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¿Precampañas de chocolate?

Pascal Beltrán del Río/
Analista | Viernes 10 Noviembre 2017 | 00:01:00 hrs

Entre los partidos políticos en México, la democracia interna está desprestigiada.

El PRI intentó practicarla en los años 90 y el saldo para sus pretensiones fue un desastre. La llamada “consulta a la base” provocó pugnas internas y dejó al partido sin recursos para enfrentar la sucesión presidencial de 2000.

Esta semana, en una conversación en Imagen Radio, el excandidato presidencial priista Francisco Labastida me dijo que el gasto que tuvo que hacer el PRI para la elección primaria de noviembre de 1999 –entre otras cosas, para instalar unas 60 mil casillas– “nos dejó sin dinero para hacer spots durante los primeros dos meses del año”.

Con motivo de las sucesiones presidenciales de 2006 y 2012, cuando el PRI fue oposición, el partido no repitió la experiencia de realizar un proceso interno para designar a su candidato a Los Pinos.

En esta temporada electoral, el tricolor tampoco parece muy dispuesto a una competencia real para definir a su aspirante presidencial. Ahí  lo que opera es la “liturgia”. 

Por su parte, el PAN y el PRD han tenido experiencias mixtas con la democracia interna.

En la sucesión presidencial de 2006, la elección primaria sirvió a Felipe Calderón para adquirir una notoriedad nacional, misma que aprovechó para luego ganar la Presidencia de la República.

Sin embargo, en 2012 el proceso interno dejó enfrentado al PAN, que se derrumbó al tercer lugar en la contienda presidencial.

En esta ocasión, con Ricardo Anaya al frente del partido, la sola idea de la democracia interna dividió a Acción Nacional. Incapaces de procesar sus diferencias, los panistas sufrieron la peor escisión de su historia con la salida de Margarita Zavala.

A su vez, los perredistas parecen haber quedado escamados con la elección de su dirigencia en 2014. El ganador del proceso, que costó unos 100 millones de pesos, fue Carlos Navarrete. Sin embargo, éste apenas duró 13 meses en el cargo.

En Morena, cuyo hombre fuerte es Andrés Manuel López Obrador, nadie habla de elecciones internas. Ahí las candidaturas se asignan por encuesta, en un proceso secreto regido por un grupo de ilustres desconocidos… salvo en el caso de la candidatura a Los Pinos, que está dada desde que se fundó el partido.

Pese a que todo lo anterior indicaría que los partidos rehúyen a la idea de decidir su candidatura a la Presidencia mediante la competencia entre sus militantes, existe una poderosa razón por la que quizá algunos de ellos se vean obligados a organizar una precampaña, así sea simulada.

Por una resolución de la Suprema Corte que data de 2009 –respecto de una acción de inconstitucionalidad presentada en Baja California–, los partidos no pueden usar los tiempos oficiales para hablar de alguna precandidatura si no hay al menos dos personas compitiendo por la nominación.

Sí pueden colocar spots institucionales en los tiempos de radio y televisión que les corresponden pero sin referirse a un aspirante en particular.

¿Van a renunciar los partidos a la posibilidad de promover durante dos meses (de diciembre a febrero) las aspiraciones de quien los representará en la boleta de la elección presidencial?

En total, durante los 60 días de precampaña, los partidos tienen asignados por el INE poco más de 11 millones de spots en radio y televisión.

De esos, 2.8 millones le tocan al PRI; 2.1 millones al PAN; 1.2 millones al PRD, y un millón a Morena.

A menos de que los partidos –o coaliciones que se formen– tengan una contienda interna entre dos o más precandidatos, esos millones de spots sólo podrán ser usados para difundir mensajes genéricos.

Si, por ejemplo, López Obrador se mantiene como precandidato único de Morena, su nombre y su imagen desaparecerán de los tiempos oficiales en radio y televisión entre el 14 de diciembre, cuando empieza el periodo de precampañas y el 30 de marzo, día del inicio de las campañas. 

Lo mismo sucederá con el PRI si ese partido destapa a un aspirante único –como algunos creen que sucederá en los siguientes días– o si Ricardo Anaya se aferra a ser el candidato del Frente Ciudadano sin admitir competencia interna.

¿Qué harán los partidos para sacar la vuelta a dicha restricción legal?

Quizá hacer una precampaña simulada, en la que un aspirante sin posibilidades de éxito se enfrente al ungido en un proceso de resultado previsible.


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