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Salvoconducto a la impunidad

Luis Froylán Castañeda/
Analista Político | Domingo 16 Octubre 2016 | 00:01:00 hrs

Chihuahua.– Los hermanos mayores de César Duarte cuentan que, siendo pequeño, su padre lo subía sobre la barra de la cantina y en automático el niño los divertía recitando una frase bien ensayada: “Quiubo pelones, muy bajitos que los veo ¿Ora cabrones, cómo me apeo?” y el grupo soltaba la carcajada celebrando la graciosada.

Ninguno de aquellos parroquianos tenía forma de saber que el niño güerito, regordete, simpático y hablantín sería gobernador de Chihuahua. Desde  Parral o Balleza la distancia con Chihuahua les parecía una eternidad. Era un sueño ser presidente municipal de Parral, veían la gubernatura como ilusión.

Así creció Duarte, primero con el sueño y después alimentó la ilusión. Durante la protesta de Reyes Baeza como gobernador, sobre el imponente templete acondicionado en el gimnasio Manuel Bernardo Aguirre, a César Duarte le parecía imposible llegar en seis años desde su asiento como diputado local, a la tribuna tras la cual Reyes dominaba el escenario. Esa sensación de lejanía al poder se la confesó, ya siendo gobernador, a uno de sus amigos, quien a su vez me la contó en reconocimiento a su habilidad política.

Es un hombre con fortuna, por muy lejos que se viese en aquella ceremonia, seis años después ocupaba el centro del escenario, protestando como gobernador frente a la plaza del Ángel. Entonces Reyes no le pareció ni muy lejos ni muy cerca para espetarle que “el poder es para poder y no para no poder”. Con esa frase aludía a que él sí sabía usar el poder para acabar con la inseguridad.

No resto a Duarte ningún mérito en cuanto a la seguridad, lo que más presumió al final de su mandato. Sin embargo estoy convencido que sólo fue beneficiario directo de una estrategia nacional con más o menos éxito en diferentes regiones del país. En Chihuahua la violencia se redujo sensiblemente y al final es lo que cuenta.

Desesperadamente Duarte exige ese reconocimiento social, quiere que la gente lo vea como el gobernador que contuvo la criminalidad, el salvador de Chihuahua que enfrentó el mal arriesgando su propia vida y salió victorioso. No es el caso; lleva parte del mérito, pero en Juárez hizo más Leyzaola y en Chihuahua, Marco Adán Quezada.

Puesto incluso como el gran adalid contra el mal, jamás recibiría el reconocimiento social esperado, pues la gente se quedó con lo malo de su administración, como sucede. No se percata que le ha sido negado por sus desplantes de dictador inculto, soberbio y engreído, la corrupción que lo rodea y sus excesos alimentados en ambiciones de perpetuar un cacicazgo transexenal.

Eso fue lo que perdió a Duarte, pensar que el gobierno es para siempre y confundir la constancia de mayoría con la escritura pública de Chihuahua firmada a su favor, como dijo Javier Corral muy al inicio del pasado gobierno. Nunca estuvo preparado para el cargo, quizás le pareció un sueño y como soñando suceden cosas mágicas, pensó que todo se podía.

Su abuelo heredó un modesto rancho a tres hijos: Ignacio, Atilana y Crescenciano Duarte. Después un hijo de Atilana compró los derechos de Nacho y Chano, papá de César. Lo primero que hizo al ganar la elección, todavía en calidad de gobernador electo, fue comprar a su primo el rancho que perteneció al abuelo.

Luego levantó un casco magnífico, el presón lo transformó en presa y puso sistemas de riego para ufanarse, falsamente, que tenía “rancho de gobernador” antes de llegar a Palacio.

Pronto colmó su ambición adquiriendo propiedades colindantes, mismas que nunca pertenecieron a su familia directa, que ante Loret de Mola definió como potreros agregados.

Es el rancho que presumió durante todo su mandato, invitando a políticos del momento, artistas, amigos, empresarios, obispos, secretarios. Estaba en la cumbre de su poder, había que exhibirse, estrenar la carretera recientemente pavimentada, la pista aérea de dos kilómetros, el helipuerto… la casa del abuelo.

Ponga usted que es el rancho de Duarte, por el antecedente familiar. Pero en Balleza aseguran que también adquirió en seis millones de dólares otro llamado “Peñas Azules”, muy cerca de Chihuahua, que habría pertenecido a un conocido narcotraficante.

Una mañana, platicando con uno de sus colaboradores más cercanos en el área rural, alguien que recibió instrucciones para desarrollar sus ranchos, le dije que el nogalero más grande del estado era Pepe Talamás, de Jiménez, con 650 hectáreas de nogales adultos. Su respuesta no me sorprendió: “el patrón –Duarte- ya llegó a mil”.

