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¡El destino incierto de la especie humana!

Hesiquio Trevizo/
Presbítero | Domingo 04 Diciembre 2016 | 00:01:00 hrs

Sin duda, la especie humana se mueve en la incertidumbre. Se requiere la sabiduría divina y valentía de parte nuestra, para asumirlo. El Adviento, escribía la semana pasada, significa estar atentos ante un futuro que está más allá de cualquier programación humana, más allá de todo cálculo, más allá todo lo que puede contenerse en nuestras programaciones y estrategias. Programar es obsesión actual: programar nuestra vida en todos y cada uno de los detalles, es tarea imposible. Pero hay una instancia que no puede olvidarse antes de cualquier intento de programar el futuro. El que agudiza la propia sensibilidad para descubrir aquello sobre lo que no tiene dominio, el que no teme al riesgo y toma en serio la incertidumbre de toda cosa terrena, se abre al Dios que viene. “Al Dios del venir”, (J. R. Jiménez). La esperanza cristiana es la adecuada actitud fundamental en la cual vale la pena ejercitarse.

Gustavo Encina. Arrinconada, aparece en El Diario una nota que ilustra la incertidumbre radical de la especie humana. Y la necesidad del Adviento. Es a propósito del infausto accidente aéreo donde murieron los deportistas brasileños. Ese terrible accidente se sale de toda programación; el video festivo tomado poco antes de la caída, es un contraste doloroso. “Gustavo Encina era uno de los pilotos del avión de LaMia que se estrelló cerca de Medellín. El lunes a la mañana, pocas horas antes de despegar, Encina escribió un mensaje en su facebook que parece una premonición.

«¿Hacia dónde mirás en tu vida? ¿Atrás o adelante?”, se preguntó el mismo día en el que encontró la muerte.

“Que el Señor te dé la gracia de soltar las cosas, aún aquellas que considerás preciosas en esta vida y «te permita mirar para adelante, donde está Cristo esperándote para un encuentro glorioso que te abrirá las puertas de la eternidad», reflexionó horas antes de embarcarse en el trágico vuelo. Encina tenía una hija de 16 años”.

La distracción existencial embota nuestro sistema de navegación. Solo el que ‘agudiza la propia sensibilidad para descubrir aquello sobre lo que no tiene dominio, el que no teme al riesgo y toma en serio la incertidumbre de toda cosa terrena, se abre al Dios que viene’. “Al Dios del venir”. ¿Cómo negar que nuestra vida es Adviento, espera de un encuentro? ¿Cuándo, dónde, cómo? «¿Hacia dónde mirás en tu vida? ¿Atrás o adelante?»”, es la pregunta adventual del piloto Encina; sin la capacidad de tal pregunta, la vida no merece vivirse; una vida que no se piensa, no merece vivirse, decía el señor Kant.

Tom Ford. “Nuestro mundo está construido sobre una idea falsa de felicidad”, ha dicho Tom Ford. De este señor no sé nada, pues el mundo de la moda, ni me interesa ni lo conozco y del cine muy poco. Solo sé que es modisto y cineasta y que su negocio, la moda, mete a sus arcas unos mil millones de euros al año. El célebre diseñador relata la lucha interna que vive por ser un símbolo del consumismo. “He tenido un hijo Alexander, adoptado junto con su pareja, Richard Buckley, que es lo más importante para mí. He abierto cientos de tiendas y reforcé los otros lados de mi vida, que marcan el ritmo para las películas”, confiesa.  “Pero las palabras y los demonios interiores del diseñador cuentan una historia mucho más accidentada, repleta de contradicciones y sombras, alcoholismo y depresión”. No bastan los mil millones de euros anuales para ser feliz. Tomasso Koch le dedica buen artículo en El País.

