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Un santo para el siglo XXI

Hesiquio Trevizo/
Presbítero | Domingo 16 Julio 2017 | 00:01:00 hrs

“La solución a nuestros problemas es volver a Dios”

A. Merkel al G-20

Me ha inspirado esta entrega la reseña de Gerard Mortier, para El País, de la opera de Olivier Messiaen, “S. Francisco de Asís”, presentada en Roma. En la historia de la ópera, algunas obras ocupan un lugar de excepción no sólo por su inventiva musical sino porque, dramatúrgicamente, responden a las aspiraciones y cuestiones de sus épocas. En Fidelio, (Beethoven), la trompeta se revela como el símbolo de la liberación, y deja de ser, a partir de entonces, el símbolo del poder, la que llama a la guerra; en Tristán e Isolda, (Wagner), el cromatismo del tema inicial y el uso de tonalidades inquietantes hacen patente al laberinto del amor en Occidente; o, el Anillo de los Nibelungos, que presagia la fuerza militar alemana, en su marcha inicial. En ‘San Francisco de Asís’ de Messiaen, el canto de los pájaros, que el hombre moderno ya no escucha, llega a ser el elemento estructural de la melodía musical. Por esa razón, tras ver (oír) la ópera de Messiaen, llegamos a comprender la naturaleza de diferente forma, - el gran divorcio hodierno -, al tiempo que nos identificamos con el personaje que es S. Francisco.

San Francisco de Asís es un milagro, es un hombre maravilloso cuya atracción y fascinación nunca han cesado; es un hombre, un fiel reflejo de Jesús, ante el cual podemos contemplarnos para medir nuestra humanidad, para medir nuestras posibilidades y lo terrible de nuestros fracasos; y ver nuestra ‘desnudez espiritual’. Hay una vieja definición de la filosofía, según la cual, la misma filosofía consiste en el poder de asombrarse y maravillarse. El niño se asombra ante los espectáculos más sencillos y el sabio, que no es sino un niño grande, sigue maravillándose y asombrándose. En este sentido, San Francisco fue un filósofo y un poeta, un renovador religioso y un civilizador gracias a esa forma de contemplar la naturaleza y descubrir en ella al hermano sol o a la hermana luna, la hermana agua; se trata de una inmensa reconciliación o sintonía del hombre con la naturaleza contemplada como un reflejo y como un don de Dios.

Y si esto se puede hacer, y san Francisco lo hace, con el hermano hombre la necesidad de descubrir en él al hermano, al hijo del mismo Padre, se convierte en necesidad impostergable; olvidarlo es dar muerte al amor; tal es nuestra condición.  En Los Motivos del Lobo, Darío traza la añoranza de esa paz idílica que ya cantaba el profeta Isaías, cuando el hombre será capaz de vivir en paz, incluso, con las bestias salvajes. En este periodo amargo de destrucción y muerte, de egoísmos feroces, de bombardeos que destrozan  naciones y niños, sometidos a la ley caníbal de los mercados, es bueno contemplar a estos hombres libres que han hecho andar la historia, que nos reconcilian con el hombre mismo, que nos dan esperanza.

Gran proceso de reconciliación cósmica animó la filosofía y la poesía de san Francisco: hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio que lleve, yo tu amor.  Esto hace de san Francisco un hombre de una actualidad necesaria; el hombre social que resultó ser san Francisco, cuyo pensamiento se nos aparece precisamente en esta época atormentada, como la única manera de vencer la destrucción y el odio, para darnos un futuro de paz fundado en la concordia, en la reconciliación, en la salvación del hermano planeta. Muriendo es que volvemos a nacer, y dando es que tú nos das, así rezaba Francisco arrebatado por su loco amor.

“El amor de san Francisco por la naturaleza, renunciando a la vez a toda forma de posesión, es lo que fascina a todo el mundo. De igual modo, es la razón por la que podrá convertirse en el héroe de toda una generación víctima de una cultura que ha hecho del consumo el becerro de oro de nuestro tiempo. A principios del siglo XII, cuando Francisco introduce el elemento social en el catolicismo, que no pudo, (la Iglesia),  adaptarse a la evolución del mundo rural al universo urbano, camuflando así su descomposición con signos externos de poder y riqueza, Francisco ofrece una nueva energía a la vida espiritual de su tiempo. Su receta es muy sencilla: la desposesión de cualquier tipo de bienes, la ayuda a los pobres y a los enfermos y el enriquecimiento del alma a través del amor a la naturaleza y a todas sus criaturas. Así pues, la humildad y la bondad se convierten en valores clave. Si pensamos hoy día en la madre Teresa, entendemos por qué fue tan admirada”, escribe Mortier.

