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Los Diez Mandamientos

Hesiquio Trevizo/
Presbítero | Domingo 14 Enero 2018 | 00:01:00 hrs

El año ha comenzado muy agitado. El escenario internacional se complica cada vez más para México. La política de Trump es desestabilizadora, más que la del gordito norcoreano, pues Trump tiene un ‘botón más grande’. Ha dicho, para asombro a sus propios asesores, que no tiene por qué recibir gente de ‘países de mierda’. Y como no hay loco que coma lumbre, ha cancelado su viaje a Inglaterra, culpando de ello a la política de Obama. Las percepciones alternativas. Entre nosotros, la violencia ha adquirido índices alarmantes y más preocupante es que valoremos el hecho solo por la repercusión económica sin calibrar la gravedad del desplome moral de la sociedad. Debemos ver hacia dentro.

Sabemos de la pobreza y la marginación en amplios segmentos. Y el hecho es que la pobreza, los círculos de miseria, ese lumpen humano, ciénaga de miseria, desesperación y hacinamiento, donde no pueden brotar ni subsistir siquiera las relaciones humanas más fundamentales del hombre, como es la familia, ahí donde los horizontes simplemente no existen, esa realidad, digo, no sólo sigue intacta, sino que se amplía y ahonda. Por lo tanto, esa situación de millones de seres humanos sigue siendo la cantera donde se abastecen las filas del crimen.

Al lado de esa miseria social, está el abandono espiritual, la orfandad religiosa de las nuevas generaciones. Bernard Bro, católico francés, ha escrito: “Para salvar la sociedad, hay que comenzar por los jóvenes y especialmente por los niños que serán los hombres del mañana. Estos capullitos de hombres y mujeres, harán o no harán más fraterno el mundo del futuro. Los niños tienen un derecho estricto e inalienable de conocer a Cristo y de vivir su vida. Tienen pleno derecho a alimentarse del Evangelio y de la Eucaristía”. La verdadera pobreza radica en el alma. ¡Tantos niños y jóvenes dejados huérfanos religiosamente! Jóvenes los que matan y mueren.

Una de las instituciones que tiene la mejor oportunidad de incidir positivamente en esta situación, es la Iglesia, dada su presencia capilar en la sociedad, siempre y cuando sepa interpretar fielmente la Palabra y leer los signos del tiempo.

Se activa una mayor presencia policiaca en la ciudad, pero, no obstante su necesidad impostergable, no es suficiente; a dicho operativo hay que añadir la voluntad de cambio de mentalidad de todos y cada uno de nosotros y la voluntad política de atacar las causas. No es inocuo el desencuentro de nuestras autoridades a todos los niveles. Cuando el momento exige la mayor unidad y claridad de objetivo, surge la división y, todo reino dividido va a la ruina casa por casa. ¿Qué hará ahora que cambien las autoridades?, preguntaron al máximo jefe la mafia calabresa. ¿Nosotros? Nada. Los que cambian son ellos, respondió. Mesas de estudio, reuniones, etc., etc., no bastan por sí solas. El problema es más hondo. Ir por lo criminales, ¿y qué hacer con el consumo? ¿Por qué somos una sociedad tan permeable?

Nuestras travesuras infantiles hacían exclamar a mi abuela Paulina: “éstos no tienen temor de Dios”. La frase es densamente bíblica, porque la ausencia del temor de Dios significa la pérdida del sentido de su presencia en nuestra vida; la falta de temor de Dios es la extinción práctica de Dios mismo en nuestra existencia, en nuestra historia, en nuestra cultura. Y como afirmaba Dostoievski, “cuando quitamos a Dios, suprimimos el problema del bien y del mal”. ¿No estará aquí la causa del desastre? El “temor de Dios”, es uno de los dones del Espíritu.

