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De política y cosas peores

Armando Fuentes Aguirre | Viernes 21 Abril 2017 | 00:01:00 hrs

Nalgarina Grandchichier, vedette de moda, era famosa por sus perfectas piernas. Le dijo con orgullo a una de sus compañeras: “Mis piernas son mis mejores amigas”. “¿De veras? -replicó la otra-. ¿Y entonces por qué dejas que te las separen tanto?”. Un viudo pasó a mejor vida, y al llegar al más allá se vio frente a unas puertas de oro. Un anciano calvo y de blanca barba -era San Pedro- le dijo sin más: “Puedes entrar”. Preguntó el recién llegado, cauteloso: “¿Qué lugar es éste?”. Respondió el apóstol de las llaves: “Es el cielo”. Volvió a inquirir el otro: “¿Está aquí mi mujer?”. Le dijo San Pedro: “¿Cómo se llama?”. Contestó el tipo: “Gorgona Hijadelá”. Buscó el portero en su gran libro y le informó: “No está aquí”. Al oír eso el hombre traspuso la puerta y dijo jubiloso: “¡Entonces sí es el cielo!”. Don Algón reprendió a su secretaria frente a sus compañeros. Le dijo con severidad: “Señorita Rosibel: ayer le dicté el texto que llevaría la tarjeta del ramo de flores que le envié a mi esposa. Usted dejó de poner la última frase, la que decía: ‘¡Te adoro, hermosa!’. ¿Por qué hizo eso?”. “Perdóneme, don Algón -se disculpó ella, confusa-. Pensé que eso me lo estaba diciendo usted a mí”. “¡Maldita suerte! -se lamentaba un individuo-. ¡Todo lo que me gusta engorda, o produce colesterol, o es pecado o está casada!”... El comerciante trataba de venderle un reloj a Babalucas. “Es muy bueno -le dijo-. Funciona 8 días sin tener que darle cuerda”. Preguntó el badulaque: “Y dándole cuerda ¿cuántos días funciona?”. En el crucero en alta mar el capitán del barco dijo en la mesa que compartía con un grupo de pasajeros: “Soy partidario de la integridad del matrimonio. Por eso detesto a los maridos que permiten que sus esposas los engañen. Con gusto arrojaría por la borda a todos los cornudos”. “¡Ah, no! -protestó vehementemente una señora-. ¡Mi marido no sabe nadar!”... Acertará quien diga que el partido llamado por cálculo político Morena -evocación tendenciosa de la Guadalupana- es una monarquía absoluta. En efecto, priva ahí una única voluntad, la de López Obrador, y aunque él pretenda dar a sus procedimientos una apariencia democrática la verdad es que a final de cuentas siempre impone sus dictados. Lo que el presidente de la República ha sido para el PRI es ahora AMLO para su partido. Igual sucedería si llegara a la Presidencia. Con él se instauraría un absolutismo autocrático. No sé si en su caso eso sería para bien o para mal, pero así sería. Los absolutismos son casi siempre para mal, y raras veces para bien. Digamos entonces: “¡Gulp!”. Don Cornulio, esposo cuclillo, fue a confesarse con un curita joven. “Me acuso, padre -le dijo- de que soy un tonto”. “Todos lo somos, hijo -repuso el sacerdote-. Será raro quien no tenga sus 15 minutos de tontera cada día. Aliquando bonus dormitat Homerus. De vez en cuando hasta el buen Homero dormita. Además ser tonto no es pecado. Si lo fuera, todos seríamos pecadores”. “Sí, padre -aceptó don Cornulio-. Pero yo soy tonto absoluto. Mire usted. Estoy casado con una mujer joven y bonita. Morena, de ojos verdes, tiene un cuerpo espectacular. Parece una potra de ébano, si me permite usar esa expresión que hallé en un viejo ejemplar de la revista ‘Vea’. Pero es casquivana: a cuanto hombre llega a mi casa le entrega sus favores. Y yo consiento, padre; yo consiento. Por eso vine a confesarme. Me acuso de ser tonto”. “No te inquietes, hijo mío -volvió a consolarlo, paternal, el joven cura-. Por otra parte, déjame decirte que Interdum stultus bene loquitur: a veces de la boca de los tontos salen cosas buenas. Dime: ¿cuál es tu dirección?”. “Padre -se atufó el penitente-. Soy tonto, no pendejo”. FIN.


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