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Un discurso memorable de José Antonio Mucharraz

Víctor Orozco/
Escritor | Domingo 08 Octubre 2017 | 00:01:00 hrs

Entre la tupida mata de acontecimientos nacionales e internacionales de trascendencia que nos ofrece el momento actual, preferí recoger un lejano hecho histórico casi desconocido como tema de esta entrega. Además de la miga que en sí ofrece, está relacionado con las efemérides de estos días, pues ocurrió el 2 de octubre de 1864.

En esa fecha, el presidente Benito Juárez y su gabinete, resguardados por una tropa escuálida entraron en Hidalgo del Parral, donde al igual como había acontecido en Río Florido y Valle de Allende, fueron recibidos con todos los honores y los vítores de la población. En la ceremonia, el Jefe de la Oficina de Ensaye, José Antonio Mucharraz, pronunció un memorable discurso que aquí reseño por la profundidad de las reflexiones que contiene. El espléndido texto, reinvindica además a los actores y a los escenarios regionales, desatendidos o despreciados usualmente en las historias tenidas por nacionales. El modesto empleado federal fue capaz de condensar en pocas líneas la corta historia de la independencia de México e igualmente resumir la coyuntura de sus días.

De Juárez dijo:

“Lejos de mis labios la lisonja, jefe supremo de nuestra infortunada patria, cediendo solo al placer que siente mi corazón al veros en El Parral...os presentais hoy en la palestra, justo es daros la bienvenida como a un segundo Hidalgo, porque vuestra bandera no es la de un partido sino, sino la de Dolores...El mundo admira vuestra fortaleza y el nombre de Juárez se repite con respeto y veneración en ambos hemisferios, porque sin atender a la premura con que se han improvisado nuestros soldados, combaten hace un año y medio, porque no os arredra la escasez de elementos que oponer a los abundantes recursos de la Francia, ni teneis en cuenta ninguna desventaja para la guerra sino que semejante a un piloto que en medio de la borrasca desprecia los furores del viento y de la lluvia...y solo empuña el timón con que ha de salvar la nave, recorreis largas y desiertas distancias, sin que os sirva de rémora la pusilanimidad de unos, los errores de otros ni la inmoralidad de muchos...

Estas palabras corresponden a un individuo muy alejado de los círculos del poder en la capital de la república. Dice lo que veía en la personalidad de Juárez, con los ojos del sentido común. A continuación expone en un apretado párrafo una interpretación del significado de la independencia, revelador de un conocimiento aprendido en la brega de un hombre que ha vivido todo el siglo (había nacido en 1803) y ha visto transcurrir los acontecimientos. Explica:

“A los horrores de la conquista sucedió, en al llamada Nueva España, un régimen en que la educación primaria y secundaria, eran esencialmente godas y jesuíticas, sosteniéndose como dogmas católicos el derecho divino de los reyes y la infalibilidad del Papa. En la intolerancia político-religiosa se basaban las leyes civiles y criminales , apoyadas por estatuto monásticos elevados hasta la exageración del ascetismo. El comercio directo con el extranjero, así como la industria del país yacían bajo el sistema prohibitivo, a la vez que subyugada la imprenta con la previa censura y los anatemas de la inquisición, generalizaban la pena del silencio. El fisco el clero y los conquistadores absorbían la riqueza. A nadie estaba permitido portar una daga sin licencia. Nadie, desde la niñez, dejaba de comprar las bulas de la Santa Cruzada, ni de cumplir cada año con los preceptos segundo y tercero de la Iglesia, estando a la orden del día las declaraciones del confesionario. Ay de aquel que censuraba la opresión ejercida en la raza que llevaba el tipo de Moctezuma y de Cuauhtémoc. Ay de aquel que razonaba a la brillante luz de la filosofía. La deportación, la flagelación y la horca, multiplicados hasta contarse el número de cuatro de estos infames suplicios en una sola ciudad, formaron el porvenir de tan desesperadas generaciones. Pero esta esclavitud sin ejemplo no bastó para sofocar el sagrado fuego del patriotismo, sino que, cual erupción volcánica de lava encendida, consumió el edificio de trescientos años.

