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Desnormalizar la violencia

Cecilia Ester Castañeda
Escritora | Domingo 10 Junio 2018 | 00:01:00 hrs

Durante su visita a la frontera, esta semana el sacerdote Alejandro Solalinde hizo un llamado a evitar la normalización de la violencia, informó El Diario. Se trata de un exhorto de importancia evidente. En un lugar como Ciudad Juárez, sin embargo, a veces olvidamos que se trata de un objetivo viable. Ojalá las palabras del polémico activista galardonado con el Premio Nacional de Derechos Humanos 2012 nos motiven a actuar al respecto.

No lo digo por sus posturas políticas –con las cuales podremos o no estar de acuerdo–, ni siquiera por haber sido nominado al Nobel de la Paz. (La verdad, esto último no es garantía de nada. Junto a algunos acreedores de dicho reconocimiento como el Comité Internacional de la Cruz Roja, Teresa de Calcuta y Nelson Mandela ha habido aspirantes al nivel de Luis Echeverría y Donald Trump). Pero definitivamente Solalinde ha sido una de las voces más firmes en defensa de los migrantes en México, alguien que además de protestar ha optado por la acción. Eso, creo, es su lección más valiosa.

Ahora, tal vez hoy en día impedir considerar normal la violencia aquí resulte un esfuerzo insuficiente, demasiado poco demasiado tarde. En gran parte del mundo, particularmente en lugares como Ciudad Juárez, la violencia ha venido normalizándose de forma gradual desde hace largo tiempo. Las razones son diversas y complejas, con teorías desde ópticas variadas. No, no es un problema de solución instantánea ni única. Y ahí está uno de los puntos clave: debe abordarse de manera sostenida desde diferentes ángulos.

Es donde entramos los ciudadanos.

La violencia se manifiesta a diario en tantos matices, grados y escenarios que la mayoría de los juarenses hemos dejado de percibirla. Por lo tanto un primer paso puede consistir en aprender a detectarla en el entorno más inmediato. Mejor aun, en nuestra propia persona.

Sí, aunque no seamos golpeadores, transeros, delincuentes, ni corruptos, todos formamos parte de un sistema con problemas de agresividad y falta de Estado de Derecho. De alguna manera lo sostenemos.

En efecto, cada uno de nosotros colaboramos de alguna u otra forma, en mayor o menor grado, consciente o inconscientemente, a fin de que se dieran las condiciones imperantes durante los últimos años en Ciudad Juárez. Parece difícil de creer cuando es tan sencillo sentirnos víctimas de decisiones, faltas y abusos de otros, o que no nos toman en cuenta, pero los actos individuales tienen consecuencias directas en nuestro entorno.  

Una de las razones es que todos somos susceptibles a las influencias grupales desarrolladas durante milenios para facilitar la convivencia entre los seres humanos y, a través de la respuesta personal a dichas influencias, podemos contribuir a que crezcan o se detengan las condiciones de peligro. Al responder cada miembro a los mismos estímulos registrados en conjunto, dicen los sicólogos, las fuerzas sociales se transmiten por mecanismos como la conformidad, el ejemplo y la obediencia. Además, intervienen factores entre los que se encuentran la predisposición personal, la aceptación o el rechazo grupal, la presencia de recompensas o castigos y la apatía.  

¿Un caso concreto? No sé si usted haya decidido donar tapas de refrescos para alguna campaña de reciclaje promocionada por un conocido a quien admira o si se pasó un semáforo en rojo después de ver a otros conductores hacerlo. Si alguna vez flaqueó su voluntad ante la presión de los demás –como cuando se rompe una dieta– ha experimentado un caso de influencia social.

Lo importante es sabernos seres sociales y comprender lo que ello implica. Significa, además de vivir en asentamientos multitudinarios o tener credenciales identificándonos como miembros de ciertas comunidades, guiar nuestro comportamiento por las señales de los grupos de los cuales nos sentimos parte, momentánea o permanentemente. Por eso podemos tener una “personalidad” en casa y otra muy distinta entre desconocidos. Y por eso nos conviene estar conscientes del poder transformador de los factores situacionales, en todos y cada uno de nosotros.

