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Una trama sin criminal

Jesús Antonio Camarillo/
Académico | Sábado 14 Abril 2018 | 00:01:00 hrs

Con mi más sentido pésame a Osvaldo Rodríguez Borunda y a Osvaldo Rodríguez Jiménez.

El caso de Yesenia Pineda Tafoya, la jovencita que falleció luego de pasar por un auténtico calvario derivado de lo que presumiblemente constituyó una cadena de negligencias y omisiones médicas, está todavía muy presente en la memoria de los juarenses y colocó, en su momento, en la mesa de la discusión pública, una temática que debe ser abordada no dentro de los parámetros del franco subjetivismo o el prejuicio, sino desde una óptica más objetiva.

Lo que pasó con Yesenia viene a colación porque hoy, que a nivel nacional el caso del niño Edward, de tres años, y que falleció luego de ser ingresado a un hospital privado de Oaxaca para ser intervenido quirúrgicamente por la fractura en un brazo, vuelve a prender la discusión sobre la responsabilidad en las prácticas médicas, valdría la pena detenerse a reflexionar sobre la cuestión, en la medida en que este breve espacio lo permita.

De entrada, lo primero que tendríamos que descartar son las perspectivas maniqueas. Tan erróneo es concebir la idea de que, apriorísticamente, la comunidad médica constituye una sociedad de ángeles a los que, bajo ningún supuesto podríamos reprochar o “criminalizar” por su labor profesional; como equivocado es el punto de vista de quienes parten del supuesto de la “criminalización” al concebir a los médicos como los responsables, en el ámbito penal, de todo lo que puede ocurrir en su faena profesional.

En el primero de los sentidos, no tiene caso hacer de una profesión tan noble y difícil, una actividad llevada al plano de tal idealización que todo lo que se haga en su seno no pueda ser, eventualmente, sujeto de reproche penal o civil. No hay, ni siquiera en el caso de los trabajos más reconocidos socialmente –como es el caso– una franja en la que la objeción moral y jurídica no pueda entrar.

Lo que sí hay que evitar es todo juicio apresurado al respecto de esa eventual responsabilidad, ya sea dolosa o culposa. En efecto, mal haremos en enjuiciar sumariamente al traumatólogo pediatra que atendió a Edward. Igual actuaremos si nos atrevemos a juzgar, sin tener los elementos de convicción suficientes, a los diversos médicos que atendieron a Yesenia a partir de su parto.

En una disciplina tan fascinante como la medicina, las implicaciones –inclusive en los casos de aparente rutina– constituyen un abanico de posibilidades prácticamente inabarcables. Por más dominio y sapiencia que tenga el médico especialista sobre su rama, el cuerpo humano eventualmente puede reaccionar de maneras no previstas por los más exhaustivos protocolos. Cuando ello sucede, sonaría fuera de toda proporcionalidad querer imputar responsabilidades de cualquier tipo, pero en caso de duda, deberíamos contar con la información suficiente. Y esa solamente la puede proveer un aparato pericial emanado de la misma disciplina y, de ser posible, del más alto nivel. Aquí, lo que la gente diga sobre el caso concreto solamente constituiría una especulación afianzada casi casi en la modalidad del chisme.

Cierto es que en nuestro país, los médicos, en muchas regiones, trabajan con equipos e infraestructura deplorable. Uno de los reproches que se le hacen al profesional que atendió al menor es que no debió tomar la decisión de intervenir quirúrgicamente bajo condiciones que no eran propicias. Igualmente discutible. Un médico tiene que tomar decisiones. Bajo una posición caritativa, uno estaría de acuerdo en que siempre lo hacen pensando en lo más conveniente para el paciente, tratando de lograr siempre el mejor resultado posible. En casos difíciles frecuentemente ocurre algo imprevisto. En una cirugía, por ejemplo, nadie está completamente a salvo y cuando el médico nos dice que todo estará bien, uno tendría que agradecer su confianza y su amabilidad, pero no recibir sus palabras como un dogma.

En el caso de Edward siguen muchas cuestiones en la penumbra, lo que sí suena fuera de todo parámetro es querer ver un escenario doloso, donde por más que le buscamos, no lo vemos. Hizo bien el juez de la causa en reclasificar la figura. Hoy, el médico enfrenta el proceso en libertad.



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