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Sainete

Gerardo Galarza | Lunes 13 Marzo 2017 | 00:01:00 hrs

Ciudad de México— El sainete que protagonizan los senadores miembros de la bancada del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y sus dirigentes nacionales es una muestra, pequeña por cierto, de la podredumbre que ha invadido a la clase política mexicana. Y confirma, además, el fin del partido de izquierda más numeroso —que no necesariamente el más grande—  que tuvo este país.

El PRD es el heredero directo de al menos el registro legal del histórico Partido Comunista Mexicano (PCM), fundado en 1919 y reconocido oficialmente en 1978 luego de la Reforma Política del gobierno de José López Portillo. Esa herencia no debería ser poca cosa.

A lo largo de su historia, la izquierda mexicana ha sido sectaria, tribal podría decirse en términos perredistas. Desde siempre, todas sus agrupaciones, algunas pequeñísimas, pero todas posesoras de “la verdad” y el camino correcto, invariablemente concluían sus actos o reuniones con el grito de “¡Unidad, unidad!”, por supuesto con el brazo y puño izquierdos levantados.

El registro legal del PCM tuvo entre otros efectos una mayor búsqueda de la unidad de la izquierda, impulsada febrilmente por Arnoldo Martínez Verdugo, su líder, entre muchos otros. Para las elecciones presidenciales de 1982, el PCM ya se había transformado en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), debido a que se habían integrado el Partido Socialista Revolucionario (PSR), el Movimiento de Acción Popular (MAP), el Movimiento de Acción y Unidad Socialista (MAUS) y el Partido del Pueblo Mexicano (PPM). Para la elección presidencial de 1988, el PSUM se fusionó con el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), dando origen al Partido Mexicano Socialista (PMS).

No se miente si se dice que el real origen del PRD está en la generosa renuncia de Heberto Castillo a la candidatura presidencial del PMS, un mes antes de la elección presidencial para llamar a votar en favor de Cuauhtémoc Cárdenas, ya expriista, fundador de la Corriente Democrática y quien fue postulado por un Frente Nacional Democrático. Luego, en mayo de 1989, el PMS cedería su registro legal a lo que ahora es el PRD.

Entonces, no de pronto porque atrás había luchas políticas y sociales, a veces heroicas, de muchos mexicanos, el PRD se convirtió en un real polo del poder político en México: en las elecciones de los años 2000, 2006 y 2012 bien pudo haber ganado la Presidencia de la República. Pero también desde su origen comenzó su descomposición: fue visto como una puerta, una escalera, un instrumento de ascenso al poder, a cargos públicos, pero, sobre todo, al dinero; la nueva forma de asegurar un patrimonio económico, además de la dulzura de sentirse poderosos y estar en las carátulas de los medios de información y también en los mejores restaurantes, a donde se llega en autos último modelo, con chofer por supuesto. Vamos, lo que antes se llamaban las mieles del poder. El lucro de la política. La corrupción.

Y la manera más fácil de acceder al dinero (cargos públicos o de dirigencia, perdón) en un partido político es por medio de vías probadas y comprobadas por el priismo a lo largo de casi 90 años: el caudillismo y su consecuente sumisión y el clientelismo electoral.

Pero no crea usted que es así como muy fácil para lograrlo. Hay que ser habilidoso: reconocer los tiempos para subirse al carro completo, ofrecer apoyos, no equivocarse de mesías, saber que el cinismo funciona: soy líder de los senadores perredistas, pero anuncio que votaré y apoyaré al candidato del partido contrario; renuncio al PRD, pero me mantengo en la bancada senatorial del PRD; no somos senadores perredistas, pero apoyamos al líder del PRD en el Senado para que no lo destituyan. Atrás de todo el dinero de las prerrogativas y privilegios que dan el ser miembro de una fracción parlamentaria. Y así en todos los ámbitos de la podrida política mexicana (el fenómeno de descomposición del PRD no es único; otros partidos, incluidos el PRI y el PAN, lo han vivido y lo viven). El prometido y anhelado regreso al pasado.

Un político mexicano honesto, viejo comunista, promotor sincero de la unidad de la izquierda, Gilberto Rincón Gallardo, alguna vez dijo que derrotar al PRI electoralmente no significaba que México accedería a la democracia, que el mayor obstáculo era (es) derrotar, acabar con la cultura (el ser y el hacer) política que el PRI impuso a toda la sociedad mexicana. El tiempo, los años, le han dado la razón. El nuevo sainete del que también su partido es una muestra de la permanencia vigorosa de esa cultura política.

Por cierto, la tercera acepción de la palabra sainete según el Diccionario de la Real Academia Española es: “situación o acontecimiento grotescos o ridículos y a veces tragicómicos”.


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