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La disputa por Ysleta, Socorro y San Elizario

Víctor Orozco/
Escritor | Domingo 05 Noviembre 2017 | 00:01:00 hrs

El dos de febrero de 1848 se firmó el Tratado de Guadalupe-Hidalgo que puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos. En el mismo se estableció como una de las fronteras fluviales el río Bravo o Grande, las otras dos fueron los ríos Gila y Colorado.

El primero siempre hizo honor a su nombre, hasta tiempos más recientes en que sus aguas fueron controladas. Podía disminuir su cauce hasta desaparecer en largos tramos incluso, para luego bajar desde Nuevo México hecho una furia, acabando con los diques y la represa que año con año alzaban los habitantes de Paso del Norte y pueblos vecinos, para regar viñedos y frutales en los que eran pródigos sus tierras.

En una de esas, sin que se sepa con exactitud el año, pero en todo caso poco antes de 1848, de la corriente principal se desprendió un brazo que rodeó por la derecha a los pueblos de Isleta, Socorro y San Elizario, antiguos vecindarios que desde 1820, formaban sendos municipios constitucionales, junto con el de El Paso del Norte, la principal de las poblaciones en el largo curso del río.

En los primeros de enero de 1849, el jefe político del Cantón Bravos, José María Ponce de León, comunicó al vice gobernador Laureano Muñoz, en funciones de gobernador de Chihuahua, que tropas norteamericanas habían ocupado los tres pueblos mexicanos e instalado en los mismos a sus propias autoridades. La inmediata respuesta del gobierno local, para rechazar la agresión norteamericana a los derechos mexicanos, se apoyó en dos argumentos jurídicos impecables, el propio tratado de amistad recién firmado y la circunstancia de que estando México en posesión de los pueblos, no podía ser despojado por la fuerza, sino en todo caso dirimirse el conflicto por las vías diplomáticas.

Respecto del primer punto, el vice gobernador Muñoz argumentó que según el acuerdo, serviría de límite el brazo más profundo del río, en el caso de que tuviera varios y “...aun en el supuesto de que el brazo del rio, que ha servido de motivo para la presente cuestión, sea mas profundo que el que pasa al otro lado de los Pueblos expresados; pues no siéndolo (y sobre esto no tiene datos oficiales, el Gobierno) cesa aun el menor pretexto para justificar el proceder que han tenido en el particular  las autoridades Norte-Americanas”. En pocas palabras, el cauce principal del rio Bravo seguía corriendo al Norte de los caseríos. Abonando en el punto, por mi parte, agrego que unos años antes, en 1842, un viajero anónimo describió el camino a estos pueblos e hizo puntual descripción del superficial brazo del rio que los había circundado, constatando su ubicación en la banda derecha del Bravo. De donde, sobre este hecho no había duda y eso lo sabían obviamente todos los lugareños.

El segundo alegato, era imbatible si el Derecho hubiese normado las acciones de los militares norteamericanos:  “México ha estado hasta aquí en quieta, pacífica é indisputable posesión de los pueblos de la Isleta, Socorro, y San Elizario, todavía después de canjeados los tratados celebrados con los Estados Unidos, y de evacuada la República Mejicana por las fuerzas de aquellos. De entonces á hoy ningún derecho nuevo han adquirido aquellos, sobre ninguna parte del territorio mejicano: y aun suponiendo que fuera dudosa la legitimidad de la posesión que Méjico ha conservado en aquellos pueblos, no toca á los Estados Unidos, á sus autoridades, y menos a sus soldados, decidir una cuestión de derecho Internacional, cual es la presente. Ya la fracción 3ª  art. 5º del repetido tratado de Guadalupe, previendo que pudieran suscitarse cuestiones de este genero, previno el modo de cortarlos, ordenando: que una comisión de peritos por parte de ambos países, autorizados al efecto por sus Gobiernos respectivos, se reúna antes de un año contado desde la fecha del canje del tratado, en el Puerto de San Diego, y procederán á señalar y demarcar la expresada línea divisoria, en todo curso, hasta la desembocadura del Rio Bravo del Norte: y tanto Méjico, como los Estados-Unidos deben esperar en paz y buena armonía la decisión de estos árbitros...”.

