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Sin serpentinas, luces ni adornos patrios

Francisco Ortiz Bello/
Analista | Domingo 03 Septiembre 2017 | 00:01:00 hrs

El mes de septiembre ha empezado ya. El llamado “mes patrio”, por ser en el que se festejan y celebran las principales fiestas que conmemoran nuestra independencia de la monarquía española, es decir, el nacimiento de la patria, del país que hoy habitamos y del que somos parte indivisible.

La madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, junto con los capitanes Ignacio Allende y Juan Aldama, al enterarse de que la conspiración de Querétaro contra la autoridad virreinal había sido descubierta, llamó a sus feligreses a iniciar la lucha por la independencia.

Es pues, septiembre, el mes en el que celebramos el nacimiento de México como nación al mundo entero, y por tanto representa la esencia de nuestra mexicanidad, entendido este carácter como el orgullo de ser y pertenecer a México. Por lo tanto, por décadas, esta celebración ha sido la más vistosa, planeada, destacada y hasta deseada por la clase política en nuestro país, ya que les sirve a los políticos, entre otras muchas cosas, para propiciar un acercamiento con la clase popular, con el pueblo pues.

Tan sólo por poner un ejemplo que ilustra mejor lo anterior, desde la segunda semana del mes de agosto, en muchas ciudades del país iniciaron los preparativos para dicha celebración, con la colocación de adornos y luces en las principales calles de esas ciudades, así como en el centro histórico y en los principales edificios de gobierno.

La flamante y nueva Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Zacatecas, Guanajuato, Querétaro, Puebla, tan sólo por mencionar a algunas, son ciudades que iniciaron el primer día de este mes de septiembre ya con sus calles embellecidas con los adornos propios de la fecha, el tradicional y muy mexicano papel de china recortado, o su versión moderna de plástico (más duradera también), y por supuesto las luces verdes, blancas y rojas en las fachadas de sus edificios principales, o a lo largo de calles como el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, o el Boulevard López Mateos en Zacatecas, que presumen orgullosas el patriotismo colorido de sus focos tricolores.

En Chihuahua, en cambio, ni un foquito de colores, ni una tira de papel de china recortado, vaya, ni una bandera en todo lo alto de la asta, recordando que ya es septiembre, que ya estamos en el mes patrio.

Dirán algunos que eso de celebrar y adornar con banderitas tricolores las calles y edificios es un tema menor, que es una banalidad, algo superfluo y hasta chabacano, pero aun respetando esa opinión, la realidad es que no lo es. Estamos hablando de la esencia del nacionalismo mexicano, de la fecha en la que México nace al mundo como país, como nación independiente, como pueblo autónomo. No es para nada un asunto menor.

El festejo, o la parte festiva de la celebración, quizá sea como todos los festejos, algo sujeto a la subjetividad de la opinión propia de cada individuo, pero no así la parte simbólica de la celebración. El simbolismo que encierra recordar por estas fechas, a los hombres y mujeres que lucharon y dieron su vida por darnos una patria, y junto con ellos recordar la gesta heroica que los llevó a iniciar una guerra contra el virreinato instituido en estas tierras, es algo que va mucho más allá del simple festejo.

Incluso la misma polémica sobre la fecha y hora exacta del inicio de la independencia, madrugada del 16 de septiembre, contrastada con la celebración oficial del grito la noche del 15 de septiembre, es un tema que abona a la reflexión y análisis sobre la importancia del tema, controversia que se ha prestado a un sinfín de versiones que van desde las más disparatadas como la que afirma que fue un capricho del presidente Porfirio Díaz, para empatar tan importante fecha con la de su cumpleaños, hasta la más sensata -y probable- que explica que ante lo poco práctico que resultaba hacer una réplica del famoso hecho histórico a altas horas de la madrugada, el presidente Antonio López de Santa Anna, emitió un decreto que solucionaba el problema al pasar la conmemoración a las 11 de la noche del día anterior. Este decreto fue realizado en 1853, casi 20 años antes de que Don Porfirio llegara a la presidencia de la república.

Por todo eso, cuando veo a un gobernante que inexplicablemente ignora la importancia de fomentar y difundir la historia de su país, pero mucho más aún aquella parte de la historia que habla de sus orígenes de su fundación y de su identidad como mexicanos, me queda un muy mal sabor de boca, porque, para mí, en ese caso la forma es fondo, y despreciar así el orgullo y gusto de ser mexicanos, me habla de cosas mucho más profundas.

Pues sí. Ni en la capital del estado, asiento de los poderes públicos, ni en nuestra frontera, pudimos recibir el primer día del mes patrio, vestidos de patriotas, con el orgullo y el gusto reflejado vívidamente en el colorido de nuestras calles y en la fachada de nuestros edificios. No se pudo.

Y es lamentable que, en Chihuahua, desde las mismas instancias de gobierno, no se fomente el amor por lo patrio, el orgullo de la identidad mexicana, como nos enseñaron a muchos de nosotros desde a primaria, sí en la case de historia, pero se reforzaba con mayor énfasis y disfrute en la clase de Civismo, hoy desaparecida del programa académico.

Las calles de esta frontera, lucen desangeladas, tristes, desmexicanizadas, como si no pertenecieran a un pueblo orgulloso de sus raíces y de su historia, que no de sus políticos y gobernantes. Ni el gobierno estatal, ni el gobierno municipal independiente (que debiera honrar esa característica), han preparado nada alusivo a los festejos patrios, con la debida antelación, para que el mes de la patria hiciera honor a su nombre.

Este tipo de actitudes arrogantes y de una soberbia que insulta la sencillez y humildad del pueblo, en el gobierno encabezado por el panista Javier Corral ya no me extrañan. Parecieran estar empeñados en desaparecer la parte de la historia de este país, que a ellos particularmente no les gusta, pero del gobierno independiente de Armando Cabada sí me extraña, sobre todo por el extraordinario simbolismo que puede representar, para su propia causa independiente, los festejos y celebraciones de la independencia de nuestro país.

Dicen que en la forma de agarrar el taco se conoce a que es tragón, dicho de otro modo, si alguien desdeña un taco, no es que no sea tragón, sino que sus gustos son otros. Y es que Javier Corral ha resultado muy bueno para la pose y la figura, pero muy malo para la efectividad a la hora de gobernar, tal y como hizo el pasado viernes en el lanzamiento inicial de la serie Indios contra Mineros, por la serie final de la liga estatal de beisbol. Una buena pose, una buena figura de lanzador, mucho estilo, mucha crema, para un tirito que apenas y llegó a home.

Pues sin las luces y los adornos patrios en las calles, los juarenses habremos de celebrar y festejar nuestro nacionalismo e identidad mexicanas, justo aquí, en este extremo del país en donde inicia la patria. ¡Viva México cab…ezones!

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