¿Qué tiene esto que ver con la normalización de la violencia? Entender la propia vulnerabilidad permite evitar contribuir a condiciones facilitadoras de actos agresivos. Porque, como dice el dicho, “violencia genera violencia”. Si en Ciudad Juárez hemos alcanzado semejantes índices de delitos donde se atenta contra la integridad física no fue de la noche a la mañana ni nada más por las disputas territoriales de grupos criminales -aunque a éstas se atribuyan los hechos más notorios-. Tuvo que haber antes un caldo de cultivo, un entorno donde pudiera registrarse y mantenerse una ola delictiva así. 

Es en ese entorno donde los ciudadanos mejor podemos colaborar, revirtiendo la percepción de normalidad de elementos cotidianos agresivos o de apatía que dan pie a la intensificación de la cultura violenta y el oportunismo de intereses especiales o antisociales.  

Un integrante de una sociedad más pacífica podría identificar de inmediato los elementos de dicha “normalización”. Si usted platicara con alguien venido de una época o lugar tranquilo, ¿cuáles diferencias cree que señalaría?

O al revés. En cierta ocasión entrevisté a un amish, un miembro de esa comunidad norteamericana parecida a la de los menonitas cuyos hombres acostumbran largas barbas y sombreros redondos y de vez en cuando se ven caminando -no usan vehículos motorizados- por las calles de la ciudad. Fue, créame, como viajar en el tiempo: una persona tranquila procedente de una sociedad muy unida. Hasta la forma en que los amish se referían uno a otro en su periódico era distinta: con respeto y cordialidad, sin prisas, descalificaciones ni competencias. No me sorprende que sus tasas delictivas sean mucho más bajas.

En cambio, cuando escucho comentarios a favor de los homicidios de presuntos miembros del crimen organizado registrados en Ciudad Juárez por constituir una “limpia” entre ellos, me quedo pasmada. No estamos entendiendo, me parece, que el efecto destructor de la violencia no se limita a las víctimas directas. No solo es la pérdida de vidas humanas, sino la estela de miedo, la inseguridad, el daño económico y social, el precedente, la idea sembrada, el método elegido para arreglar diferencias, la desensibilización colectiva, la proliferación de armas, el poder asumido por grupos antisociales, el atentado a nuestros valores, instituciones, estructuras y sistema de vida.

Cuando nos dividimos en “buenos y malos” es más fácil desentendernos de nuestra responsabilidad por las condiciones peligrosas. Peor aún, tendemos a deshumanizar a los “malandros” y sentirnos con derecho a imponerles castigos basados más en nuestra frustración que en la justicia. Proponemos “mocharles la mano” mientras nosotros nos consideramos inmunes a las influencias sociales.

Si somos incapaces de actuar mal, si los “mafiosos” son los otros, ¿cómo se atreve alguien a dudar de nuestra rectitud? ¡Somos los buenos! Precisamente con ese razonamiento desconectamos los mecanismos internos y externos de regulación. Qué gran permiso para abusar. Si le gritamos a alguien es porque se lo merece. Si tiramos basura no importa, todos lo hacen. Si obstruimos las banquetas destinadas a los peatones es por no encontrar estacionamiento. Si evadimos impuestos se debe a que el Gobierno es un ladrón. Si recurrimos a un funcionario público amigo nuestro en busca de un descuento es que los servicios son demasiado caros. Si robamos gasolina es por necesidad…

Nos convertirnos en parte del problema.

Adoptar una cultura de paz, respeto, armonía y legalidad es trabajo de cada momento. ¿Estamos dispuestos a aprender a vivir con ella?

Repito las palabras del activista chihuahuense Julián Le Baron citadas por El Diario en 2010, ese terrible año de prueba para nuestra comunidad, “la única forma de dar vuelta a esta situación es dedicarnos todos los días a la libertad… Es hacer un esfuerzo diario por reconstruir lo que nos une con los demás, por salir de nuestras casas y comprometernos: hoy no seré violento con nadie y no consentiré la violencia”.



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