Dentro del contexto en el cual se produjo este conflicto fronterizo, debemos considerar a los efectos de la derrota sufrida por México. Fueron terribles y muy hondos. Se había perdido mas de la mitad del territorio, si se agrega a la pérdida de 1848 la de Texas ocurrida en 1836. Además, se hacía sentir un colapso en los ánimos colectivos, del cual muchos de los  dirigentes, militares y eclesiásticos sobre todo, derivaron hacia la búsqueda de una solución monárquica, bajo el dominio de una potencia europea, renunciando para siempre al proyecto de construir un estado soberano. Los mexicanos ya habíamos “tocado fondo”, como se lamentaba el gobernador Ángel Trías en ese mismo año de 1849. Para rematar el cuadro, inmediatamente después de la guerra, se había desatado una implacable epidemia de cólera, diezmando la población por todas partes. Tan fuerte azotó pueblos y ciudades, que la de Chihuahua vio emigrar a buena porción de sus vecinos y aún los diputados del congreso se disgregaron buscando refugio en zonas no contaminadas.

En estas condiciones de vulnerabilidad, el país quedaba a merced de aventureros y militares arbitrarios de Estados Unidos. Con mayor razón, debe resaltarse la firme actitud del vicegobernador Laureano Muñoz y del jefe político del Cantón Bravos, quienes incapacitados para repeler la invasión por la vía armada, dejaron claros los derechos de México, como se advierte en la instrucción final enviada a la autoridad de la Villa de El Paso:  “...hará Vuestra Señoría presente á la nombrada autoridad americana que ha venido á tomar posesión  de los tres pueblos Mejicanos expresados, en defensa de los derechos de ellos y de los de la Nación Mejicana á quien pertenecen. Y si por desgracia desoyendo la voz de la razón y la justicia, la nominada autoridad americana insistiere en permanecer ocupando los dichos pueblos; protestará V.S. de la manera mas solemne, explícita y terminante, á nombre de los Poderes Supremos del Estado de Chihuahua y de la Federación Mejicana, por una, dos, y tres veces; que desconoce el derecho con que los Estados Unidos de América y cualquiera autoridad o persona á su nombre han pretendido apoderarse de los tres expresados pueblos, y pretendan hacerlo respecto de cualquiera otra parte del territorio en cuya posesión ha estado Méjico”.

No pararon allí las acciones militares de Estados Unidos para ocupar territorios mexicanos. Cuatro años después, el comandante militar de Nuevo México invadió La Mesilla, área ubicada al Sur del Río Gila señalado en el Tratado de 1848 como uno de los límites entre los dos países. El gobierno de Chihuahua, aprestó tropas que se dirigieron al lugar al mando del gobernador Trías. Ya en Paso del Norte, los soldados mexicanos hubieron de retirarse porque su comandante recibió órdenes del presidente de la República, el general Antonio López de Santa Anna quien le informó la concertación de la venta de La Mesilla a los Estados Unidos.

¿Son estos antecedentes de las relaciones entre nuestro país y Estados Unidos, tan remotos y fuera de lugar que no vale la pena traerlos a la memoria?. Mi respuesta es que debemos recordarlos. Primero, porque la rueda de la historia da muchas vueltas -aunque a veces dure siglos- y solo pueden beneficiarse de los cambios, quienes poseen el registro de los hechos. Y segundo, de mayor relevancia, porque ambos, mexicanos y norteamericanos seguiremos de vecinos por tiempos indeterminados. Nuestras relaciones seguirán siendo a veces menos a veces más conflictivas, tal como acontece en estos días. En esta tesitura,  conviene tener presentes el ejemplo de las conductas patrióticas y las lecciones (aún de actos negativos) de estos mexicanos antecesores nuestros. Si no fuera así, de poco o de nada sirve estudiar la Historia.

(El documento completo al cual me refiero, será publicado en el volumen XV de la obra colectiva anual Chihuahua Hoy, disponible ya en su versión digital en el portal de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez).

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