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La Guerra de Reforma en los archivos de Jalisco

Víctor Orozco/
Escritor | Domingo 03 Diciembre 2017 | 00:01:00 hrs

El archivo histórico del Gobierno del Estado de Jalisco es uno de los mayores acervos  documentales del país. Tuve oportunidad de sumergirme por muchas horas en sus colecciones sobre la guerra de Reforma, que ocupa mis afanes inquisitivos desde hace varios años. Con la ayuda inestimable de Dinorah, recuperé y aprendí fechas, nombres, lugares, acontecimientos, para tratar de reconstruir una porción de nuestro pasado colectivo que marcó a fuego la historia mexicana.

La también llamada Guerra de Tres Años, desplegada entre 1857 y 1860, fue la primera que se libró en casi todo el territorio nacional y también la primera en la cual disputaron con claridad dos proyectos históricos, dos maneras de convivir y de mirar el mundo. En el estudio de esta contienda, los pueblos y ciudades de Jalisco, constituyen escenarios privilegiados porque en ellos tuvieron lugar buena parte de las batallas ideológicas y militares. Los liberales enfrentaron en Jalisco a un enemigo formidable, formado por un clero todopoderoso, dueño de almas y de bolsas, cuerpos del viejo ejército permanente bien fogueados y acostumbrados a protagonizar constantes golpes de mano, una clase política asentada en antiguas familias dominantes de los negocios  y poseedoras de las ricas haciendas, que dejaban poco espacio a los dueños de pequeños ranchos y a quienes ejercían oficios o profesiones por su cuenta. Los constitucionalistas, en cambio, debieron articular sus bases sociales y construir su propio ejército, en el curso del implacable enfrentamiento que sucedió al golpe de estado de Tacubaya fraguado el 17 de diciembre de 1857.

Me ha cautivado desde siempre este modo de historiar que labra sobre las fuentes primarias, aunque muchas veces se parezca al esfuerzo del antiguo gambusino, quien había de lavar toneladas de arena para encontrar alguna pepita de oro. “Tú allí, papeleando, papeleando...”, me decía hace muchos años un prestigiado historiador cuando me veía inmerso en los legajos. La faena tiene, sin embargo, cuantiosos premios. Miro la guerra civil desde una atalaya: cómo altera la vida de la gente, cómo juegan el sentido de honor y las altas o bajas pasiones,  cómo se pierden grandes o minúsculas propiedades y fortunas o bien la vida misma. La violencia organizada y sistemáticamente empleada contra el enemigo, es una acción exclusivamente de los humanos y es por supuesto terrible. Aún considerando el escaso poder destructivo de las antiguas armas, si las comparamos con las actuales, sus acción era letal. Una lanza cuya pica entraba en el cuerpo, era capaz de destripar a un cristiano o un sablazo sobre el hombro cercenaba el brazo completo, si a la fuerza del soldado se le agregaba la del caballo a todo galope. El fuego graneado de la fusilería o de un batallón de artillería hacían claros mortales en una agrupación de infantes.

Cientos de documentos dan testimonio de estos combates, librados con la furia de hombres convencidos en la razón o en la santidad de su causa. Unos, bajo la idea fija de que estaban defendiendo a su religión, su iglesia y al orden social, contra los impíos y demagogos. Los de enfrente, enamorados de la libertad, patriotas exaltados que cosían los expedientes con moños tricolores y abominaban de los fueros y privilegios heredados del sistema colonial, que nombraban a sus regimientos “Lanceros Guías de la Libertad” o “Libres de Jalisco”. El lema de los tacubayistas era “Religión y Fueros”, el de su gobierno,  “Dios y Ley”, el de los liberales “Dios y Libertad”. Son significativos, por cuanto hablan del acento que cada uno ponía en los conceptos, aunque los liberales, llamados constitucionalistas justamente por abanderarse en la Ley Fundamental promulgada el 5 de febrero de 1857, muy bien podían aceptar una combinación de divisas: “Dios, Libertad y Ley”. Salvo muy pocos audaces, todos eran creyentes en la divinidad, pero a la hora de interpretar sus fantasiosos designios, surgían antagonismos irreductibles.

