La ruina política de Corral

Carlos Murillo/
Analista
2018-04-14

Que un gobernante sea adicto al conflicto e impermeable a los consensos es una tragedia para cualquier democracia. Ese es el lastre que tiene Chihuahua ahora. La política del odio está tan arraigada en Javier Corral que ha perdido el rumbo -si es que alguna vez lo tuvo-, y ahora es la causa de su ruina política.
Ahora, incapaz de resolver los graves problemas de seguridad, salud y educación, Corral mantiene una agenda con sus propios problemas, los que él mismo inventó y que anida en su hígado. Siguiendo la máxima de Maquiavelo -de elegir luchas ganadas-, ha cuidado con diligencia sus problemas, pidiéndole al cielo que no se resuelvan jamás, porque entonces se quedaría sin nada.
Corral sembró la semilla de la discordia y cultivó esos problemas, como quien siembra una planta venenosa y la riega con bilis, sabedor de que está engendrando el rencor social -que más temprano que tarde se le revertirá-; ése el fruto podrido del “nuevo amanecer”, que hace dos años fue rentable electoralmente, pero hoy no lo es.
El discurso de Corral siempre estuvo hueco, fue montado artificialmente en el descontento social y sirvió como una válvula de escape. Aprovechó astutamente que la gente está harta, pero no sabe de qué. Había que decírselo. Para eso, fue necesario crear un enemigo público y dirigir los cañones retóricos en esa dirección. Todo el odio a una persona, el viejo truco. La historia nos muestra que los dictadores han seguido el mismo patrón para legitimar su gobierno.
Después, una vez conseguido el poder político, los dictadores borran la división de poderes, toman el control de los medios de comunicación, restringen la libertad de expresión, persiguen a los opositores y los castigan con juicios públicos bajo el esquema del populismo penal, forman grupos de legiones incondicionales y monopolizan las decisiones políticas. Todo eso ya lo hizo Javier Corral, no hay nada pendiente en la agenda para convertirse en un dictador.
El Gobierno federal en realidad no ha podido contener la campaña mediática de Javier Corral, que se ha convertido en el chico malo de los gobernadores, porque se comporta como un adolescente: emocionalmente inestable, irritable y caprichoso. En pocas palabras, el señor está negado.
Continuando con su estrategia -hasta ahora exitosa por los resultados que ha conseguido, pero fracasada porque ha perdido legitimidad social y política-, ha convocado a sus incondicionales para una segunda etapa de presión a la Federación. Como el niño que ya que le agarró el numerito a sus padres, conoce el camino para volver a salirse con la suya. Ya no son los 900 millones, porque ese pretexto ya se lo quitaron de una manera muy sencilla: pagándole.
En su acto político electoral, disfrazado de acto cívico institucional que se celebra hoy, no habrá ni una palabra de la inseguridad, ni una palabra de los asesinatos de policías estatales, ni una palabra de la deuda con los maestros o de la falta de pago de médicos en los hospitales del Estado, ni una palabra de la falta de medicamentos, ni una palabra de la nula obra pública en Chihuahua, ni una palabra de los problemas que viven los chihuahuenses.
Si no trata estos temas, entonces ¿de qué hablará en la reunión a la que ha convocado? Solo los problemas que el gobernador elige. La retórica selectiva. Seguramente, la idea será lanzar otra ofensiva contra el Gobierno federal, por la extradición de César Duarte y porque un juez federal atrajo los casos de Alejandro Gutiérrez, Antonio Tarín y Gerardo Villegas. Un asunto que debería debatirse en los juzgados será expuesto ante los incondicionales de Corral en la Plaza del Ángel, regresando 500 años en la historia y convirtiendo un mitin político en juicio de la Santa Inquisición. No hace falta imaginar el resultado, es como preguntar “¿qué hacemos con los migrantes ilegales?” en una asamblea de Donald Trump. Hay que hervirlos a fuego lento, vivos si es posible.
