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Afrontar el fracaso

Hesiquio Trevizo/
Presbítero | Domingo 10 Septiembre 2017 | 00:01:00 hrs

Uno de los más famosos profetas de la era del progreso, fue Bertrand Russell.  La autoridad de Russell, por los años que siguieron a la primera guerra era casi indiscutible. Talento matemático de primer orden, tuvo Russell el honor de sumar su nombre con el de Whitehead, en famosos ensayos que tenían la pretensión de identificar la matemática con la lógica. Disputado por las universidades norteamericanas, Russell era uno de los conferencistas que atraía más público. Sus ideas liberalísimas, sobre el matrimonio y las costumbres, llegaron a constituir el escándalo de su tiempo. Por todas partes se le aclamaba como reformador valiente y como ejemplo y prototipo de nuestra época. Una conciencia libre de los prejuicios tradicionales, era la de Russell, y segura, además, que el hombre marchaba hacia metas de superación.

Algunos años después, un poco asustado del rumbo que tomaban las cosas, este profeta del “progreso” hablaba en un tono pesimista y de lamentación. En uno de sus últimos libros titulado “Ensayos Impopulares”, Russell pontifica: “antes de que termine el presente siglo (s.XX), y a menos que ocurran sucesos impredecibles tres posibilidades se habrán de cumplir, a saber:

1. El fin de la vida humana y tal vez de toda vida en nuestro planeta. (Se comenzaba a vivir con el temor a una destrucción total mediante la energía nuclear)

2. Una reversión a la barbarie, después de una catastrófica disminución de la vida en el planeta. 

3. La unificación del mundo bajo un solo gobierno que posee el monopolio de todos los principales instrumentos aplicables a la guerra.

No se atreve el profeta a decir cuál de las tres posibilidades se cumplirá, pero sí sostiene con vigor, que el modo de vida al cual estamos acostumbrados, (habla de su tiempo) no puede continuar.

De éstas tres posibilidades contempladas por el filósofo inglés, la más cercana a la realidad el día de hoy es la tercera, es decir, la creación de un instrumental tecnológico, no sólo de guerra y de destrucción, sino de dominio completo mundial.  Sin embargo, ésta opción no se da, no puede darse sin una regresión a la barbarie, a esa brutal tendencia destructiva que es la guerra, a una barbarie que gracias a la tecnología es infinitamente más destructiva.

Las guerras desarrolladas en el siglo XX, y las desarrolladas, y por desarrollarse, en lo que va en el siglo XXI, la mutua intimidación actual, nos ponen ante el fracaso más evidente de la idea de progreso.  Hans von Seeckt, el creador de la estructura militar alemana, que sostuvo la II guerra, afirmaba con claridad que “la guerra es la bancarrota de la política”.  Pero, también es una economía. Los países que sufren y combaten a los terroristas, son los mismos que los arman, son los mismos que les venden armas y tecnología. Son los mismos que consumen y arman al narco. Russell se sentiría, hoy, –y más de Inglaterra–, muy decepcionado.

La pobreza, el hambre y la enfermedad que atenazan a la mayor parte de la humanidad, que se ceban especialmente en países africanos; los niños en Siria, los niños migrantes que el mar arroja, despojos trágicos, a las costas europeas, o los niños migrantes en esta frontera, constituyen, igual, el más grande fracaso del supuesto progreso y acusan un tremendo déficit de humanidad; “el ídolo del progreso”, lo llamó JP. II.; ahora  se le aplican los adjetivos de “lineal y sostenido”.  La última decisión Trump enrarece y tensa más el ambiente. ¿De qué se trata? ¿Pagas el muro o te devuelvo a los ‘soñadores’? Y la irrisoria respuesta del gobierno mexicano: ‘estamos listos para recibirlos’. El gobernador de Michoacán dijo, muy ufano, 180 mil de esos soñadores son michoacanos y que estaba listo, con todo, para recibirlos. El citado mariscal Seeckt, decía que ‘la voluntad sin intelecto, era muy peligrosa’. ¿Cómo se le ocurre decir que su estado expulsó a 180 mil niños y jóvenes, padres incluidos? México no tiene cara para reclamar.

