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Ni tanto que queme al santo…

Javier Cuellar | Miércoles 19 Octubre 2016 | 00:01:00 hrs



La verdad es que casi ningún agente de Tránsito entra a esa corporación con la convicción de hacer las cosas bien sino, antes que nada, con la idea de enriquecerse por medio de la extorsión sistemática de los ciudadanos y en general todos los políticos han hecho lo mismo. Ganar los estipendios que marca el presupuesto es una quimera que se usa nada más en el discurso demagógico de la mayoría de nuestros dirigentes, lo importante no es el sueldo ni mucho menos el servicio público sino “las búscalas” el sueldo lo dejan para los domingos de los chavalos.

Por eso es muy difícil acabar con la famosa polla de tránsito, por mucho que la nueva titular de la dependencia declare que correrá a todos los agentes que sean sorprendidos en actos de corrupción. Tendrá que correrlos a todos, se quedará sola y eso quien sabe. Tanto el pueblo como los agentes están inmersos en esa práctica de la mordida de tal manera que la vida sin mordidas les sería insufrible tanto a unos como a otros.

Imagínese a un ciudadano que sea pillado en una infracción y no trae licencia ni documento alguno del automóvil. Tendrían que recogerle el vehículo y eso le ocasionaría un perjuicio mayúsculo con el pago de corralón y la infraccioncita marca llorarás que tendría que pagar. El recurso de la mordida se antoja necesario, un docientón o hasta un quinientón, valdrían la pena, aunque no debe ser así.

Las elevadas multas y draconianas sanciones son la primera causa que impulsa a la corrupción y a la extorsión en primer término. La autoridad que quisiera acabar con la corrupción en Tránsito tendría que considerar primero una revisión en todas las infracciones y un sistema sencillo y efectivo para aplicarlas, cobrarlas y pagarlas.

Pero el compromiso es el sanear la Dirección de Tránsito y para ello la cosa no va a estar tan sencilla como una declaración, como si “una palabra tuya bastaría para sanar el alma” de los endemoniados agentes de vialidad.

Pero lo que molesta es el abuso, la gente es consiente cuando comete una infracción, sabe que el que la debe la paga y que mejor que pagársela con total inmediatez al mismísimo agente que te la aplica con absoluta prestancia, lo malo es cuando estos señores, de su actividad ordenadora, hacen un festín y muerden a todos los que se cruzan por su camino. “Tan seguido ni mi marido”, apuntan.

El mal se genera desde las más altas esferas de la autoridad cuando en su afán recaudatorio se ordenan las cuotas mínimas de infracciones que son de cuarenta multas diarias por agentes. Entonces los agentes son mandados a la calle a infraccionar a diestra y siniestra y si a eso le sumamos la obligación de los mil pesos diarios por agente motociclista pues sencillamente la cosa se pone mucho peor: infraccionar y morder por igual es la consigna.

Para acabar con la corrupción en Tránsito y en la Policía Municipal va a hacer falta mucho más que una simple orden, va a ser necesario educar desde la base ciudadana, reformar desde la base legal que establece las normas que infraccionan para que la comunidad encuentre más viable pagarlas al erario que sobornar al agente, de tal manera que aunque se infraccione sea preferible sufrir la sanción que tomar la ruta fácil de la mordida. Debe haber un equilibrio justo entre la ley que establece la infracción y la sanción que se aplica para que no sea desproporcionada ni propiciatoria de la mordida. “La ley es poderosa, pero más poderosa es la necesidad”. (Goethe)

Deben entender en el Cabildo y en el Congreso la necesidad de que exista un equilibrio para que la conducta ciudadana y la gubernamental se impulse dentro de la ley porque este equilibrio nos llevará a que el ciudadano se acerque a la autoridad en busca de justicia y gracia; por eso San Agustino nos explicó: “La ley ha sido dada para que se implore la gracia; la gracia ha sido dada para que se observe la ley”.

“Ni tanto que queme al santo ni tan poquito que no lo alumbre” dice el refranero popular; un justo equilibrio porque bien lo dice Benjamín Franklin: “Las leyes demasiado benévolas, rara vez son obedecidas: Las leyes demasiado severas, rara vez son ejecutadas”.

 


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