En el último discurso que subió a sus redes sociales, el gobernador Corral argumenta tres ideas principales: la primera es la antítesis, de lo que lo acusan sus enemigos; la segunda idea es legitimar su movimiento social diciendo que el dinero producto del desvío era destinado para medicamentos y alimentos; y, finalmente, la tercera idea es que es necesario volver a reunirse para definir una nueva estrategia.
Sobre la antítesis, es la primera vez que Javier Corral hace referencia a quienes se oponen a su lucha, los encarna en varias frases: “dicen que ya no nos metamos en problemas, que dejemos de combatir la corrupción, que estamos obsesionados con César Duarte, incluso dicen que nos dediquemos a gobernar”, con esto demuestra lo que le duele (pero no se da cuenta de que es lo que la gente dice, no los opositores, la gente común y hay algo peor, no lo van a dejar de decir, porque es la verdad, basta ver las redes sociales inundadas del mismo reclamo: “póngase a trabajar”, le repiten miles pero el señor ni los escucha, ni los ve, al modo del antiguo régimen).
Después, Corral intenta posicionar su lucha contra la corrupción como “el mal de males”, un enemigo superior a cualquiera, porque supuestamente, acabando con la corrupción se resuelve en automático todo lo demás. Nada más falso. Aunque se cumpliera la quimera de acabar con la corrupción, eso no resolverá el problema de seguridad, ni el de educación, ni de salud. No se puede reducir todo a un solo problema. En ese sentido, Javier Corral cree que fue electo como juez penal o fiscal anticorrupción y que todos los demás problemas le son ajenos.
En el mismo video, usa un discurso emotivo, común en el acervo retórico de Corral; ahora acude a la puerta falsa de la falacia “ad misericordiam”, en donde pide piedad al público para su aceptación y usa sin ningún pudor a los enfermos y a los niños como escudo para decir que el dinero que quiere recuperar iba destinado a los más vulnerables. Según él, por eso es legítimo pedir el apoyo para su causa. Nada más ruin que esconderse detrás de los más vulnerables para perseguir a sus opositores.
Hoy, los empleados del Gobierno estatal están citados en la Plaza del Ángel para rellenar el espacio y de pasada que escuchen lo que su patrón, el gobernador, les tiene que decir. No es un diálogo, no hay un formato de participación ciudadana, al contrario, es un monólogo, a lo más una batería de dos o tres discursos que digan lo mismo cambiándole algunas palabras para despistar. En ninguna parte del mundo se puede llamar a eso acto democrático.
Ya no estará Emilio Álvarez Ícaza porque se ha quitado la máscara de sociedad civil y ahora es candidato a senador, vendió caro su amor a la alianza electoral del PAN-PRD-MC; unas curules en el Senado fueron suficientes, como dijo el Rey Enrique IV al convertirse al cristianismo “París bien vale una misa” y aquí la dieta mensual como legislador bien vale echar por la borda el sacrificado apostolado de ser sociedad civil. Muchos de los que estuvieron en el aparador en la primera reunión no pueden aparecer porque ahora son candidatos -no podía ser más evidente que se trata de un objetivo electoral-, pero seguramente habrá otros jilguerillos que quieran subirse al templete para leer el guión, finalmente el pago vale la pena y para el caso es lo mismo que se suba Chana o Juana, todos asentirán al mismo tiempo y lanzarán alharacas cuando mencionen a los rivales. Cada quien cumple su rol.
Puede ser que mañana, después de la “discurso-terapia” del gobernador, él y su séquito salgan extasiados y en la comida Javier Corral será autocomplaciente diciendo “¿qué te pareció que le dije sus verdades a Peña Nieto?” y escuchará decenas de veces “es usted muy valiente señor, los hizo temblar”. Pero cuando pase el efecto de la embriaguez retórica, en medio de la resaca de la realidad deben recordar algo: por su ineficacia para gobernar, Javier Corral está en la calificación más baja de popularidad y todavía no cumplen dos años y, por si fuera poco el descredito, en las próximas elecciones los chihuahuenses le cobrarán su ineptitud en las urnas y el PAN perderá la mayoría en el Congreso, lo que representa la ruina política de Javier Corral. Así que no hay nada que celebrar.

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