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Pascal Beltrán del Río
Analista | Viernes 22 Junio 2018 | 00:01:00 hrs

Ciudad de México.— Tal como se apuntó en este espacio desde el momento que ganó la elección presidencial, las políticas de Donald Trump han presentado un componente de impredecibilidad que vuelve muy complicado categorizar las coordenadas en las que se mueve.

En lo que sí es congruente es en su capacidad de acumular conflictos de la misma forma que el típico alumno bravucón de la escuela provoca a sus compañeros en busca de retadores, por el puro gusto de exhibir músculo, y porque éste es parte sustancial de la oferta a su base electoral.

No conforme con emprender una guerra comercial con adversarios y supuestos aliados, esta vez Trump ha querido abrir otro frente en los temas relativos a los derechos humanos, los cuales, al menos en lo que deja ver su biografía, no son parte de su interés inmediato ni mucho menos de su conocimiento más profundo. 

Quizá, por esa razón, es más proclive a resbalar en esta agenda, aunque parece haber mucho de escenografía en estas escaramuzas.

Las más recientes son el escalamiento de su ofensiva contra la migración indocumentada –eje de su permanente retórica de campaña– y la decisión de que Estados Unidos abandone el Comité de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas.

En este segundo punto ha sido explícito el deseo de congraciarse con un aliado, Israel, objeto de las críticas de buena parte de los países integrantes de ese Comité que no necesariamente aplican la misma vara para evaluar el comportamiento de naciones como China o Venezuela. 

Por este motivo, el gobierno de Trump ha tachado de hipócrita al organismo, aun cuando el mismo calificativo se le podría endosar a Washington, que ha levantado la voz contra Cuba, pero se hace de la vista gorda cuando las denuncias señalan a Arabia Saudita.

Centrar el tema en el reducido universo de adjetivos que utiliza Trump le puede redituar en términos de política interna, pero conlleva riesgos a escala global que probablemente no esté calculando correctamente o de plano no le interesan. 

En primera, porque pondrá aún más en entredicho el liderazgo de Estados Unidos en materia de colaboración multilateral y será una piedra más en el zapato de su relación con el resto de potencias mundiales. 

La postura liberal de Washington en materia de derechos humanos fue la que finalmente marcaba los estándares de las reglas a las que tenían que sujetarse los países para ser considerados parte de la comunidad global. Es muy probable que el vacío que deje Estados Unidos anime a más de un gobierno a incurrir en prácticas represoras internas, sin temor a ser molestado por quien se asumía como “el líder del mundo libre”.

Este riesgo existe, por supuesto, mientras la decisión tomada el martes sea consistente y duradera, no como ha ocurrido con su también controvertida política fronteriza.

Trump recrudeció su ofensiva contra la migración indocumentada jactándose de aplicar una política de “tolerancia cero”, un concepto que originalmente fue acuñado en el contexto de estrategias de seguridad pública, pero que en los hechos significa equiparar a los inmigrantes con delincuentes.

Esta política se ha vuelto muy visible por la difusión de imágenes en las que aparecen niños encerrados en jaulas en centros ubicados en la frontera con México. Son los hijos de los indocumentados, recluidos ahí mientras sus padres están en proceso de ser deportados. 

Esta vez, la mano dura que pretendió mostrar Trump desató un rechazo prácticamente unánime, tanto a escala internacional como doméstica, dicho esto último casi literalmente, pues es sabido que estas medidas atroces generaron la oposición incluso de su esposa Melania y de su hija Ivanka.

Sea por esta presión, o porque midió que era contraproducente perseverar, Trump firmó el miércoles una orden ejecutiva para echar atrás esta política de separar a familias. Quizá él mismo no lo vea como una derrota, sino como una emulación de su estrategia de negocios de primero apretar para luego soltar.

Lo que se ve, por ahora, es que Trump está sufriendo las consecuencias de no contener su propia retórica. Como dice una clásica canción, será su cárcel y nunca saldrá.



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