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Cárdenas por Cárdenas

Víctor Orozco | Domingo 12 Marzo 2017 | 00:01:00 hrs

La educación socialista

Educar a la población ha sido uno de los propósitos de mayor consistencia en México desde la consumación de la Independencia.


No obstante el pesado fardo de la herencia colonial, a partir de 1824 los gobiernos estatales y los municipios, emprendieron ambiciosas empresas para alfabetizar e incluso para fundar establecimientos de segunda enseñanza.

Se adoptó el método lancasteriano, por entonces la solución que se había encontrado para suplir la carencia de maestros. En Chihuahua, por ejemplo, además de las escuelas de primeras letras, se instauraron cátedras que después darían lugar al Instituto Literario, de grandes influencias a lo largo de más de un siglo. Luego, la reforma liberal puso en marcha, a pesar de la Guerra Civil primero e internacional después, un gran esfuerzo para establecer escuelas, liberando la educación del yugo religioso. También durante el porfiriato hubo notables realizaciones educativas. La Revolución, a su vez, tuvo entre sus principales objetivos la educación de las masas.

Durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, se produjo la mayor movilización de recursos públicos, intelectuales y sociales en general para educar. No sólo a los niños y jóvenes, sino también a los adultos. Las normales rurales, con todo y la pobreza de sus alumnos internos, generaron legiones de maestros quienes fueron la punta de lanza del gran proyecto, pues, como dice Cuauhtémoc Cárdenas: “...el maestro se convirtió en promotor del reparto agrario, consejero de las comunidades, organizador de sindicatos, participante activo en las campañas de salud, antialcohólicas y en la defensa de los valores y derechos de los indígenas”.

De acuerdo con el clima de la época, el plan sexenal del PNR propuso instaurar la educación socialista y la reforma constitucional del 13 de diciembre de 1934, junto con el inicio del gobierno cardenista.

El texto legal decía: “La educación que imparta el Estado será socialista, y además de excluir
toda doctrina religiosa combatirá
el fanatismo y los
prejuicios, para lo
cual la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y la vida social”. Las ideas directrices de tal proyecto eran difundir y consolidar las ideas del colectivismo y la solidaridad social, combatir el fanatismo religioso y colocar al Estado en un papel más activo dentro del procesos de enseñanza-aprendizaje.

En el ámbito de la educación superior, el gobierno de Cárdenas se percató que el desarrollo económico y social del país, requería de instituciones educativas ad hoc. Con la Universidad Nacional poco se contaba, porque no se había logrado incorporarla a la obra de la revolución. Así que se propuso fundar una nueva institución de educación superior, acorde con las necesidades colectivas y “...para borrar el concepto individualista que ha prevalecido todavía en casi todos los planteles de enseñanza superior en la República, donde se considera que el conocimiento adquirido sólo se estima como un derecho que ha de ejercitarse para beneficio propio, desentendiéndose de las masas desheredadas”. De este anhelo nació el Instituto Politécnico Nacional.



La expropiación petrolera

El 18 de marzo de 1938 se escuchó en cadena radiofónica nacional la voz del presidente Lázaro Cárdenas, leer: “Se declaran expropiados por causa de utilidad pública y a favor de la Nación, la maquinaria, instalaciones, edificios, oleoductos, refinerías, tanques de almacenamiento, vías de comunicación, carros tanque, estaciones de distribución, embarcaciones y todos los demás bienes muebles e inmuebles de propiedad de...” enumerando a continuación los nombres de diez y siete empresas petroleras inglesas, holandesas y norteamericanas.

Se trataba de un acto político y económico de gran envergadura y enormes alcances históricos. México ponía fin a la era de los despojos sin fin ejecutados por las empresas extranjeras desde el siglo anterior.

Sentaba las bases para perseguir un desarrollo económico con un alto grado de autonomía respecto de los países imperialistas. Sobre todo, significó el ejercicio de la soberanía, estableciéndose por primera vez en la práctica, el derecho de la nación mexicana a disponer de sus propios recursos naturales, hasta entonces considerados de la exclusiva propiedad de los especuladores del exterior, tanto, que a la hora de fijar el monto de las indemnizaciones, los empresarios pretendieron que éstas cubrieran también el valor de los mantos petrolíferos del subsuelo.



¿Profeta desarmado?

Nicolás Maquiavelo, junto con otras de sus agudezas nos legó la importancia de distinguir entre un político con poder de uno que carece de éste. El primero es un profeta armado, el segundo, uno desarmado. Lázaro Cárdenas, siendo presidente de la República pudo colocar a esta figura institucional como el centro de todas las decisiones, con una fuerza incontrastable dentro del juego de fuerzas propias del sistema mexicano. Caudillos, generales, clérigos, caciques, líderes obreros y campesinos, empresarios jugaron sus propias cartas e hicieron avanzar sus intereses, pero, “el fiel de la balanza”, quien podía arbitrar y resolver era el presidente y lo ha sido desde entonces. Si consideramos los cambios y golpes de timón que ejecutó durante su mandato, Cárdenas fue un “profeta armado” en toda la extensión de la palabra.

Cuando concluyó su administración, siguió siendo un factor a veces determinante en el rumbo del Estado, como sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando contribuyó a impedir el establecimiento de bases militares norteamericanas en territorio nacional, bajo un argumento tan simple como contundente: “Si los dejamos entrar, nunca podremos sacarlos”.

Luego, fue alejado del poder durante y después del sexenio alemanista. Fue un pilar central e imprescindible del sistema político mexicano, por cuanto a él debe atribuírsele en buena medida su fundación. Pero a la vez, su señera personalidad fue considerada, hasta su muerte en 1970, como uno de los contrapuntos del régimen. En los años cincuenta y sesenta, fue objeto de ataques sistemáticos y orquestados por la prensa, dominada por las corrientes derechistas influidas por el macartismo. Dentro de los márgenes ofrecidos por un régimen que copaba todo, intentó desarrollar otras opciones políticas, como el Movimiento de Liberación Nacional en 1961 o impulsar con decisión movimientos antimperialistas como la Conferencia por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz en 1962, al parejo que se comprometía con la revolución cubana.

En 1969 Lázaro Cárdenas pasó su penúltimo cumpleaños solitario y meditabundo en un pueblo de la Mixteca, región de las más pobres del país. Sin poder, aunque conservando la más vigorosa personalidad de la Revolución Mexicana, escribía con pesar: “Me invitaron de varios lugares para pasarlo reunido con amigos, pero ¿qué entusiasmo puedo tener con recibir felicitaciones y abrazos? Ciertamente muy gratos de familiares y amigos; pero cuando se encuentran amigos y grupos de estudiantes y profesores prisioneros que merecen gozar de libertad no resulta hacer festejos personales. He intercedido por su libertad y ni la amistad ni los servicios prestados han sido suficientes para conseguirlo”. Son palabras de “un profeta desarmado”.

No he pretendido con estas tres entregas hacer una reseña acabada del libro del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas sobre la biografía de su padre. He presentado algunas ideas con la modesta intención de que sirvan para atraer la lectura de un magnífico texto que debe conocerse por la mayoría de los mexicanos.


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