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México y Siria, hermanos de la misma maldición

Lourdes Almada Mireles | Viernes 14 Abril 2017 | 00:01:00 hrs

La violencia y la guerra rompen algo dentro, fracturan la esperanza, nos hacen cuestionarnos sobre la naturaleza del ser humano, sobre si somos una especie digna de confianza. Casi todos y todas hemos visto imágenes de los bombardeos y los efectos de las armas químicas en Siria.

La humanidad –no sólo los sirios– ha sido nuevamente golpeada, lacerada en esa guerra. “La guerra es una locura que destruye y trastorna todo”. Ya en el 2014, Francisco advertía que se estaba librando “una tercera Guerra Mundial combatida ‘por partes’, azuzada por intereses espurios como la codicia y permitida por una suerte de indiferencia cainita que ya consintió las atrocidades del pasado”.

Caín aniquila a su hermano. Y haciendo un llamado a la conciencia y la acción a favor de la paz, Francisco asemeja nuestra indiferencia con la de Caín, quien “negó ante Dios conocer el paradero de su hermano asesinado: a mi qué me importa”.

Pareciera que Siria y México son países lejanos que viven realidades muy distintas, pero las une la maldición de su propia riqueza. La riqueza que ha despertado la codicia de “las civilizaciones dominantes” y ha generado la conquista e invasión de sus territorios y el exterminio y la dominación de sus pobladores.

No es casualidad que Siria, territorio fundamental para la extracción y control sobre el petróleo en los países árabes sea ahora el blanco de los ataques norteamericanos, como lo han sido Afganistán, Irak, Libia, Siria... El desierto que comparten posee la tercera parte de la reserva de petróleo del mundo y también de gas natural.

Si bien la cercanía entre México y Estados Unidos y los vínculos de diversos tipos entre ambos países impide la especie de invasiones y bombardeos que Estados Unidos ha perpetrado en los países árabes, diversos analistas han documentado cómo la guerra contra el narcotráfico impulsada por Felipe Calderón obedece más a la implementación de la “doctrina de shock” para, mediante la generalización de la violencia atemorizar a la población al punto de la parálisis y así pasar las reformas estructurales con las que México entregó la explotación de petróleo y gas a los norteamericanos, con un esquema muy parecido al que se implementó en Irak después de la invasión.

Otra desgracia que compartimos con los países árabes es la siembra y tráfico de estupefacientes, agravado en nuestro caso por ser vecinos del principal consumidor a nivel mundial. Según el Reporte Mundial sobre Drogas de la ONU, México es el segundo país productor de opio y heroína, después de Afganistán. También se ha documentado cómo garantizar el cultivo en México y la distribución en su vecino del Norte es un tema de seguridad nacional para Estados  Unidos.


Desde sus inicios, la división internacional del trabajo ha consistido en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Trump ha sido enfático en capitalizar el espíritu guerrero y de victoria del pueblo al que representa: “tenemos que empezar a ganar guerras otra vez”, dijo al ordenar a su administración la preparación de un incremento de 54 mil millones de dólares (9 por ciento) en los gastos de defensa. Extraño que la “defensa” se haga bombardeando países del otro lado del mundo, pero esa historia ya la conocemos.

Como afirma Galeano:“Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: mato para robar...”. Han convertido al mundo en un lugar donde cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños. Y cada minuto se gastan 3 millones de dólares en la industria militar, que es una fábrica de muerte. Las armas exigen guerras y las guerras exigen armas. Y los cinco países que manejan las Naciones Unidas resultan ser también los cinco principales productores de armas. Uno se pregunta, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en las manos de los que hacen el negocio de la guerra? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo?.

La humanidad es la historia de la guerra. Ha habido en todos los tiempos posiciones que, instaladas en el escepticismo, argumentan que así ha sido siempre y así seguirá siendo. Ha habido también, siempre, las voces que se indignan ante el horror, las que saben y sienten que la violencia y la injusticia que padece cada otro lastima a la humanidad entera. Prefiero incluirme entre estos últimos, prefiero creer que la paz, la justicia y la dignidad son posibles, prefiero creer que otro mundo es posible. Trabajar por ello es nuestra única esperanza.



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