La filosofía de san Francisco es sencilla y creadora y está al alcance del niño, afirmaba J. Vasconcelos en un discurso memorable en el que analiza las figuras opuestas de dos genios, Nietzsche y san Francisco. La filosofía de Francisco es el evangelio y nos dice que todas las cosas son obras de Dios y por eso las encontramos bellas y que en el hombre lo importante es el alma que tiene un destino que cumplir en este mundo. ¿Cuál es ese destino? No es preciso acudir a ninguna metafísica para investigarlo. Ya nos lo dice el evangelio que ese destino es conquistar la vida eterna, y para consumarlo, basta con seguir al pie de la letra el modo de acción del evangelio. Eso fue lo que hizo Francisco en uno de los momentos más oscuros y más difíciles en la milenaria historia de la Iglesia; cuando todo amenazaba ruina, cuando había mucha podredumbre, Dios iba fraguando en almas selectas, como la de Francisco o S. Domingo, o Sta. Catalina de Siena o Buenaventura, los verdaderos reformadores de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Siglos más tarde, Lutero, perdido por su soberbia, intentó una reforma y sólo consumó uno de los daños más graves e irreversibles al cristianismo. Francisco reforma la iglesia desde dentro, con el ejemplo evangélico de su vida, no con la soberbia y el odio que envenenó a Lutero. Como otros muchos que critican lo que ni conocen.

“En el mundo occidental en el que vivimos, donde la moda llena con regularidad las páginas de decenas de periódicos mientras se cuenta a millones los jóvenes, universitarios o no, que no tienen trabajo ni futuro; en este mundo, en el que los grandes deportistas multiplican la cantidad de dinero que ganan prestando sus cuerpos para campañas de publicidad de ropa interior mientras el 13% de la población mundial no tiene agua potable; en Europa, donde aún se mantienen las ideas de la Revolución Francesa como lema pero se cierran sus fronteras a los que huyen del terror de las dictaduras; en un mundo como este, en plena descomposición de nuestros valores a pesar de una tecnología más avanzada que nunca, Francisco de Asís nos cuenta que quizá sería bueno que nos alejáramos de nuestras ciudades, de nuestros coches, de nuestros celulares, de nuestros iPhones y que nos reencontráramos con la naturaleza, que observáramos el vuelo libre de los pájaros y nos interesáramos por los problemas de los que necesitan ayuda, todo lleno de gran dulzura y amor hacia los más débiles e indefensos frente a los brutos”.

Lo que parece ingenuo, requiere coraje, fuerza, disciplina y un gran altruismo. Es mucho más fácil reírse y burlarse con crueldad, sin amor, que detenerse un instante y dedicarle algunos pensamientos: es justamente lo que Messiaen ha comprendido y ha querido comunicarnos en su ópera. La estructura de su ópera y de su música son hasta tal punto importantes que desde que damos el primer paso para ponernos a escucharla, esta música angelical nos transporta a un mundo de nuevas sensaciones. Nos eleva a alturas desconocidas y nos llena de nuevas energías.

Messiaen ha compuesto una partitura como una catedral, para que podamos salir de ella convencidos de que a principios del siglo XXI necesitamos con urgencia detener nuestra carrera contra el reloj y tomarnos el tiempo necesario para meditar viendo el atardecer, escuchando por la mañana el canto de los pájaros, contemplando la monumentalidad de las montañas y los océanos infinitos. De este modo conseguiremos, - nosotros, hombres modernos que a pesar de disponer de la tecnología de punta sentimos tal angustia de vivir que no dejamos de contratar seguros de todo tipo -, tener la suficiente visión de futuro para que nuestro hermoso planeta pueda ser la Tierra de todos los hombres.

El psicólogo moderno nos dice que hemos perdido el binario de nuestro destino: el contacto con la naturaleza y los mandamientos de Dios. Francisco le daría la razón. “La vieja Europa se debilita en una atmósfera asfixiante y corrompida. Un materialismo sin límites gravita sobre el pensamiento… ¡Aspiremos el aliento de los héroes! De estas almas santificadas brota hacia nosotros un torrente de vigor sereno y bondad intensa. Sin necesidad de consultar sus obras ni de oír sus voces, leeremos en sus ojos, en la historia de sus vidas, que la vida no tiene nunca tanta grandeza ni es tan fructífera – ni tan feliz -, como en el dolor. ¡Sírvanos de modelo su gloriosa palabra y, siguiendo su ejemplo, vivifíquenos la fe del hombre en la vida y en el hombre!».(Romain Rolland). Francisco es el verdadero himno a la alegría y a la libertad.

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