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Imperio de la discriminación

Santiago González/
Analista | Sábado 13 Enero 2018 | 00:01:00 hrs

En grupo las personas hacen cosas que individualmente no harían. Esa protección y seguridad de sentirte incluido hace expresar lo que no expresaríamos solos, o realizar lo que individualmente no nos atreveríamos, siempre que esto se encuentre aceptado por el grupo, lo que el investigador Solomon Asch definió como “la conformidad de grupo”.

Por otra parte, encontramos las redes sociales, que con base de la despersonalización y el semi-anonimato de ser solo una cuenta detrás de una pantalla, permite a los individuos sin más legitimidad que la de tener un teclado, convertirse en agresores, verdaderos Atilas, agentes violentos en formatos como la violencia verbal y psicológica. 

Cuando estos astros desafortunados se alinean en una causa tóxica como la discriminación y violencia, en un formato tan digerible como el sentido del humor y un terreno tan falto de regulación como el internet, se crea el fenómeno que está comenzando a llamar la atención de investigadores: grupos misóginos en redes sociales.

En Ciudad Juárez, una tierra que siempre está al extremo, climática, geográfica y socialmente, el fenómeno ha crecido de forma desproporcionada. Contamos ya con uno de los grupos misóginos más grandes: “Imperio Alpha”. Tiene al menos 80 mil miembros. Sus integrantes comparten mensajes de humor sexista, pornografía, consejos “graciosos” de cómo tratar a una mujer, (los cuales no puedo transcribir en este espacio por la regulación del lenguaje soez) los llamados “packs”.

Cuentan con un saludo distintivo que son los tres dedos, meñique, medio e índice extendidos y el anular flexionado, y que según miembros del mismo Imperio significa dos dedos en la vagina y uno en el ano. El 90 por ciento del material que se comparte en estos grupos reduce a las mujeres a un objeto con finalidades sexuales, con un componente de humillación y violencia. Ante cualquier cuestionamiento, acuden en tropel a insultar y agredir. En su defensa han argumentado realizar actos como reunir juguetes o croquetas.

Señalan, en las oportunidades que he tenido de leer sus argumentos, es que no todos los miembros comparten ese tipo de material. Sin embargo, estos actos que le sirven al grupo para lavarse la cara, son intrascendentes ante la dimensión de lo que propagan, no hay cantidad de croquetas ni juguetes que puedan reunir que les legitime para tratar a una persona como cosa.

Otro argumento resulta ingenuo. El pertenecer a estos grupos te pone en la situación de compartir o consumir, apoyar o tolerar, ambas posiciones con responsabilidad. Ni siquiera me haré cargo del argumento sobre su derecho a la libertad de expresión, ¿quién puede pensar en exigir un derecho para discriminar? A la luz de la razón no existe argumento válido que justifique la ideología de supremacía machista que esparcen.

Esta forma de ser hombres, basada en la cosificación y humillación de la mujer, derivada del orgullo exacerbado de ser hombre, sin otro mérito que el hecho biológico de serlo, es resultado reaccionario a una redefinición de las mujeres en el ejercicio de sus derechos.

Estos grupos generan en sus integrantes un proceso de aleccionamiento, de normalización de la violencia, utilizando un sentido del humor que tiene su base en la idea de que las mujeres son valoradas y deseables en tanto cumplan los estereotipos que fijamos los hombres, y que no tienen otra finalidad que el placer de los hombres.

Pensar que no hay consecuencias en consumir, participar o compartir esta forma de convivencia, no ser consientes que esta cultura discriminatoria permea en nuestra sociedad, llegando a niños y niñas que van aprendiendo roles estereotipados de lo que es ser hombre o mujer, ser ajenos sobre la realidad de que estos roles estereotipados derivan en violencia, es parte de la gravedad de participar en dichos grupos. La historia de violencia contra las mujeres en Juárez no es producto de la mala suerte, es producto de una cultura misógina fuertemente arraigada, que encuentra cabida en nuevas formas de difusión y nuevas generaciones.

Es innegable que la actividad de este grupo es contraria a los esfuerzos sociales e institucionales para erradicar la discriminación por motivos de género. En su momento los informes rendidos por Amnistía Internacional, Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Comité CEDAW y ONU Mujeres, en el proceso de “Campo Algodonero” coincidían en señalar que los feminicidios partían de una cultura enraizada de discriminación contra las mujeres.

De los 80 mil miembros de este grupo, los más han mostrado tener disposición a ayudar, pero también creo que son inconscientes del daño que causan al difundir y normalizar el hecho de tratar a otra persona igual como una cosa, como un artículo para su placer. ¿Qué argumento pueden ofrecer que oculte lo evidente? Nada, nada justificará la dinámica de tratar a una persona como un objeto.

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