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Volatilidad religiosa

Hesiquio Trevizo/
Presbítero | Domingo 05 Noviembre 2017 | 00:01:00 hrs

El periodista comienza recordando al Cardenal, (Ratzinger), algo que muchos años antes había “profetizado” acerca del futuro de la iglesia: “Dijo usted entonces, «la iglesia, vendrá a ser algo pequeño, y si quiere volver a ser grande, deberá empezar de nuevo. Pero después de un tiempo de prueba, de interiorización y simplificación, la iglesia brillará con gran poder e influencia; pero los habitantes de un mundo completamente planeado y controlado, que llegarán a experimentar una inexpresable soledad, podrán descubrir en la pequeña comunidad de creyentes algo radicalmente nuevo.  Como una esperanza que está ahí para ellos, como una respuesta que ellos secretamente han estado buscando». 

Parecería que los acontecimientos le dan la razón, ¿qué opina usted, ahora? Y el futuro B.XVI contestó: «Primero: ¿la iglesia es realmente más pequeña hoy? Cuando yo dije eso, a mí se me acusaba por todos lados de ser pesimista.  En nuestros días nada es menos tolerable que lo que la gente llama pesimismo. Y que muchas veces es realismo. Sin embargo, más gente admite, cada vez, que, en Europa, el número de los bautizados está simplemente decreciendo. En una ciudad como Magdeburg solamente el 8 por ciento de la población es todavía cristiana, católica y luterana. Estos indicadores estadísticos muestran la existencia de tendencias que son indiscutibles». Y añade: «Tenemos que aceptar pérdidas, pero nosotros siempre permaneceremos como una iglesia abierta. La iglesia no puede encerrarse como un grupo autosuficiente. Tenemos que ser misioneros, sobre todo en el sentido de que nosotros conservamos ante los ojos de la sociedad aquellos valores que deberían formar su conciencia, valores que son las bases de su existencia política y de una verdadera comunidad humana». Así la respuesta del Cardenal a una cuestión agobiante.

Cierto, el Cardenal se refería a Europa.  Nosotros tenemos otra realidad. Aquí, podríamos decir que arriba del 95 por ciento de la población es cristiana. Pero si sumamos a todos los cristianos e incluso los que han emigrado a denominaciones no cristianas, resulta que estamos en una población bautizada, casi en su totalidad.  Las estadísticas son interesantes en este punto.  En el año 2006 en el Registro Civil se inscribieron 24,487 nacimientos y en el mismo período la iglesia católica reporta 19,802 bautismos. Es un porcentaje altísimo.  No es triunfalismo y la pregunta sigue siendo la misma para la institución católica: ¿qué es lo que debe de hacerse para que esos 19,802 padres de familia que bautizaron a sus hijos, y los padrinos de esos 19,802 niños y sus familias, queden comprometidos con su bautismo y, por lo tanto, con su iglesia, en la que han nacido como cristianos, como humanidad nueva? ¿Qué hay que hacer para que, además de bautizados, queden evangelizados?, ¿para que el bautismo no sea simple rito, sino la conciencia de que se ha operado una transformación cualitativa del ser? Y si sumamos los jóvenes de confirmaciones, sus padres y padrinos, más las primeras comuniones junto con papás y padrinos, ¿de cuántas gentes estamos hablando? Y si sumamos a estos sacramentos iniciales, los matrimonios y los ritos de difuntos, resulta que hablamos de un número mucho muy elevado. Pero, ¿cómo se aprovecha esa «oportunidad»? De lo que debemos cuidarnos es de llegar a la situación de Magdeburg.

Respecta al matrimonio, los datos cambian. La estadística nos plantea una realidad de difícil interpretación. Llegamos a la zona de turbulencia de la sociedad actual.  En el 2006 se inscribieron en el Registro Civil 5,580 matrimonios, (Más las uniones libres), mientras que por el rito de la iglesia católica se realizaron 2,114. Extraño y desconcertante contraste. Dijéramos que la «crisis de fe» se desplaza hacia la edad adulta, mientras se conservan, sin embargo, valores altamente apreciados como son el bautismo, la confirmación y la primera comunión. Los XV años y el rito de difuntos.  De estos datos simples podrían dimanar estrategias precisas. 

