsesión”. “A menudo me asaltaba el recuerdo de incidentes ocurridos durante el exterminio; entonces salía de casa porque no podía permanecer en el ambiente íntimo de mi familia”. “Desde el momento en que se procedió al exterminio masivo dejé de sentirme feliz en Auschwitz”. Cuando recibió la consigna de suprimir discretamente a los enfermos y los niños llega a decir: “Nada resulta más difícil que ejecutar tales órdenes fríamente, anulando todo sentimiento de piedad”.

Todos hemos visto en los filmes sobre la Segunda Guerra Mundial las escenas de los prisioneros al ingresar al ‘campo’; la separación brusca de las familias, de los niños arrancados de los brazos de sus padres para desaparecer para siempre. Trump ha comprometido seriamente la gran civilización de los norteamericanos donde residen asociaciones de ayuda a la infancia a nivel mundial.

Me he basado en Ignacio Morgado Bernal para este artículo. Él es director del Instituto de Neurociencia de la Autónoma de Barcelona. Autor de ‘Emociones corrosivas: Cómo afrontar la envidia, la codicia, la culpabilidad y la vergüenza, el odio y la vanidad’ (Ariel, 2018). Me gustaría obtener este libro: ‘Los pecados capitales desde la neurociencia’. Si alguien va a España, se lo encargo.



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