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Reto para menores y adultos

Cecilia Ester Castañeda/
Escritora | Domingo 14 Mayo 2017 | 00:01:00 hrs

Tenía que suceder. Los medios contemporáneos han hecho clic con la nueva generación en un momento de incertidumbre global y, localmente, de cambio de rumbo en el marco de un prolongado duelo donde las necesidades de la infancia han quedado a la deriva. El resultado es un número más grande de menores vulnerables sin el nivel de guía y confianza que les facilite afrontar con optimismo los desafíos de una sociedad cambiante en la cual aún está definiéndose su papel.

Y entonces —con Chihuahua entre los primeros 10 estados del país por sus tasas de depresión en personas de 10 a 19 años— surgen pruebas como series de Netflix abordando explícitamente el tema del suicidio de una adolescente y “juegos” en las redes sociales poniendo a los menores retos autodestructivos que culminan en la propia muerte.

Aunque en la frontera no se ha confirmado un impacto directo de dichos fenómenos mediáticos, según reportes periodísticos, en Monterrey ya se registró un aumento en el número de consultas ante sicólogos por parte de personas jóvenes con ideas suicidas y a finales de abril en Guadalajara una estudiante de 12 años se arrojó del barandal del tercer piso de su escuela. En Chihuahua, este mes en Parral se internó en estado grave a una menor de 15 años que intentó cumplir con todos los desafíos de la “Ballena Azul” mientras que en Ciudad Juárez surgieron imágenes de una pared con un mensaje en inglés donde se glorifica el suicidio.

Aquí están funcionando varios mecanismos sicológicos y sociales. Es de esperarse, dirán muchos, que a los menores impresionables les cause impacto una fuerte serie dirigida a espectadores de un mínimo de 15 años, sobre todo si aún no alcanzan esa edad. Tendrían que haber estado pensando ellos mismos en quitarse la vida para imitar las ideas surgidas en un programa como “Las 13 razones”, supondrá alguien. ¿Pero por qué iba una persona joven a enfrascarse a sabiendas en un prolongado proyecto de dolor físico —por no decir de tortura mental y madrugar–?

Veamos primero el drama de Netflix. Cualquier programa o película, para empezar, ofrece modelos de comportamiento. El grado al cual se copie lo visto en pantalla obviamente varía. Sin embargo, basta ver los honorarios de las celebridades al anunciar productos para saber que su influencia puede cuantificarse. La serie producida por Selena Gómez es un intento por arrojar luz sobre los problemas serios de los adolescentes, aunque, según El Diario, la historia ha sido criticada por no mencionar opciones de apoyo disponibles para personas que contemplan poner fin a su vida y por ofrecer una imagen “romántica y glamorosa” de los actos suicidas.

Luego está el público espectador. La influencia grupal tiene impacto a cualquier edad, pero éste es mayúsculo antes de los 18 años, cuando el cerebro —y con él los mecanismos de autocontrol— no ha terminado de desarrollarse. Lamentablemente, además, si existe algo difícil de controlar para un padre es lo que su hijo ve por internet. Hoy en día en las nuevas plataformas a un menor le resulta muy sencillo tener acceso a contenidos para los cuales aún no se encuentra preparado. Pero clasificar la programación tiene una razón de ser, y uno de los mejores aliados al criar hijos seguros en un mundo de violencia es precisamente cuidar —o por lo menos comentar— los mensajes que las nuevas generaciones reciben en los medios. 

Las redes sociales implican peligros adicionales debido a su interactividad instantánea y potencialmente anónima. El ciberacoso, por ejemplo, en Estados Unidos está considerado como factor importante en el suicidio de menores.

Por otra parte la pubertad no es una etapa fácil, dicen los expertos. En un reciente estudio del vecino país reportado por CNN se determinó que en menos de una década se duplicó el número de niños y adolescentes internados por cuestiones relacionadas con quitarse la vida. No conozco estadísticas locales sobre este tema, si bien las condiciones de los últimos años en Ciudad Juárez y el alto aumento en el índice de pensamientos suicidas reportado entre su población general permiten creer que en nuestros menores de edad también exista un alza en los intentos de acabar con la vida propia.

Pero en los desafíos como el de la Ballena Azul entran asimismo en juego otras variables.

El antropólogo David Le Breton, estudioso de las conductas de riesgo entre adolescentes, dice a El País que la búsqueda moderna de emociones se da en un entorno de falta de orientación y frágil vínculo de los menores con el mundo institucionalizado. O sea, los jóvenes están buscando el sentido de su vida.

¿Matándose? No necesariamente. Todos los seres humanos tendemos a sobreestimar nuestra capacidad de decir “hasta aquí”. La inexperiencia, la escasez de modelos de vías constructivas y las necesidades de logro, reconocimiento y sensación de pertenencia pueden convertirse en trampas que inciten a los adolescentes a jugar con fuego.

El temor al rechazo es elemento indispensable del rito para entrar a lo que el escritor C.S. Lewis denomina “Círculo Especial”. Un manipulador no necesita mucho a fin de exigir cada vez más a un menor ansioso de saberse digno: lo felicita, lo adoctrina, le pide pruebas de compromiso, lo pone en contacto con otros reclutas, lo amenaza con dejarlo fuera, le promete la gloria… Es un proceso de iniciación similar al de los terroristas suicidas.

Y como sociedad haríamos bien en poner mayor atención a las inquietudes de nuestras generaciones más jóvenes. No basta —como ha hecho el Municipio en algunas secundarias locales— con llevar a un conferencista que intentó suicidarse a hablar en una sala de mala acústica sobre su experiencia, cobrando 10 pesos a cada alumno.

Hacen falta programas permanentes destinados a la población infantil y juvenil. Padres, maestros y estudiantes, recomiendan expertos, deben conocer los factores de riesgo así como las señales de alerta de alguien que esté pensando en quitarse la vida. Deben también tener canales para reportarlas, agregan.

Los intentos suicidas en los menores de edad tienden a generarse por una combinación de motivos externos e internos, pero todos pueden atenderse. Es uno de nuestros retos: proporcionar servicios clínicos y terapéuticos a los niños o adolescentes que se sientan abrumados.

Primero necesitamos, claro, desmitificar la salud mental y crear una cultura en la cual se invite a pedir auxilio, en vez de aislarse o huir de las emociones dolorosas mediante actos autodestructivos o antisociales.

Precisamente ése es el principal desafío de Ciudad Juárez con menores vulnerables. Apoyarlos, forjar relaciones positivas con ellos, escucharlos sin juzgar, involucrarlos.

Sobre todo, hacerles sentir con hechos que nos importan.


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