Sin quitar la responsabilidad a los países expulsores, corruptos y mal administrados, ¿Qué diferencia la política supremacista y excluyente de Trump de ciertas líneas del pensamiento nazi?  El así llamado “holocausto” suele ser el paradigma de la derrota total del espíritu. De uno de los campos de exterminio un niño judío de 14 años escribió la siguiente carta a sus padres: «mis queridos padres: aunque el cielo fuera papel y todos los hombres fueran tinta, no me bastaría para describir mi sufrimiento y todo lo que veo a mi alrededor. El campo se encuentra en un claro del bosque. Por la mañana temprano nos llevan a trabajar. Mis pies sangran, porque me he quitado los zapatos. Trabajamos todo el día, casi sin comer, y por la noche dormimos sobre la tierra porque nos han quitado los camastros. Todas las noches vienen los soldados borrachos y nos golpean con palos, y mi cuerpo está negro de manchas sanguinolentas como pedazos de madera carbonizados. A veces nos tiran un par de zanahorias crudas o una remolacha, y es una vergüenza: aquí se anda a palos para pescar un bocado o una hoja. Anteayer se escaparon dos jóvenes, y en castigo nos pusieron a todos en fila y mataron a uno de cada cinco. Yo no fui el quinto, pero sé que no salgo vivo de aquí. Les deseo a todos que vivan, queridos papá y mamá, queridas hermanas, y lloro».

Hay muchos niños, en todas partes, que sufren igual, ante la indiferencia, incluidos los atrapados en el campo magnético de los Pelitos conyugales, usados y abusados, moneda de cambio, forma de venganza y de presión. 10 mil, informaba El Diario. ¡10 mil niños! Ello constituye la concretización del horrible fracaso de nuestra civilización.

Esto me lleva a mi tesis fundamental. Ya no son suficientes las categorías sociopolíticas y socioeconómicas para explicar y, en su caso, revertir, tal deterioro. El mal aparece demasiado profundo, demasiado terrible, demasiado bien estructurado y organizado, a grado que parece no tener su origen en el hombre mismo.  No son simplemente errores, fallas, equivocaciones, cálculos mal hechos, simples fraudes o videos desafortunados, sino un misterio de iniquidad quien impulsa el acontecer humano misteriosamente. Aquí, la categoría fundamental es “pecado”, ese ‘gran desorden’, según un texto egipcio antiquísimo.

Gonzalv K. Mainberger concluye de la manera siguiente un ensayo sobre el pecado original. «“Si el hombre moderno” no es pelagiano (Pelagio sostenía que no necesitamos de la gracia de Dios para ser buenos), perece. El mal estructural reside en que el progreso reclama su víctima. Sin víctima no hay avance del progreso ni desarrollo tecnológico. A las víctimas pertenecen aquellos que han sido despedidos de sus trabajos y, en parte, los que han sido jubilados anticipadamente en los países industrializados, y aquellos jubilados en los países pobres cuyas pensiones son ridículas y miserables, insuficientes, a punto de agotarse, como también el ejército de trabajadores utilizados como esclavos en los países en vías de desarrollo. Para estos seres abandonados, perplejos, se trata de una representación del mal en acción. Pero  es una representación que se presenta con la luz de lo inevitable. En consecuencia, la perplejidad da paso a la resignación. Siempre ha llevado consigo el mal una cierta fatalidad, que también es una versión de la matriz cultural que en otro tiempo se le llamó el pecado original».

El hombre ha abandonado a su Creador; el filo diabólico de la tentación para el hombre sigue siendo la frase primordial: «ustedes también serán como dioses». El hombre ha roto hoy dramáticamente una unidad fundamental que puede redimirlo, ha escrito Franz Rosenzweig, en su obra The Star of Redemption (N.Y. 1970).  Dios, el mundo y el hombre, más que una totalidad constituyen una unidad, y ésta unidad ha quedado rota. Han quedado los miembros desarticulados de esa unidad: un Dios desconocido, excluido, cuestionado y aparentemente lejano, un mundo que intenta  explicarse a sí mismo y una humanidad entregada a la tragedia del mal, del pecado y de la muerte. Sobre estas ruinas, Rosenzweig reconstruye una red que serían creación, revelación y redención. “Por la creación, Dios se exterioriza en el mundo, pero se habla sólo en tercera persona y en discurso narrativo. Por la revelación, Dios se dirige a un alma individual y le dice: «¡te amo!».  El diálogo nace cuando alguien es interpelado así. Por la redención, una esperanza se abre: la esperanza de una comunidad histórica”.  Si hubiésemos de decirlo con palabras mucho más sencillas, tendríamos que decir que el hombre necesita acordarse de que es criatura, que hay un Dios que lo ama, lo conoce y lo busca y quiere construir, junto con él, el futuro. Yo no veo otro camino.

El pecado original es el orgullo, la soberbia que intenta, incluso, hacer el bien sin referencia a la ‘fuente de todo bien’ y tal deseo coincide con el más refinado orgullo.

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