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Caída libre

Federico Reyes Heroles/
Analista | Miércoles 03 Enero 2018 | 00:01:00 hrs

Ciudad de México.– Las emociones, las pasiones, las fobias siempre han invadido las urnas; por supuesto que la frivolidad se pasea en la política. Pero había una mínima correspondencia entre asuntos fundamentales. Si la economía va bien, si a los hogares llega el bienestar, lo básico, alimento, vivienda, salud, educación, seguridad, si hay mejoría, la gente no debería votar en contra de quien se encuentre en el poder. Por el contrario, si los salarios se deterioran, si las carencias avanzaban, la población, harta, se manifiesta en las urnas.

Pero el asunto se ha vuelto más complejo. Nunca antes un grupo tan amplio de naciones había tenido cubiertas sus necesidades básicas. Nunca antes las expectativas de salud habían sido tan promisorias, por el avance de la ciencia y también por la mejoría de las condiciones de vida. Nunca antes tantas naciones habían vivido un periodo de paz tan prolongado. Nunca antes los cambios en la vida cotidiana habían traído tanto confort y comodidad: servicios en abundancia, el mundo digital incrustado en nuestra vida cotidiana, información y diversión abundantes. Y sin embargo algo se pudre en el ánimo popular.

Las inmigraciones irritan, sublevan, justo en las décadas de mayor avance de los derechos humanos. La convivencia en diversidad sufre, cada vez más, embates de quienes se consideran los originales, los auténticos de los territorios o naciones, justo en el siglo en que la ONU declara la necesidad de brazos jóvenes en naciones que se avejentan. Nunca antes la supervisión internacional, supranacional, había sido tan potente, en todo, democracia incluida, y sin embargo el escepticismo sobre su efectividad se acrecienta.

¿Qué nos pasa?

Émile Durkheim, sociólogo, una disciplina por desgracia en desuso, estableció una correlación entre la cohesión social y el grado de amenaza o peligro que sufre una sociedad: a mayor amenaza, mayor cohesión. Una sociedad que se sabe en peligro —la guerra, por ejemplo— no genera más conflictividad. Es un mecanismo de autodefensa. Eso no está ocurriendo en las sociedades desarrolladas. Pero tampoco en las que sufren amenazas considerables como la mexicana. No me refiero a la cohesión de tragedias como los sismos, sino a un nivel más profundo de instinto, quizá no de entendimiento. Algo muy grave ha ocurrido en nuestra forma de convivencia que no protegemos lo básico.

Las agresiones entre ciudadanos en el mundo han llegado a un grado de crueldad inimaginable. Adolescentes matando a sus compañeros o maestros en una escuela o personajes vinculados con el narcotráfico degollando personas como orgullo simbólico del negocio, o suicidas poniendo bombas en todas partes. Algo importante está torcido. No se trata de caer en el discurso conservador de amar al prójimo, por supuesto habrá quien diga que todo esto es resultado de la disminución en las creencias religiosas, lo cual no es del todo real. Pero siempre estará el otro argumento: buena parte de la violencia actual es producto de las religiones. ¿Por fin?

Si el avance de los derechos humanos como doctrina y práctica es una muestra del fortalecimiento de un nuevo humanismo, también tenemos un enriquecido museo de atrocidades recientes que escupen al respeto mínimo entre seres humanos. ¿Hacia dónde vamos? Si creíamos que el desarrollo venía acompañado de civilidad y ésta —la civilidad— parte del supuesto del aprecio al otro, del otro ser humano, ¿cómo explicar el vuelco antihumanitario de las naciones desarrolladas contra las migraciones? Para aumentar la confusión podríamos introducir el tema del medio ambiente. Nunca antes habíamos tenido la información sobre las consecuencias de la acción humana sobre nuestro entorno. Nunca antes había habido tantas organizaciones ciudadanas abocadas a la conservación y, sin embargo, las atrocidades televisadas de muerte cruel a focas, ballenas, tigres, elefantes y muchas otras especies no se detiene. La depredación no pareciera tener fin.

¿Cuál es la brújula del comportamiento humano? Las ideologías eran malas, muy malas, pero la carencia de ideología, no muestra un mejor camino. Los dogmas son malos, pero el nihilismo no es mejor. La terquedad religiosa es mortal, pero la carencia de límites es el caos. La información parecía una solución, pero hoy somos asesinos muy informados. Claro, en medio está la doctrina, los principios que suenan muy civilizados y contrarios a cualquier violencia. Sí, pero como la doctrina y los principios no son populares ni se transmiten en un “meme”, vamos en caída libre.



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