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Una especie de esquizofrenia

Hesiquio Trevizo/
Presbítero | Domingo 04 Marzo 2018 | 00:01:00 hrs

“Es falso que si no se aceptan los dogmas religiosos se debe renunciar a ocuparse del alma. Desde el punto de vista del psicoanálisis, no interesa saber si el hombre vuelve a la religión o cree en Dios siempre que viva con amor y pensando según la verdad. Si la respuesta es sí, los sistemas que utiliza tienen poca importancia; si la respuesta es no, no tienen ninguna importancia”. (*)

Cuidar el alma

¡Vaya párrafo, éste, de Erich Fromm! ¡Qué forma de yuxtaponer grandes verdades y medias verdades! “Es falso que si no se aceptan los dogmas religiosos se debe renunciar a ocuparse del alma”, es una verdad esencial sencillamente porque sin alma no seríamos humanos, y antes que creyentes o no, somos humanos. Los changos no son sujetos de la fe. La fe es un don concedido por Dios a la criatura racional. Por lo tanto, no debemos renunciar a ocuparnos de nuestra alma.

Con razón ha escrito T. Moore en su libro “Care of the soul” (NY, 1998), que la gran enfermedad del siglo XX, (y lo que llevamos de éste), que tiene qué ver con nuestros problemas y nos afecta individual y socialmente, es la pérdida del alma (loss of soul). Cuando olvidamos nuestra alma, nuestra condición de seres espirituales, no podemos decir que no pasa nada; tal olvido se manifiesta en síntomas como obsesiones, adicciones, violencia, pérdida del sentido de la vida, tendencias depresivas y suicidas. Nuestra tentación es aislar estos síntomas o intentar erradicarlos uno por uno; pero la raíz del problema es que hemos perdido nuestra sabiduría acerca del alma, incluso nuestro interés por ella. Entonces sí podemos llegar a ser peor que las fieras. Moore subtitula su best seller: “A guide for cultivating depth and sacredness in everyday life”.

La verdad en el amor

El párrafo de Fromm parece salvarse por la aclaración: “Desde el punto de vista del psicoanálisis”; pero ello acentúa una peligrosa indiferencia precisamente en lo que significa vivir con amor y pensar según la verdad. Es peligroso llegar al punto de: yo estoy bien tú estás bien. Tanto el amor como la verdad son intransigentes. Que existen deformaciones en la religión es cosa más que obvia; la religión es prima hermana de la magia y puede, incluso, suplantar en nuestra vida el verdadero amor y la fidelidad a la verdad. Por ello es muy cierto que sin amor y sin verdad es inútil cualquier religión. Sin amor ni verdad, entonces sí cualquier sistema vale lo mismo. Ya San Pablo nos advierte “realizar el amor en la verdad”. (Ef. 4,14), que algunos autores traducen: “ser auténticos en el amor”. Ágape-cáritas-amor, tres lenguas, una realidad.

Oigamos este comentario de Benedicto XVI sobre el amor y la verdad: “Soy consciente de las desviaciones y la pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la caridad, con el consiguiente riesgo de ser mal entendida, o excluida de la ética vivida y, en cualquier caso, de impedir su correcta valoración. En el ámbito social, jurídico, cultural, político y económico, es decir, en los contextos más expuestos a dicho peligro, se afirma fácilmente su irrelevancia para interpretar y orientar las responsabilidades morales”. De aquí la necesidad de unir no solo la caridad con la verdad, en el sentido señalado por San Pablo de la “véritas in caritate” (Ef. 4,15), sino también en el sentido, inverso y complementario, de “cáritas in veritate” (la caridad en la verdad). Se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la ‘economía’ de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad. De este modo, no sólo prestaremos un servicio a la caridad, iluminada por la verdad, sino que contribuiremos a dar fuerza a la verdad, mostrando su capacidad de autentificar y persuadir en la concreción de la vida social. Y esto no es algo de poca importancia hoy, en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola.

