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De política y cosas peores

Armando Fuentes Aguirre | Lunes 09 Enero 2017 | 00:01:00 hrs

El médico rural fue por la noche a la casa de un joven granjero a fin de atender el primer parto de su esposa. Como no había ahí energía eléctrica el doctor usó para iluminarse una lámpara de baterías. "Ahí viene ya el niño" -dijo proyectando el haz de luz  sobre la escena. Nació el bebé, pero en seguida empezó a asomar otra cabecita. "Ahí viene otro" -dijo el facultativo volviendo a echar la luz. Y no paró ahí la cosa: ¡eran triates!  "Ahí viene un tercero" -volvió a decir el doctor. Le pidió entonces el muchacho: "Oiga, médico: ya apague la linternita ésa. Parece que la luz es lo que los atrae"... Un borrachín se plantó en medio de la cantina y proclamó con tartajosa voz: "¡Tengo dinero para comprar a todos estos cabrones!". Un hombrón se levantó de su mesa y le dijo con enojo: "Oiga, amigo: yo no soy ningún cabrón". "Está bien -concedió el beodo-. Entonces a ti no te compro". Don Ultimio estaba en el lecho de agonía. Le dijo a su mujer: "Ahora que deje yo este mundo te pido que te cases otra vez. Eres joven aún; no debes estar sola". "¡Ah no! -rompió en llanto la señora-. ¡Jamás habrá otro hombre en mi vida!". "Cásate, te digo -repitió don Ultimio-. Sólo una cosa te pido: no le des mi raqueta de tenis a tu nuevo esposo. Guárdala como un recuerdo mío". "A nadie se la daré, lo juro -prometió la señora-. Además él juega golf". Si yo fuera escultor haría una estatua al Héroe Civil Desconocido. Del Soldado Desconocido hay muchas. Al pie de esas efigios descansan los restos de un hombre sin nombre que murió a causa de la estupidez humana. No hay, sin embargo, ninguna estatua dedicada al hombre anónimo y a la ignorada mujer que sostienen el peso del mundo y escriben su historia cada día. Si yo la hiciera, esa estatua tendría la forma de aquel señor que dejó su vida en la oficina; o de la mujer que ha cuidado de sus hijos y su esposo; o del muchacho que se esfuerza en sacar buenas calificaciones; o de la modesta empleada que gana misérrimo salario; o del niño que trabaja en la calle para ayudar al gasto de su casa. Muchas batallas silenciosas se libran cada día ante nuestros ojos sin que nos demos cuenta. Por esos heroicos combates continúa la vida. Aunque, a decir verdad, esos millones de callados combatientes no necesitan una estatua: el mundo y la vida son su estatua.  Un amigo encontró en la calle a Babalucas. "¡Qué gusto! -lo saludó con afecto-. ¡Tenía mucho tiempo de no verte! ¿A qué te dedicas ahora?". Respondió el badulaque: "Compro huevos, los echo en agua hirviendo y luego los vendo, duros, al mismo precio que pagué por ellos". El amigo se desconcertó. "No entiendo -le dijo-. Si vendes los huevos al mismo precio que los compraste ¿qué ganancia te queda?". "¡Cómo que qué ganancia me queda! -protestó Babalucas. ¿Y luego el caldo?"... En el bar un señor se molestó al ver que el sujeto sentado al lado suyo comenzaba a beber del vaso en que él bebía. "Perdone usted -le dijo el individuo-. Confundí su bebida con la mía". Poco después el tipo empezó a fumarse el cigarro que el señor acababa de encender. "Disculpe -repitió-. Creí que era mi cigarro". Cuando se levantó para irse tomó el portafolios del señor. "Perdone otra vez -se justificó cuando éste le reclamó-. Pensé que era el mío". "¡Desgraciado! -estalló el señor-. ¡Qué bueno que no traje a mi esposa!". Capronio llegó a la oficina con la boca manchada de algo color negro. Uno de sus compañeros le preguntó: "¿Qué te sucedió, Capronio? Traes la boca llena de tizne". Explicó él: "Mi suegra estuvo seis meses en mi casa, y por fin ayer se fue en el tren. Al irse le dí un beso". Volvió a preguntar el otro: "¿Y con el beso te tiznó tu suegra?". "No -aclaró Capronio-. Le dí un beso al tren"... FIN.


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