Hablando de uno de sus personajes de su último filme, escribe: “Tiene pertenencias materiales pero se da cuenta de que no son las cosas importantes. Lucha contra el mundo en el que yo vivo: el de los ricos absurdos, de la falsedad y la vacuidad”, relató el cineasta a The Hollywood Reporter. El modisto reconoce que a ratos lucha contra su propia figura. Vende bolsos que valen 18,000 euros, diseña vestidos hasta para Michelle Obama, y ha construido un imperio de lujo y consumismo repartido por 122 tiendas en todo el planeta. Y, sin embargo, afirma: «Nuestra cultura nos dice: ‘¡Bebe esto, serás feliz! ¡Compra esto, serás feliz!’. Lo triste no vende. Nuestro mundo está construido sobre consumidores y una idea falsa de felicidad. Y suena raro que lo diga yo. Es algo con lo que me siento en conflicto, ser una de esas personas que contribuye a crear esa cultura de las cosas». De hecho, el modisto defiende también que la moda es perecedera y sin mucho valor, mientras que el cine pervive para siempre. Triunfador en el festival de Venecia y Cannes, luego de fracasos que lo hundieron en el alcohol y la depresión, sin embargo, confiesa: “¡No sé por qué he tardado tanto en comprender!”. Ni siquiera el éxito en dos sectores distintos, moda y cine, aplacó su caos emocional. Asegura que vive en el “constante miedo” de que algo cambie o se tuerza, no pasa "ni una hora" sin que piense en la muerte y acude al analista una vez por semana. Además, cada día acaba tomando demasiados cafés y fía su sueño a las píldoras. A su manera, él también es un animal nocturno”.

Tom Ford, símbolo y víctima de nuestra cultura, necesita el Adviento; en su profunda e inexplicable insatisfacción, en su ‘constante miedo’ se trasmina el desvalimiento del alma que busca una salida, o mejor, la salida del laberinto de la soledad. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se encierra en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida”. (Papa Fco.)

Fidel Castro. Para Fidel Castro terminó el tiempo de espera, el Adviento; el encuentro con la instancia última ya se efectuó.  Castro era de una matriz católica. “De Cristo conozco bastante por lo que he leído y me enseñaron en escuelas regidas por jesuitas”, escribió en el último texto suyo conocido, publicado en el diario Granma en octubre de este año bajo el enigmático título «El destino incierto de la especie humana». (J. Carlin).

El destino de la especie es incierto, como el vuelo del ave, hasta que se hunde en la eternidad. Castro vivió un misterioso Adviento. El 21 de enero 1998, el papa JP. II, dejaba la Isla tras imponente visita, visita que asombró al mundo. Las últimas palabras del Papa en Cuba fueron una improvisación; tratando de construir en español, interpretó la lluvia, que comenzó a caer cuando visitaba la Catedral de La Habana, como un signo: «¿Qué puede significar esta lluvia? Comenzó a caer cuando estaba en la Catedral y, ya cesó. Puede ser que, después de los días de calor, esto sea un refrigerio. O que el cielo de Cuba llora porque el Papa ya se va. Pero esta es una hermenéutica muy superficial, agregó.

Hay otra interpretación». En seguida, citó en latín, al Profeta Isaías: “Roráte Coeli désuper, et nubes plúant Justum”, “Que los cielos destilen el rocío de lo alto, y las nubes lluevan al Justo”. Tales palabras definen el tiempo llamado Adviento en la liturgia católica; es decir, un tiempo cuya esencia es la esperanza gozosa y vigilante del Salvador; la espera activa de un acontecimiento que marcará el inicio de un tiempo nuevo, la llegada de un hecho que cambiará la historia y la suerte de un pueblo. “Para Cuba es, hoy, Adviento”, concluyó el Papa. Dio las gracias y se encamino al avión.

La prensa había publicado una foto sugestiva que muestra al Pontífice a su llegada a La Habana. El Papa, viejo, débil, que parecía caerse, pregunta a Fidel la hora y éste se inclina, amable y condescendiente, gallardo, mostrándole el reloj. Ambos ven la hora en el reloj de Fidel. “Es la hora de Cuba”, le dijo Juan Pablo.

Ya en el discurso de bienvenida, espetó: «Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante, que anhela la concordia y la paz, pueda mirar el futuro con esperanza».


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