La ruptura

“Han sido necesarios milenios”, dice Fromm, para llegar a este punto: una prolongada enseñanza para aprender a disfrutar plenamente nuestra inteligencia, a organizarnos socialmente, a concentrar nuestras energías. El hombre ha creado un mundo nuevo, con leyes propias y un propio destino. Si mira hacia atrás para ver su obra, puede decir, él también, como el Dios bíblico: “En verdad, todo esto es bueno”. Leídas a 68 años de distancia, estas palabras son una demasía, un optimismo leibniziano.

O tal vez una exageración voluntaria para jugar con la fuerza del contraste al confrontar ese mundo idílico con la interioridad rota del hombre: “Pero en cambio, si nos detenemos para mirarnos a nosotros mismos, ¿nos hemos, acaso, acercado, aunque sea poco a la realización de aquél otro sueño de la humanidad, el de la perfección interior del hombre? ¿Cómo estamos hoy en lo que respecta al amor al prójimo, en el sentido de justicia, ‘en la pasión por la verdad’, en suma, en todo aquello que podría hacer de nosotros verdaderamente lo que somos en potencia, ‘una imagen de Dios’?”. En efecto, junto a este mundo extraordinario y maravilloso nunca habíamos visto tanta pobreza, desigualdad, exclusión, problemas, enfrentamientos y migraciones en búsqueda de mejores condiciones de vida.

Nuestra vida no se desenvuelve bajo el signo de la fraternidad, de la felicidad, de la paz espiritual, por el contrario, se trata de un verdadero caos del espíritu, de un estado de incertidumbre muy semejante a una forma de locura: no se trata de la locura histérica del Medioevo, sino más bien de una “especie de esquizofrenia”, en la cual el contacto con la realidad íntima se ha perdido y se verifica una ruptura entre los pensamientos y los afectos, dice Fromm. La razón de ello habrá que buscarla en la negativa del hombre que lo ha sumido en la penuria espiritual.

La cuaresma.

Bajo esta óptica podemos acercarnos a la Cuaresma y verla como oportunidad de revisión; ver el combustible mental con el que vamos haciendo la vida. ¿Qué significa entrar en la Cuaresma? Significa comenzar un tiempo de particular compromiso en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y a nuestro rededor. Quiere decir mirar al mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás.

Significa no descargar el problema del mal sobre los demás, sobre la sociedad, o sobre Dios, sino que hay que reconocer las propias responsabilidades y asumirlas conscientemente. En este sentido, resuena entre los cristianos con particular urgencia la invitación de Jesús a cargar cada uno con su propia ‘cruz’ (responsabilidad) y a seguirle con humildad y confianza. Significa esforzarnos por ser “auténticos en el amor”.

Solo desde esta perspectiva podemos encarar con esperanza el terrible fenómeno de la violencia. La raíz de la violencia está, de hecho, en la libertad capaz de erigirse de nuevo como negadora y absoluta. Y la violencia llama a la violencia; engendra siempre una espiral. Y debemos superar la trampa mental de considerar la violencia al nivel de los noticieros; la violencia es un fenómeno mucho más amplio y más profundo. Hunde sus raíces en el propio corazón humano y se manifiesta de mil formas en la sociedad, desde la negación del Estado de Derecho, desde la cultura de la ilegalidad, desde las marchas y manifestaciones contra la legalidad, hasta las guerras unilateralmente decididas. Mucho nos queda por meditar sobre la violencia en la política.

Solo cuando el hombre es capaz de acoger el don de la paz que Dios nos ha ofrecido en Jesucristo, nos ponemos en camino para realizar la paz social, la paz política, la paz en nuestras familias. La paz en nuestro corazón. Vamos más allá, pues, de la intuición genial de Fromm; pero su intuición nos enseña mucho.



(*) E. Fromm. Psychoanalysis and Religion. (Yale U. Press, 1950).



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