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El inexistente derecho a la velocidad

Alma A. Rodríguez/
Académica | Lunes 09 Abril 2018 | 00:01:00 hrs

Hace una semana, un conductor arrolló en la avenida Gómez Morín a cuatro jóvenes, los cuales aún se encuentran con lesiones graves. Como consecuencia de este hecho, y de una petición de los locatarios, el fin de semana se realizó una modificación al límite de velocidad de esta avenida, pasando de 60km/hr a 50km/hr, además de la colocación de unos modestos reductores de velocidad. Hace poco más de una semana, una mujer de la tercera edad fue embestida por una unidad de transporte público que circulaba a exceso de velocidad. Como estos, hay una larga lista de siniestros que lamentablemente suceden día con día y que como sociedad no hemos dimensionado lo suficiente.

Un común denominador de la mayoría de ellos es que los responsables no prestan auxilio a las víctimas, sino que, por el contrario, se dan a la fuga, hecho que dice mucho acerca de la deshumanización presente en este modelo de movilidad en el que estamos insertos, y que también se observa en los comentarios de la gente respecto a los hechos, culpando a la víctima. Si bien en uno de los casos citados estuvo involucrado el alcohol, en muchos otros no, ya que el problema de fondo reside en otros factores: las velocidades permitidas, el diseño urbano, la cultura vial y la aplicación del reglamento.

Volviendo al caso de la Gómez Morín, la noticia de la reducción del límite de velocidad generó gran cantidad de reacciones en redes sociales. De ellas, se puede resumir que a la gran mayoría le molestó la medida, incluso algunos aluden a que con ello se está convirtiendo a Juárez en “rancho”, y otros simplemente lo visualizan como un retroceso para la ciudad. De ello, me parece importante analizar dos de los aspectos: la cultura del uso del vehículo y los límites de velocidad.

En primer lugar, para entender el contexto cultural del tema, es importante saber que hemos estado insertos en este modelo de movilidad orientado al automóvil desde hace un siglo a nivel mundial, y hace aproximadamente 60 años en México, por lo que para casi todos quienes vivimos en las ciudades actuales es el único modelo conocido. Este modelo tuvo tanto auge, debido a la idea de modernidad y de “progreso” que representaba, que la gran mayoría de las ciudades se fueron configurando y moldeando para responder a las necesidades del automóvil privado. Tanto sus leyes, como el diseño urbano y la misma cultura fueron caminando junto a la aspiración de una “Autopia”, donde el automóvil era estatus, libertad y éxito, dejando rezagado a todo aquel que no poseyera uno y por tanto al transporte público o la bicicleta, incluso hasta llegar a ser considerados “transportes para pobres”.

En muchos países desarrollados, hace varias décadas se dieron cuenta de todos los efectos negativos del modelo de ciudad orientada al automóvil, y del terrible resultado del uso irrestricto del vehículo privado, por lo cual han estado tratando de revertir esto a través de sus leyes, infraestructura y campañas de concientización social. Nosotros estamos unos 40 años atrasados, pues seguimos favoreciendo el uso irrestricto del automóvil privado, y por tanto, no es raro ver algunas de las reacciones de enojo del automovilista en Ciudad Juárez al sentir vulnerado su “derecho” de hacer uso de su vehículo sin restricción alguna.

En segundo lugar, en cuanto a los límites de velocidad, es importante saber que, según datos del Inegi, los siniestros de tráfico son la segunda causa de muerte a nivel nacional en jóvenes de 15 a 24 años. La OMS muestra que el factor de la velocidad es el principal causante de la mortalidad en los hechos de tránsito y plantea la urgencia de reducir los límites de velocidad, acorde a ciertos criterios, entre ellos: los actores que conviven en la vialidad (solo vehículos, o peatones y ciclistas), el tipo de uso de la vialidad (comercial, escolar, industrial, etc.), ya que “Una disminución de 5 por ciento en la velocidad promedio puede resultar en una reducción del 30 por ciento en el número de colisiones mortales.” (OMS, 2017)

En Bogotá se han hecho esfuerzos para reducir la cantidad de muertes por causa de siniestros viales mediante una campaña llamada “La vida es sagrada”, buscando con ello exaltar la importancia de preservar y cuidar la integridad física de todos en las calles. En México, y sobretodo a nivel local deberíamos preguntarnos si para nosotros es más sagrada la vida de todas las personas en las calles o nuestro derecho a circular sin restricción alguna en nuestros automóviles. Recordemos que el camino ya ha sido andado, el progreso no está en la velocidad ni en la motorización de nuestra ciudad, sino en proteger la vida de todos y cada uno de los que aquí habitamos. Sería importante ver las propuestas de los aspirantes a un cargo público en este tema.




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