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De política y cosas peores

Armando Fuentes | Lunes 17 Octubre 2016 | 00:01:00 hrs

 

Lord Mortimer Highrump, famoso explorador inglés, iba sin rumbo por el Sahara. Su guía y porteadores lo habían abandonado después de robarle los efectos que llevaba. Le dejaron solamente su camello, un ejemplar de Las Mil y Una Noches en la traducción de Richard Burton y una caramayola con agua. Así vagó durante muchos días por las arenas del desierto. Falto de compañía femenina sintió bien pronto el deseo de la carne. Lo contuvo mediante ciertos ejercicios de la mente aprendidos de los lamas en el Himalaya. Llegó un momento, sin embargo, en que tal disciplina no fue ya suficiente. Entonces -¡quién lo creyera!- aquel estricto gentleman pensó en sedar esa concupiscencia en su camello. Al punto desechó tan impropio pensamiento. ¿Cómo hacer eso con el animal, si nadie los había presentado? Pero al paso de los días creció su urgencia de carnalidad. Desechó, pues, sus escrúpulos sociales y fue hacia el camello poseído por malas intenciones. Se diría que el jorobeta las adivinó, pues con un trotecillo lento se alejó para ponerse a salvo. Fue de nuevo tras él milord, y otra vez el camello corrió en defensa de su honor. Insistió Highrump en perseguirlo, pero cuando ya lo iba a alcanzar el animal se le escapaba repetidamente. En eso el audaz explorador vio a siete beduinos que perseguían en sus caballos a una hermosa mujer a la que disparaban con sus espingardas. Tomó lord Mortimer su fusil belga de repetición, y con aquella infalible puntería que le permitió dar caza en la India al temible tigre cebado de Madrás desmontó a seis de los beduinos. El único sobreviviente huyó a toda carrera mostrando el puño y profiriendo maldiciones contra Lord Highrump y Su Majestad Británica. Entonces la mujer se echó en brazos de su salvador. Le dijo emocionada: "¡Os debo la vida, caballero! ¡Pedidme lo que queráis! ¡Nada os negaré!". Respondió el audaz explorador: "Perdonadme el atrevimiento, milady, pero estoy poseído por el deseo de la carne. ¿Podríais detenerme el camello?". En mis tiempos de columnista novel era muy peligroso hablar mal del Presidente de la República. Ahora es peligrosísimo hablar bien de él. Quien lo hace se expone a ser tildado con los peores calificativos. Yo he señalado con índice de fuego, aún a riesgo de quemarme los otros dedos, las variadas fallas de Enrique Peña Nieto. Puedo entonces mostrar un acierto suyo que considero merecedor de encomio. Hablo de la reforma al artículo 123 constitucional, por la cual se hacen desaparecer las juntas de conciliación y arbitraje y se otorga a los trabajadores un derecho del cual -increíblemente- carecían: elegir a sus representantes mediante el ejercicio del voto libre y secreto. Las juntas llamadas de conciliación han sido siempre, igual en la Ciudad de México que en los estados, verdaderas cuevas de coyotaje para lucro de litigantes huizacheros y abogados rábulas que medran inmoralmente  a costa lo mismo del patrón a quien chantajean que del trabajador al que hacen objeto de exacciones. Por su parte numerosos líderes sindicales se han perpetuado en el poder merced a la opresión en que mantienen a sus supuestos representados, que no pueden sacudirse con el voto democrático el dominio de sus corruptos dirigentes. La iniciativa presidencial, impulsada por Alfonso Navarrete Prida, secretario del Trabajo, crea nuevas y mejores condiciones para la defensa de los auténticos intereses de los trabajadores. Enhorabuena. En la oficina la linda secretaria Rosibel le dijo a su compañera Dulcilí: "¿Ya viste qué bonita silueta tiene el nuevo gerente?". "No es la silueta, tonta -la corrigió ella-. Es el llavero que trae en el bolsillo del pantalón". FIN.

MIRADOR.

Se diría que Malbéne, teólogo a quien algunos llaman "luciferino", gusta de provocar polémica y escándalo. En su último artículo para la revista "Lumen" dice lo siguiente:

". A diferencia de otros teólogos yo no puedo penetrar en el pensamiento del Señor. Sospecho, sin embargo, que Dios prefiere un ateo bueno a un creyente malo. Pienso que ser creyente no es requisito para la salvación, del mismo modo que no es necesario creer en Apolo para recibir la luz del Sol. Al hombre no lo salvan los dogmas que profesa, sino las buenas obras que hace. El camino más recto, la verdad más pura, la vida mejor, están en hacer el bien a los demás.".

Añade el lovaniense:

"De nada sirve creer sin amar. Nuestras creencias no nos justifican: nos justifican nuestras obras. Y tales obras no sirven de nada si no son obras de amor.".

Seguramente esas palabras de Malbéne serán objeto de controversia, pero al viejo teólogo eso no parece preocuparlo. Suele decir: "Es mejor la duda viva que la fe muerta".

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS.

". Numerosos sacerdotes están dejando el ministerio para casarse.".

Alguien dirá que es locura

que cambien así de estado:

yo sé de más de un casado

que preferiría ser cura.

 


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