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Estelas y réplicas

Cecilia Ester Castañeda/
Escritora | Domingo 17 Septiembre 2017 | 00:01:00 hrs

Las últimas semanas las noticias sobre el clima se han dado como torbellino, si es posible emplear ese término para describir la caótica serie de monzones, huracanes y sismos registrados a nivel internacional. En especial, los fenómenos atmosféricos han llegado en sucesión tan rápida a la región del Golfo y la costa mexicana del Pacífico que resulta fácil confundir un meteoro con otro y suponer que lo fuerte del daño ya pasó… hasta escuchar la noticia un terremoto mayor con epicentro en el sur del país, seguido por cientos de réplicas, amenaza de tsunami y más tormentas.

En lo personal, después de haber intentado mantenerme atenta al desarrollo de los primeros sucesos meteorológicos, ante el exceso de golpes de la Naturaleza reconozco haber entrado en una especie de marasmo, una bruma mental con la cual he quedado insensible a captar la dimensión de las catástrofes nuevas. Oigo la información pero no la asimilo. Y eso es preocupante, creo, porque los acontecimientos recientes requieren de acciones decididas por parte de todos los mexicanos.

Probablemente no sea la única persona aletargada. Si Trump tardó una semana a fin de “encontrar tiempo” para comunicarse con Peña Nieto tras el sismo, me pareció que la reacción de las instancias juarenses ante la más reciente tragedia nacional también arrancó con lentitud. Cuando empezaron a mencionarse colectas, por ejemplo, se trató de llamados aislados de particulares, sobre todo de un grupo de oaxaqueños radicados en la ciudad. Pero, 24 horas después del terremoto de mayor intensidad en el último siglo en México, hasta la delegación local de la Cruz Roja se encontraba esperando instrucciones de la sede estatal para asistir en las labores de apoyo mientras que las autoridades municipales aún contemplaban la posibilidad de colaborar con los damnificados, según El Diario. El gobierno, la iniciativa privada, las escuelas y otras instancias juarenses, se informó en este mismo medio, tardaron aun más en organizarse.

Lo anterior no sorprende, dado lo inesperado del movimiento telúrico y el hecho de que la mayor parte de la atención se hallaba concentrada en los extensos daños provocados en la costa texana por los fenómenos meteorológicos. Pero sí es indicativo de la capacidad de respuesta nacional ante las catástrofes.

En Estados Unidos esta vez se contó con la ventaja de la voluntad política, la necesidad y la experiencia de desastres previos para actuar durante la presente temporada de huracanes, dice al New York Times un experto en evacuaciones, refiriéndose en especial al impacto de los ataques del 11 de septiembre del 2001 y al huracán Katrina del 2005. Los primeros obligaron al gobierno a coordinar mejor su respuesta mientras que el segundo incluyó a las catástrofes naturales en la jugada, señala el periódico neoyorquino.

En los últimos 16 años en el vecino país, agrega, se han mejorado las técnicas del pronóstico del clima, las políticas de evacuación y la resistencia de los edificios ante los huracanes. Entre los otros factores que mitigaron los daños se cuenta asimismo el ímpetu en la organización en el rubro de la protección civil —el Departamento de Seguridad Interna fue establecido en el 2002—, el internet,  la tecnología personal y la participación ciudadana, dice el Times.

En la Ciudad de México los efectos del terremoto de 8.1 grados no se comparan con los del sismo de 1985, desde luego. Definitivamente aquí tuvo asimismo algo que ver lo aprendido desde hace 32 años. A partir de esa fecha se empezó a entender en serio la necesidad de la preparación para los desastres, estableciéndose medidas como estándares de construcción e implementándose en forma sostenida prácticas como los simulacros. Al menos en la capital del país, el ciudadano común conoce mejor el protocolo en caso de sismos.

Pero el terremoto de la semana pasada golpeó sobre todo a comunidades pequeñas de Oaxaca y Chiapas, dos de los estados más pobres del país. A juzgar por reportes periodísticos, en esos lugares la ayuda ha sido muy lenta, mientras que se han presentado problemas de desorganización y coordinación al distribuir la que ha llegado. Los protocolos estatales no funcionaron, se informó. A una semana del desastre aún no se contaba con el censo de los daños.

Estamos hablando de más de un millón de damnificados, dicen los reportes, de cientos de escuelas afectadas. Las labores de limpieza, reconstrucción y recuperación tardarán años. En vista de la obvia falta de eficacia en la respuesta oficial, ¿qué procede?.

Se trata de una zona sin los recursos de los habitantes de Houston, con rezagos profundos, con crisis latentes. Mientras apenas la semana pasada el EZLN anunciaba en Chiapas su incursión en la política, horas antes del sismo en Oaxaca presuntos profesores miembros del CNTE arrojaron cohetes a los helicópteros de la comitiva presidencial, alcanzando a uno de ellos, se informó. La respuesta a la catástrofe resultará determinante a fin de integrar más a esos estados al desarrollo del país, o para que cobren fuerza otros intereses.

Y en México entero se reflejarán de alguna manera las consecuencias del sismo. A todos nos corresponde poner de nuestra parte para apoyar a las víctimas de las fuerzas de la Naturaleza y la falta de previsión. La pregunta es cómo hacerlo. ¿Mediante donativos? ¿Trabajo voluntario? ¿Gestoría? ¿Activismo? ¿Dinero? ¿Impuestos? Sea como sea, debemos entender que el compromiso es a largo plazo e ineludible.  

Si después del 85 arribaron a Ciudad Juárez —y a muchos otros lugares— numerosos habitantes del entonces Distrito Federal, ahora podemos esperar la llegada de oaxaqueños y chiapanecos en busca de reconstruir su vida. No será la única ola de nuevos juarenses. Ignoramos todavía el destino del gran porcentaje de hispanos radicados en la costa texana alcanzada por Harvey, pero no parece descabellado esperar que algunos vengan a dar a esta frontera, sobre todo ante la incertidumbre de las medidas antiinmigrantes de la administración Trump. Luego están los llamados “dreamers” y su posible deportación.

Sin salir de nuestro estado, recordemos los recientes reportes de protestas tarahumaras en la ciudad de Chihuahua. Se dice que ha crecido notoriamente el número de indígenas establecidos en la capital estatal. Es, sin duda, también aviso del próximo aumento de su población en la frontera.

La llegada de nuevos habitantes aquí no es nada nuevo. Pero las circunstancias, como siempre, cambian. Es hora de prepararnos para integrarlos a nuestra sociedad, con todos los desafíos y oportunidades que ello implica.

También es momento de aprender las lecciones colectivas sobre contingencias climáticas o geológicas de estas últimas semanas. La versión más reciente del “Atlas de riesgos naturales”, publicado por el Instituto Municipal de Investigación y Planeación, puede consultarse en internet. Parece un buen primer paso para establecer, poner a prueba o actualizar nuestros propios protocolos de respuesta ante las catástrofes ambientales.

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