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César Duarte

Carlos Murillo | Domingo 16 Abril 2017 | 00:01:00 hrs

Mi papá vivió en la Ciudad de México en su juventud, cuando era secretario particular de don Paco Rodríguez Pérez, quien fue diputado federal en dos ocasiones, en una de ellas presidente de la Cámara de Diputados y después presidente del PRI estatal. Los recuerdos del DF eran historias que mi papá narraba en la sobremesa. Cuando yo llegaba a platicarle algo que había sucedido, me contestaba con una anécdota de algo parecido que había pasado treinta años antes. Así crecimos, escuchando la historia oral de la política en México desde la voz de un informante clave.

Cuando era niño, acompañaba a mi papá a las asambleas de la Asociación Nacional de Periodistas (ANPE) en la Ciudad de México (CDMX). El viejo tenía una rutina en la gran ciudad que recuerdo desde entonces; buscaba algún lugar para comer tacos de sesos y también le gustaba mucho un restaurante de comida española que está cerca de Bellas Artes.

Mi papá disfrutaba cada paso al caminar por el Centro Histórico y podía detenerse con cualquier trovador callejero durante horas, su afición por la música era una práctica de fe. Sus canciones favoritas eran “A mi manera” o “El andariego”. La última vez que hizo el ritual fue cuando fue de visita en el 2011, en aquel entonces mi hermana y yo trabajábamos en la campaña de Eruviel Ávila en el municipio de Ecatepec.

Cuando cumplí 13 años fui a la CDMX a participar a un concurso nacional de oratoria, después vendrían tres viajes al hilo por invitación de la Comisión Nacional del Deporte (Conade). A los 14 años me aventé el viaje solo porque se acabaron los recursos familiares, en esa ocasión
me habían pedido
que fuera anfitrión de
un salvadoreño en el
Concurso Internacional de Oratoria “Benito Juárez”. Vi una sola vez al chavo centroamericano en el hotel y le eché la bendición. Nunca fui a ninguna etapa de los concursos, ni atendí a nadie. Simplemente me dediqué a caminar por la ciudad con un café en la mano y La Jornada bajo el brazo, como lo hacen los sobrevalorados intelectuales de izquierda.

En el 2004, fui a la Ciudad de México a una capacitación de dos días promovida por la fracción parlamentaria del PRI. Llegué tarde, me fui temprano y al día siguiente no regresé, más que aburrido era tedioso el programa. Atrapado por la nostalgia, preferí caminar por el Centro Histórico hasta el atardecer y después tomar un café en el Sanborns de los azulejos.

La vida es bastante irónica a veces. En 2009, un amigo y yo viajamos a la CDMX. Yo volvía buscando repetir la historia de mi papá, no solamente en caminar por las calles, disfrutar su gastronomía y los paisajes. Esta vez, había un motivo político también. Visitamos a los paisanos que trabajaban con César Duarte en la Cámara de Diputados para sumarnos a su proyecto.

En esos días, mucha gente de todo el estado acudía a la CDMX en pequeños grupos para ver al paisano César Duarte, quien alternaba con los más altos poderes del país, una hazaña que no lograba un chihuahuense desde don Paco Rodríguez Pérez.

La Cámara de Diputados es un auténtico laberinto. Pero la complejidad del lugar no es simple arquitectura, se trata de un discurso simbólico que representa las puertas falsas, las ventanas estratégicas y las escaleras correctas para subir hasta la burbuja, el lugar donde se toman las decisiones y se negocia el país como quien juega con un dominó. Muy pocos logran entrar a esa tercera dimensión.

Ya en la Cámara de Diputados, un amigo nos dijo “vamos para que saluden a César Duarte” y comenzó a caminar. Nosotros lo seguimos con los ojos cerrados. Caminamos entre los pasillos hasta una de las entradas principales, pero no pudimos saludar al paisano. Después, fuimos a comer a uno de los restaurantes de la Cámara que está en el subterráneo y de ahí a dar la vuelta por la ciudad.

En mis cálculos, como los de la mayoría, César Duarte estaba en la antesala de la gubernatura y era el momento ideal para integrarse a ese proyecto político que rompería la tradición de los grupos hegemónicos del PRI. Esto significaba un nuevo orden político en el estado, esa era una de las motivaciones para mí, queríamos que la capital dejara de ser el centro de las decisiones, lo que beneficiaría a otras regiones, principalmente a Juárez. Deshacer ese nudo fue el gran pecado.

Pasó el tiempo, en el 2010 saludé por primera vez a César Duarte en el set del Canal 44, ya en el preámbulo de la campaña constitucional. Un amigo le dijo “el es hijo del profesor Murillo”, sin duda es la mejor presentación que pudo haber hecho. No dije mucho, porque no era necesario. El apellido es la garantía.

No volví a ver a César Duarte hasta el final del sexenio. Para ese entonces, el PRI había perdido la elección estatal.

Me recibió en la Casa de Gobierno y platicamos un rato, le reafirmé mi lealtad. Le dije que mis padres tenían una foto con él y la habían puesto en la sala de la casa. La foto sigue ahí.

Ahora trato de unir los puntos hacía atrás, las historias se repiten como narraba mi papá. Serán los ciclos. Quién sabe. El último flashazo de mi memoria sobre César Duarte, es en un acto masivo, cuando dijo un discurso histórico que, a quienes lo escuchamos, nos sacudió la conciencia, sin mediar eufemismos César Duarte dijo: “Les ofrezco dar todo, hasta mi vida si es necesario, por mantener el bien de Chihuahua”, dijo también “no tengo miedo de enfrentar al crimen organizado” y que “no le temblará la mano”.

Y lo cumplió, recuperó la paz en Chihuahua, aumentaron los empleos y la inversión privada, creció la infraestructura estatal, se triplicaron las universidades y las preparatorias, se logró el seguro universal. En resumen, el estado se recuperó.

Hoy, César Duarte, su familia, sus amigos, sus colaboradores y todos los que hayan tenido un contacto con él, son perseguidos por Javier Corral y el único motivo es la venganza política.

A pesar de que Corral controla el Poder Judicial y el Congreso, sigue sin acreditar con una sola prueba sus acusaciones. El discurso del Gobierno estatal es un rosario de delitos inventados, en un proceso chicaneado que violenta las garantías procesales y los derechos humanos, eso esconden detrás de la charola.

Tiempos traen tiempos, ahora me toca a mi narrar esta historia a quien la quiera escuchar. 

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