¿Porque ahora se ha sentado la reacción en el templo de la Reforma?. ¿Por que con tanta felonía y tanto egoísmo en algunas individualidades de nuestra sociedad?. Los realistas de 1810 ignoraban sus derechos y la oscuridad en que vivieron tal vez pudo disculparlos, los sacerdotes cambiaron el crucifijo por el sable, los templos se adornaron con insignias y trofeos militares...”

La razón por la cual pelean estos “nuevos realistas”, según Mucharraz, es “..el pudor medido por el arancel de la fortuna y todo derecho vinculado con el oro...”. En estos párrafos, su autor expone con meridiana claridad la idea de la continuidad del proceso histórico de la independencia, con el de la reforma liberal y la lucha contra la intervención francesa. La república errante encarnada en Juárez, no representa la bandera de un partido, “sino la de Dolores”.

El proyecto de los liberales, condensado en las palabras del ensayador avecindado en Parral, se apoyaba en tres columnas: la nación independiente, las libertades individuales, entre ellas la de conciencia y la lucha contra los privilegios. En esta poderosa concepción, vigente hasta hoy,  estribó justamente la superioridad del ideario liberal sobre el de los conservadores, quienes perdieron la batalla cultural y política antes que la armada. De allí la frase atribuida a Juárez: “El triunfo de la reacción, es moralmente imposible”. El discurso de Mucharraz muestra la extensión y hondura que habían cobrado estas ideas-fuerza en la sociedad mexicana, las cuales han servido de eje y brújula a lo largo de su historia.

Finalmente, el avispado especialista en metales, introduce la idea de la unidad americana, (latinoamericana, se dirá unos años después y hasta ahora)  acariciada por algunas de las mentalidades mas brillantes de su tiempo en cada una de las jóvenes repúblicas brotadas del antiguo imperio español.

“Día vendrá, genio superior a la adversidad, en que el esfuerzo de los verdaderos patriotas sea coronado por el triunfo. A la época de prueba por la que atravesamos, sobrevendrá otra feliz, inmediata ciertamente, si el continente americano adopta sin reservas el proyecto vital iniciado hace cuarenta años por el Libertador de Colombia. Si el solo pensamiento de la coalición americana, representada en este cuadro que está a la vista, produjo resultados satisfactorios, ¿Desconfiaremos de su glorioso éxito cuando se desarrolle del Bravo hasta Chile?. ¿Que falta sino acuerdo en ciertos pormenores?. La causa es santa, idénticos los intereses, pero si en el libro de los destinos está escrito el parricidio perpetrado por los traidores, mis votos son porque a los presentes nos sepulten al rededor del Presidente de la República Mexicana”.

La diligencia que transportaba al presidente y al reducido gabinete, se detuvo apenas tres días en la antigua población minera y el día 12 de octubre arribó a la capital del Estado. Si alguna virtud política tuvo Benito Juárez, fue su destreza para navegar entre vientos encontrados, como lo decía Mucharraz. En Chihuahua las rivalidades y los odios entre los grupos políticos caracterizaban el escenario y obstruían la indispensable unidad contra la invasión extranjera. Apenas llegando convocó a una junta con las principales cabezas de todas las facciones, en la cual se tomaron acuerdos claves para la defensa nacional. Unos meses después, los avances del ejército galo llevarían al gobierno perseguido hasta la remota Villa de Paso del Norte, desde donde se articularía la defensa nacional. El discurso de Mucharraz se olvidó, como el de muchos  otros, pues en las colectividades se tiende a memorizar los hechos de armas, por encima de aquellos ubicados en la batalla por las ideas. Sin embargo, sin éstos no hay cambios ni triunfos posibles. De allí el interés en recuperarlos.

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