Añade el Cardenal: «visto de este modo, la iglesia tiene siempre una responsabilidad ante la sociedad en su conjunto. La responsabilidad misionera significa, de hecho, que nosotros tenemos la misión de re-evangelizar nuestra sociedad.  Nosotros no podemos, sin más, permitir que el hombre vuelva al paganismo, sino que habremos de encontrar caminos para llevar el evangelio a las esferas de la vida de aquellos que todavía no creen, que se han olvidado o que se sienten decepcionados.  En la iglesia de nuestros días tenemos muchos modelos de este trabajo”.

De nuevo debemos valorar el consejo practicado por los clásicos del pensamiento sociológico y cultural, de mirar hacia la religión para husmear algunos cambios en la sociedad y en la cultura.  Algo muy grave suele suceder cuando la misma religión se convierte en una entidad volátil, inestable, como la bolsa de valores que se mueve por intereses manejables y manejados discrecionalmente. La religión es interesante, incluso, como indicador de otras cosas que le pasan al hombre de nuestros días.  No es para menos, si es que, como se repite, que la religión se enraíza dentro de la sustancia de la cultura y de lo más profundo del sentido del ser humano.

Por esta razón, si enfrentamos una crisis religiosa no nos extrañe todo lo que nos está sucediendo como sociedad y como cultura; pensemos tan sólo en lo que revela la escalada de la violencia: una sociedad vergonzosamente penetrada por el crimen, la corrupción, asesinatos, secuestros, ejecuciones, complicidades, desintegración, ansiedad, miedo. Pobreza. Todo eso, que desde el punto de vista sociológico es un indicador de alto riesgo, ha quedado como el denominador común de una sociedad que parecía estar en calma. La quinceañera torturada y tirada al lado de la carretera hace palidecer el discurso social. ¿Por qué no ver en esto, también, un fracaso del quehacer religioso? En realidad, el hombre como tal, es quien está en crisis. Cierto, si el elemento religioso comienza a moverse como canoa en mar picado, la situación es grave en extremo.

Podemos constatar el fenómeno de la “inestabilidad” religiosa en la denominada «emigración» espiritual hacia la increencia o corrimiento hacia un no se sabe dónde, no necesariamente irreligioso, de un porcentaje significativo de ciudadanos. Este fenómeno viene acompañado de una notoria flexibilización de las creencias, respecto al canon de la ortodoxia, dentro de los que se reconocen como creyentes. El resultado final proporciona un potencial simbólico que queda a disposición de la innovación religiosa y que se manifiesta en lo que algunos estudiosos denominan religiosidad difusa, flotante, des-regulada, des-institucionalizada, que parece recorrer los espacios de lo secular o de nuevas configuraciones de lo religioso. Esto da origen a un fenómeno sumamente interesante generador de un espectro religioso que abarca desde sectas y nuevos cultos, movimientos de renovación dentro de las religiones tradicionales, grupos sincréticos hasta la sacralización del deporte, del culto al cuerpo cuyos templos son los gimnasios, la dietética, la política, etc. Estamos ante lo que F. Champion llamó “la nebulosa místico-esotérica” de la religiosidad postmoderna.

En la actualidad, la filosofía predominante es de tinte pragmático, se trata de un racionalismo cuyo aspecto fundamental es el funcional, (J. Habermas). Hoy, toda la estructura social, aún la estructura educativa, está encaminada a crear seres eficaces y eficientes que, como robots, sean completamente programables y predecibles, y estén capacitados para el trabajo por objetivos, por resultados, y sean capaces, además, de colocarse sin ningún problema dentro de una cadena de producción por despersonalizaste que sea. Este sistema de pensamiento ha afectado también al fenómeno religioso. No pocas veces han venido a mí personas a decirme que tal o cual grupo religioso nuevo tiene una enorme captación de recursos económicos, que nosotros deberíamos hacerlo igual; otros me dicen que fulano de tal tiene perfectamente acondicionado el “salón”, “su iglesia”, con aire acondicionado y butacas de piel. La idea de confort de corte norteamericano se proyecta sobre el imaginario colectivo como un reflejo del cielo. Así el mormonismo. Hay quienes quisieran imprimir a la Iglesia un corte empresarial.

¿De qué manera influye este predominio de lo funcional en la religión? Creando las condiciones mentales y sociales de un objetivismo que desnaturaliza a la religión. La mentalidad funcional va adscrita a un modo de ver y considerar la realidad: de forma plana, sin profundidad y sin más crédito que el que proporcionan las ganancias, el número, el éxito, el dinero, el confort. Lo que es válido para el mundo de los negocios, el éxito, las ganancias, etc., se extrapola a todos los campos, incluyendo el religioso. Queda, pues, solo esa “nebulosa místico-esotérica” como sucedáneo del cristianismo.

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