La ciudad de Guadalajara fue uno de los baluartes de los conservadores, pero nunca a lo largo de la guerra pudieron sostener su posesión sin disputarla constantemente con los ejércitos liberales, que a cada derrota parecían crecerse ante el castigo. Bajo el mando de Santos Degollado, la tomaron a sangre y fuego el 27 de octubre de 1858, con la colaboración determinante de tropas chihuahuenses dirigidas por Esteban Coronado. Guerrilleros liberales enfurecidos, ejecutaron entonces a José María Blancarte, jefe militar de la plaza, presunto responsable del asesinato del ex gobernador Herrera y Cairo. Lo hicieron en las afueras del palacio arzobispal, por considerar que allí se había fraguado el crimen. A lo largo de la guerra, combatirían luego los batallones “Blancarte” y “Herrera y Cairo”, pudiendo imaginar los lectores el espíritu de venganza que campeaba entre sus integrantes.

Las guerras cuestan mucho, en sangre y en dinero. Los de abajo aportan directamente la primera e indirectamente también el segundo. Si uno aprende a preguntar a los documentos, éstos hablan y hablan. Tras una simple carta de tosca caligrafía, en la que una viuda pide al jefe militar que se le regrese la mula propiedad del marido muerto en alguna escaramuza, se trasluce el sufrimiento y la tragedia familiar. En otro, se advierte la holgura de las haciendas al inicio de la contienda, que por voluntad de sus dueños o por fuerza, entregaban cosechas y ganados a las caballerías que un día sí y otro también cruzaban por sus terrenos. Y el agotamiento de semillas, forrajes y animales, a medida que crecía la destrucción.

Pese a la anarquía que puede conjeturarse, con autoridades efímeras de un bando o de otro, hay quienes llevaban muy bien las cuentas de las exacciones y entregas por los préstamos forzosos. Por ejemplo, una vez terminada la guerra, un bien conservado documento del 10 de febrero de 1861, expresa los pagos anotados en una “Tabla sinóptica de la municipalidad de Tecolotlán...” en la cual se consignaron las contribuciones  entregadas a las autoridades y jefes de las fuerzas constitucionalistas. La lista de registros comprende varios pliegos y es puntual, con el nombre de cada contribuyente, la fecha y el monto de su aportación. El total sumó siete mil seiscientos cincuenta y nueve pesos, que medidos en el salario de un arriero serían el mismo número de días, a razón de un peso diario y tasados por el precio de ganado, serían setecientos sesenta y siete animales, pagados al precio corriente de diez pesos por cabeza.

No faltan en los escritos de individuos particulares, aquellos de los idealistas, empujados a la guerra por el temple de sus convicciones, a sabiendas de peligros, hambres y fatigas. Es el caso del estudiante de medicina Ignacio Solís, quien “desea prestar sus servicios en el Ejército” siendo designado como segundo ayudante del cuerpo médico en la Primera División del Ejército Federal.

La Guerra de Reforma concluyó con el triunfo de las armas liberales. Sendas batallas desplegadas en Silao y en Calpulalpan, acabaron con el ejército conservador, aunque guerrillas reaccionarias continuaron asediando poblaciones y cometiendo asesinatos como el de Melchor Ocampo. El triunfo fue sellado por un decreto, cuya importancia no ha sido cabalmente apreciada, emitido el 27 de diciembre de 1860, por Jesús González Ortega, general en jefe del Ejército Federal. El documento decía en los dos iniciales considerandos y su primer resolutivo: “Que el ejército mejicano, que se ha denominado permanente, ha sido la rémora de todo adelanto social en nuestra patria desde nuestra emancipación política de la metrópoli española. Que...no ha servido en el largo período de cuarenta años sino para trastornar constantemente el orden público...Artículo 1o. Queda dado de baja el ejército permanente...”. La revolución había ya expropiado al clero y disolvía ahora al otro cuerpo sostenedor del viejo régimen.

Abandonamos las instalaciones del archivo satisfechos y complacidos por las buenas migas que labramos con sus encargados, durante los tres días de convivencia. Es de lamentarse que su ordenamiento no haya llegado hasta la digitalización de cada documento para posibilitar la localización rápida de temas. Ya regresaremos, pues se trata de una búsqueda interminable y hay varias cajas esperándonos.

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