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La vida fronteriza

Cecilia Ester Castañeda/
Escritora | Jueves 03 Agosto 2017 | 00:01:00 hrs

Puerto, barrera, extremo, bastión, puesto de avanzada, defensa, tierra de nadie, “ni de aquí ni de allá” diría la India María. Son algunas de las descripciones aplicadas a la frontera. Y, probablemente, todas tengan algo de cierto.

Ya en 1998 en la clasificación que Óscar J. Martínez hacía sobre los habitantes fronterizos se advierte la gran variedad de actitudes locales respecto a la región limítrofe entre México y Estados Unidos. En “Border People” —aún sigo esperando la versión en español de este libro— Martínez menciona desde uniculturalistas, migrantes y binacionalistas radicando a ambos lados de la línea Bravo, desde personas que desdeñan o evaden la idiosincrasia misma de la frontera hasta quienes adoptan gozosos esa dinámica, pasando por todo grado de “transculturización” evidente en el consumo, los hábitos y hasta la ubicación del centro de empleo. Se trata precisamente de una característica de la vida fronteriza: la heterogeneidad.

Otra es el cambio constante, retomando las ideas de uno de los mayores expertos a nivel mundial sobre el tema. Los habitantes fronterizos, dice Martínez, desarrollamos tolerancia y herramientas para adaptarnos a las condiciones de ambigüedad.

¿Ambigüedad? Eso se debe al hecho de que la frontera se rige tradicionalmente por la confluencia de los dos sistemas reunidos. El peso del otro impide implementar al 100 por ciento las normas del esquema central. Las condiciones no son iguales. De hecho, la lejanía y lo desconocido implícitos en el concepto de frontera vuelven imposible un grado de accesibilidad a bienes y servicios comparable al de zonas más establecidas si por definición en una región fronteriza está abriéndose paso hasta puntos menos controlados.

En las fronteras políticas actuales, donde ya no se descubren regiones vírgenes del planeta sino que otros sistemas topan con líneas limítrofes de naciones formadas, entonces la alternativa obvia es aprovechar dicha cercanía recurriendo a los recursos de una y otra nación conforme convenga más. Un ejemplo claro es dónde cargamos gasolina los juarenses, o dónde adquirimos medicinas.

Los países modifican sus políticas pensando en generalizadas condiciones nacionales. Las políticas centrales de cada uno inciden en ambos lados fronterizos, cambiando constantemente las reglas del juego. ¿El gobierno mexicano ha disparado el costo de la regularización de vehículos estadounidenses? ¿Se ponen más estrictos los agentes de Inmigración y Aduanas?

Cuando se está situado a la mitad de la frontera entre la potencia que ha marcado desde hace décadas la pauta a nivel mundial y un país en vías de desarrollo el contraste es particularmente especial.

En la región Ciudad Juárez-El Paso los flujos migratorios, las relaciones internacionales, el comercio, la historia, la manufactura, el idioma y el medio ambiente han constituido una especie de microcosmos de los mecanismos que operan en el mundo entero. A ambos lados de la línea limítrofe, las diferencias se unen a las influencias para retratar en un solo punto a la sociedad contemporánea como probablemente ningún otro lugar fuera de la frontera México-Estados Unidos.

Mientras Ciudad Juárez siga constituyendo un enclave fronterizo, mientras el vecino país continúe colocándose entre los principales líderes económicos y sean muy marcadas las diferencias de México con Estados Unidos, Ciudad Juárez seguirá, para bien o para mal, encontrándose a la vanguardia de la interacción entre países.

Pero hoy en día, de nuevo, los procesos que definen el entramado de naciones y poder están cambiando. Factores como la globalización, la tecnología, los sistemas de producción, los nacionalismos y la desconfianza en las instituciones se encuentran redefiniendo a las fronteras. Si prácticamente en cualquier lugar del mundo pueden adquirirse mercancías fabricadas en China, si el pueblito más pequeño está conectado vía internet, ¿cuál es la nueva función de las fronteras como Ciudad Juárez?

Resulta difícil saberlo. Pero de algo podemos estar seguros: los juarenses nos hemos adaptado en cien ocasiones a reglas distintas en el juego. Podremos hacerlo una vez más.

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