En un librito sencillo, “Los diez mandamientos”, (=10.M), A. Grün nos invita a hacer una relectura de los Diez Mandamientos desde nuestra circunstancia. Nuestro mundo se torna cada día más complicado e incomprensible, dice el autor. En efecto, no hay reunión, familiar o de amigos, de albañiles o de empresarios, - y más éstos porque tienen más que perder -, de creyentes o no, en que no aflore el tema de la complejidad e incomprensibilidad de lo que estamos viviendo. Todo mundo nos habla de la situación difícil y compleja; el tema llena las páginas de la prensa, pero nadie nos hemos hecho la pregunta, a fondo y seriamente, ¿por qué hemos llegado a este punto? ¿Dónde perdimos el camino? Ya viejo, a JV., le preguntaron unos periodistas españoles el por qué las juventudes americanas andaban desorientadas, doctrinalmente entonces, y respondió: “¿Andan perdidos?; ¿desde cuándo se les perdió el Evangelio?”. Esa es mi tesis. En un determinado momento de nuestra historia perdimos contacto con las vigorosas tradiciones que habíamos heredado.

Por esta circunstancia mucha gente busca una clara orientación e indicaciones certeras para alcanzar una vida plena. Los 10.M  pretenden ser estas indicaciones que orientan nuestras vidas y las enderezan cuando se tuercen. En la medida en que nos indican por donde ir, también nos suministran la fuerza para emprender el camino. Pues quien conoce el camino, descubre dentro de sí más fuerza y motivación que el que marcha sin rumbo. El desorientado malgasta mucha energía al probar varias direcciones, dar la vuelta una y otra vez para volver a hacer siempre el mismo tramo del camino. Quien conoce el camino, también conoce las fuentes de la que puede sacar fuerza para alcanzar su destino. La vida se convierte en un absurdo, y en esas circunstancias pueden hacerse las opciones más devastadoras.

Necesitamos movernos, pues, en otra dirección. Lo que pasa cuando no se cumplen los mandamientos se ve y se oye a diario en los medios de comunicación, dice Grün. Cuando las personas ya no saben lo que está bien y es correcto, cuando no se cumplen las reglas y normas preestablecidas, el mundo se deshumaniza. Entonces, un mundo sin reglas da miedo. Uno ya no se puede fiar de nada. Al negociar entre empresas, ya no se puede garantizar la honestidad. El impedimento para matar se hace cada vez más débil. Uno siente que la sociedad se convierte en una amenaza. Ya no se puede estar seguro de nada. Incluso en la propia casa no se encuentra refugio. Cuando el asesinato y el robo se convierten en delitos menores, la vida se impregna de miedo. Cuando el matrimonio no es sagrado, dejan de nacer familias donde los hijos encuentren un hogar. Y la célula nuclear de la sociedad empieza a desvanecerse. Y con eso la sociedad pierde su fundamento constituyente. Pereciera que este monje benedictino de la abadía de Münsterschwarzach viviese en Juárez y conociese muy bien nuestra situación; pero no es eso, es que donde quiera que los mandamientos de Dios son olvidados, sucede exactamente lo mismo.

Y uno empieza a desear cumplir y que todos cumplamos los mandamientos de Dios. Entonces nuestra convivencia sería en paz, serena y tranquila, marcada por el respeto, por el amor. Quejarse del hecho de que los 10.M se hayan olvidado o sean menospreciados, no hace mejor al mundo. Con actos de culto, fundamentalismos y con sólo sermones moralistas no aportamos nada en esa dirección. Los 10.M son, a la postre, un diálogo de Dios con el hombre. En su misericordia, al crearnos y marcarnos un destino, nos ha enseñado el camino, nos ha dicho por dónde tenemos que caminar. Un día Jesús nos dirá que “él es el camino, la verdad y la vida”, simplemente todo lo que el hombre necesita para hacer su camino, para encontrar el “sentido”.

Con sus mandamientos, Dios protege nuestra libertad; no son unas trancas, son un cauce suave por donde podemos alcanzar nuestra plenitud, indican el camino hacia una vida plena. Por ello, constituyen para todos los hombres de todos los tiempos y razas, un patrimonio común. Dios busca nuestra felicidad. No puede ser de otro modo cuando  nos pide no sustituirlo por ídolos, no usar mal su nombre; cuando nos pide reservar un tiempo, un día a la semana, para la oración y el descanso, cuando nos pide respetar y venerar a nuestros padres para salvaguardar la estructura fundamental familiar: no puede ser de otro modo cuando nos pide no matar y nos invita a respetar y humanizar la potencia sexual, buena en sí misma, dada por él mismo; cuando nos pide no calumniar, no defraudar, no robar, no corromper, no desear al cónyuge de nuestro prójimo, lo hace para nuestra felicidad y plenitud, incluso su objetivo propio es la salvación eterna.


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