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La Justicia Indígena en Chihuahua V

Carlos Murillo M./
Abogado | Domingo 04 Diciembre 2016 | 00:01:00 hrs

Desde enero de 2015, el Cereso de Guachochi es un penal de baja peligrosidad exclusivo para indígenas. El modelo es único en México. Aquí, la mayoría de los internos son tarahumares, aunque también hay pimas y tepehuanes.

En la cárcel, los rarámuris son sumisos y obedientes, este comportamiento generalizado no es solamente de los indígenas en reclusión;  también afuera de las rejas los indígenas están sometidos al grupo hegemónico: los chabochis (mestizos).

Desde las comunidades más lejanas, hasta los municipios más poblados de la Sierra Tarahumara, los mestizos (me refiero a la élite de los mestizos) ejercen el poder, eso no es un secreto, es algo tan evidente que se asume como una realidad casi natural; se trata de un colonialismo interno, el mismo colonialismo que no se acabó con la Independencia de México, sólo se convirtió en un colonialismo nacionalista donde el sistema de castas parece no alterarse.

En la vida política y jurídica, así como en la vida social, los indígenas obedecen las leyes de los mestizos y las pocas reglas de la comunidad que han sobrevivido bajo el nombre de “usos y costumbres”. En la realidad, no todo es perfecto, marginalmente se presentan faltas menores o conflictos privados y, aunque es raro que se cometa un delito, cuando eso sucede, los indígenas son entregados a la autoridad chabochi (casi siempre acuden por su propio pie ante la justicia los acusados) y sometidos a un proceso penal.

Excepcionalmente, los tarahumares se oponen a las reglas o tienen alguna resistencia personal contra la autoridad indígena o contra el gobierno chabochi, es menos común que participen en alguna forma de resistencia organizada que permita enfrentar a la autoridad para defender algún derecho, en todo caso los sacerdotes son quienes intentan proteger los derechos de los tarahumares, (como lo hacen desde hace cinco siglos), o bien, las organizaciones de la sociedad civil son quienes se encargan de defender los derechos de los pueblos originarios, una hipótesis de la existencia de estos intermediarios es la necesidad que tienen los indígenas de traducir su pensamiento, no sólo en la cuestión puramente del lenguaje, sino también en el aspecto cultural, porque después de cinco siglos, todavía no hay comunicación entre chabochis e indígenas, por eso surgen como actores emergentes los intermediarios, ya sean los sacerdotes o los activistas.

Esta necesidad de comunicarse también existe en el de Guachochi, por ese motivo se ha fomentado un espacio multilingüe donde todo está traducido de manera simultánea al español, rarámuri y tepehuán, desde los letreros que señalan lugares específicos como el comedor, la biblioteca o la panadería, hasta los comunicados sobre actividades que se celebrarán, como las actividades productivas o de educación que son propias de las políticas de reinserción social.

También, se fomentan actividades que fortalecen la identidad cultural de los internos, principalmente en las dos fechas religiosas importantes para los tarahumares, como lo son la Semana Santa y el día de la Virgen de Guadalupe en diciembre, en ambos casos, se celebra en el interior del Cereso una fiesta tradicional lo más parecidas a las que se hacen en la Sierra Tarahumara.

El Cereso está construido con piedras en lugar de bloques de cemento, su diseño de construcción tiene al menos 30 años y es igual al penal del Municipio de Guadalupe y Calvo.

La administración del centro penitenciario está afuera del edificio y enfrente está el juzgado –que es una construcción más reciente–, todo es un pequeño complejo judicial. En la entrada hay un portón grande al centro del edificio, como el panóptico tradicional tiene cuatro torres donde hay custodios vigilando a los internos desde la parte más alta armados con rifles automáticos, la violencia simbólica del Estado en su máxima expresión.

Enseguida del portón grande hay una puerta de vidrio donde está el acceso para los visitantes, adentro hay un mostrador de madera donde atiende una mujer-custodio. Un jefe de los custodios dice con orgullo “mira ella es tarahumara, ¿verdad que sí?, dile algo en tarahumara para que vea”, entonces la mujer que porta el uniforme de custodio dice algunas palabras en rarámuri, pero no demuestra interés alguno.

En ese punto de revisión registran las cosas que pueden entrar al penal. Los familiares en un día de visita (sábado o domingo), pueden entrar con ropa, comida, refrescos y cigarros para los internos.

Con un permiso especial, me han permitido la entrada con un teléfono celular, un ipad y un ipod para registrar voz y video con fines académicos, así como una libreta y una pluma, lo que rompe completamente con el protocolo de seguridad, por lo que tienen que levantar un acta de incidencia describiendo el motivo por el cual es necesario meter ese equipo y la explicación del objetivo de la visita, estos trámites internos son los que se revisan a la hora de certificar un penal, en Chihuahua todos cumplen con esta certificación.

En el segundo punto de revisión, un custodio revisa la ropa de los visitantes para buscar objetos prohibidos, principalmente armas o drogas. En la pared del pequeño cuarto donde se hace la revisión hay dos manos pintadas de color guinda en la pared, para que el visitante se recargue y ponga sus manos ahí y hacer la revisión correspondiente, así es la antesala del infierno, hay que rendirse antes de entrar.

Ya adentro del Cereso puede observarse mucho mejor la arquitectura panóptica que describía Bentham en sus libros del Siglo XVIII. En una vista aérea, el edificio tiene forma cuadrada, con un patio central en el que hay dos canchas, una de basquetbol y otra de voleibol, con pequeñas áreas verdes y bancas alrededor del patio. En el fondo están los dormitorios, son dos pisos donde hay aproximadamente veinte celdas con literas de dos camas, en cada celda viven entre 6 y 8 personas y hay cuatro baños con regaderas e inodoros, dos en la planta baja y dos en la planta alta, el lugar tiene un pasillo entre las celdas.

El protocolo de seguridad les obliga a los custodios a pasar lista en la mañana, después del desayuno y por la tarde antes de dormir. Aquí el día comienza a las seis, cuando despiertan y los internos deben asearse, después salen por grupos a comer; hacen una fila afuera de la cocina, reciben su platillo y cubiertos, después de comer limpian su plato y lo regresan.

Enfrente de los dormitorios también hay un pequeño salón donde estudian la primaria, secundaria y en mayo de 2015 algunos internos comenzaron la preparatoria; enseguida hay una pequeña biblioteca, el lugar tiene algunos libros, entre los que sobresalen unos engargolados con la legislación penal del estado de Chihuahua, además hay cinco o seis bancas pequeñas para quienes desean ir a leer, a un lado está una pequeña panadería donde fabrican pan para el consumo de los internos y se les enseña el oficio de panaderos, así como una carpintería en la que hacen juguetes y adornos para la venta en ferias comunitarias.

Una forma de interpretar lo que pasa aquí es que, en esta cárcel, a los indígenas presos les respetan sus tradiciones, pero también les enseñan a ser chabochis.


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