Está documentado el Fideicomiso de Unión Progreso, con valor de 65 millones de pesos entre él y su esposa, es la famosa averiguación de Jaime García Chávez en su contra. Hablan de propiedades en El Paso, la Ciudad de México, desarrollos inmobiliarios en la Riviera Maya.

A un lado de Distrito Uno, frente al costado de un Casino, se levanta en obra negra un edificio de cinco pisos, que pretende –o pretendía, hace meses está detenida su construcción– competir con las torres de departamentos recientemente construidas.

Hay datos de que el terreno, en la ladera de una loma que mira al Periférico de la Juventud, habría sido pagado con dos millones de dólares en efectivo a varios propietarios y que después el comprador ofreció 50 mil dólares a cada uno de los antiguos dueños, sólo para modificar el contrato ¿Por qué? Supuestamente está a nombre de un cercano colaborador de Duarte, también de Balleza, y aseguran que en realidad es de su propiedad. En síntesis describen un enriquecimiento vertiginoso e inexplicable.

Ante Loret de Mola, en T.V nacional, aceptó una fortuna de cien millones de pesos, explicándola en la venta de una cantidad inusitada de autos, por ser el lotero más exitoso de autos en Juárez y El Paso. Antes, también ante una reportera de Televisa, había dicho que es ganadero de cuarta generación. O sea que siempre ha sido rico.

Los argumentos de hoy para explicar la riqueza son inconsistentes con versiones de sus amigos y de él mismo antes de llegar a gobierno. José Luis Franco, en paz descanse, se quejaba de que Duarte no le pagaba la renta de una pequeña esquina en una de las colonias céntricas de Juárez, donde intentaba sin éxito trascender en el oficio de los loteros.

Sus amigos en Juárez lo recuerdan ofreciendo fiados pantalones de mezclilla y botas vaqueras para ayudarse, pues el negocio de los autos no prosperaba y uno de sus primos más conocidos ha dicho que nunca le pagó el dinero que le prestó para comprar los primeros dos autos.

Ya en gobierno, muchos de los que lo acompañaron desde Parral, platicaban como experiencia de vida que muy al inicio de la precampaña, con frecuencia pedían dinero prestado para gasolina, a fin de moverse en una Suburban también prestada.

Sin embargo Duarte, decide sostener el dicho de la riqueza previa. Probablemente esté convencido, como los mitómanos que inventan sus propias historias y terminan creyéndolas, que así sea. El asunto es que sus versiones chocan con la realidad dejándolo expuesto a los ojos de la sociedad y frágil ante una investigación.

Simplemente las cuentas no dan, sin embargo de alguna manera necesita justificar públicamente su bonanza económica forjada en paralelo al ejercicio del poder. Pero legalmente nada tiene qué demostrar, sus acusadores, Javier Corral específicamente, es quién debe comprobar ante la justicia que desvió dinero público en beneficio personal o usó ilegalmente sus influencias. El que acusa prueba, es ahí donde empiezan los asegunes.

Aún dando por bueno todo lo que de su inexplicable fortuna se dice, tengo la impresión que permanecerá en libertad. Lo decía arriba, es un hombre afortunado, se percibe que el sistema eligió a sus chivos expiatorios en otros gobernantes asociados al despilfarro y la corrupción: Javier Duarte, Guillermo Padrés y probablemente Marcelo Ebrard. Uno de cada partido con el fin de hacer “equilibrio” entre PRI, PAN y la izquierda.

Elegidas las víctimas para el gran sacrificio expiatorio, César Duarte habría recibido indirectamente un salvoconducto a la impunidad, así como y el resto de “los indiciados”, por llamarles de alguna manera a Roberto Borges, Rodrigo Medina, Margarita Arellanes y varios más.

Javier Corral quiere inhabilitar el salvoconducto, pues entiende que los pactos de impunidad detienen toda acción de justicia contra los poderosos y sabe que su partido se pliega feliz cuando se trata de firmarlos.

Sin embargo la tarea de llevarlo a prisión no es tan sencilla como enderezar una campaña mediática llamándolo “vulgar ladrón” hay  que acreditar legalmente qué se robó y cómo le hizo para robárselo.

La convicción de llevarlo a la justicia es insuficiente, el punto no es querer sino poder ¿Puede Corral destrozar el perverso salvoconducto que, aparentemente, protege a Duarte? Demuéstrelo actuando, enséñele cómo se apea de la barra en que lo puso su ambición. 


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