Campañas y prisión

Sixto Duarte
Analista
2018-06-18

Conforme se va acercando el día de la elección, la efervescencia política va en aumento: la propaganda se observa en todos lados, los ataques entre candidatos se hacen más recurrentes, y la gente se apasiona más con el tema. A manera de broma, comentábamos varios amigos que el inicio del Mundial representaba el fin de las campañas políticas. Si bien la afirmación puede parecer exagerada, lo cierto es que vino a enfriar un poco la calentura electoral que se vive, especialmente durante los días en que juegue la Selección Nacional.
El domingo, el triunfo de la Selección sobre Alemania vino a opacar toda noticia relacionada con el proceso electoral. De ahí que los candidatos hayan decidido manejar una agenda conservadora y discreta, pues lo que hicieran pasaría a segundo plano en la cobertura noticiosa, por el juego de la Selección. Sin embargo, tenemos un espacio de aquí hasta el sábado (cuando la Selección sostendrá su segundo encuentro) en que los candidatos aumentarán el ritmo en su proselitismo, y seguramente de sus ataques.
Desafortunadamente, las propuestas de los candidatos giran alrededor de los mismos temas: “tú eres más corrupto que yo”, “te voy a meter a la cárcel”, o la magnánima de López Obrador: “ni a ti te voy a meter a la cárcel”. La culpa de este nivel de debate no es de los candidatos, es nuestra, de los ciudadanos que celebramos esa clase de mensajes.
Como en el circo romano, cada vez que un político promete encarcelar a su antecesor, vitoreamos, celebramos y aplaudimos como si eso terminara con la corrupción. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, dice el dicho popular. Si en vez de ello, exigiéramos resultados y políticas públicas responsables, el debate tendría otra cara.
La corrupción es un problema tan arraigado, que requiere educación, marco normativo, y desde luego, procuración de justicia para poder erradicarse. Cuando nos basamos estrictamente en la última etapa, convertimos un tema que pudiera ser algo serio en un circo mediático. De ahí que los candidatos propongan encarcelarse los unos a los otros.
Este nivel de debate, además de ser muy pobre, evidencia la doble moralidad del electorado. En México, prácticamente existe unanimidad respecto a la responsabilidad penal de los Duarte o de Borge. La sociedad ya condenó a los exgobernadores. Sin embargo, respecto a Anaya, todavía hay quienes defienden su posición, o presumen su inocencia.
Ante esta postura doble, la pregunta obligada es: ¿qué diferencias hay entre las acusaciones contra Duarte o Borge y las de Anaya si todos están acusados y ninguno está sentenciado? La incongruencia de acusar y creer los señalamientos contra los priistas, y no creer en los vertidos contra Anaya reflejan la pobreza de nuestra crítica. Nuestro juicio es subjetivo, basado en el origen partidista de unos, y temor de que otro llegue al poder; unos tienen la presunción de inocencia, otros simplemente no la tienen, y otros hasta se dan el lujo de perdonar por adelantado.
Lo ridículo de todo esto es que hemos llegado a un punto que un candidato, si gana es redentor y procurador implacable de justicia; si pierde, un delincuente perseguido por sus pecados. Es decir, si López Obrador, Meade o “El Bronco” ganaran la Presidencia, bien podrían acusar y procesar a Anaya con base en los señalamientos que se le han hecho. Si Anaya ganara, procesaría a cualquiera de los otros. Ese es el estado de nuestros órganos de procuración de justicia, que se vuelven veletas justicieras dependiendo de donde sople el viento electoral.
Uno de los principales argumentos que han utilizado las campañas de Anaya y de Meade para golpear a López Obrador, ha sido la disposición de éste de promover una amnistía (no se sabe exactamente a quiénes y por qué delitos). Incluso, circula un video en la enorme lluvia de spots que a diario vemos, en donde se le pregunta a López Obrador si estaría dispuesto a fumar la pipa de la paz con Carlos Salinas y Enrique Peña, a lo cual López Obrador responde que sí. Sin ser seguidor de López Obrador, no entiendo cómo eso puede ser percibido mal por parte del electorado. Sin embargo es un hecho que la sociedad considera a los gobernantes como vengadores de sus fobias colectivas. Esto me parece gravísimo. Además de todos los argumentos anteriores, la incógnita es: ¿quién va a cerrar la puerta?

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