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Ascenso de clérigo asesinado profundizó división entre sunitas y chiítas

Ben Hubbard / New York Times News Service | Jueves 07 Enero 2016 | 22:51 hrs

The New York Times | Sheikh Nimr al-Nimr

The New York Times | Sheikh Nimr al-Nimr

Bagdad— En el 2008, un diplomático estadounidense viajó hasta una aldea pobre en el este de Arabia Saudita para visitar a un predicador, delgado y barbado, a quien se le conocía por criticar al gobierno, pero lo descartó por considerarlo “un actor secundario en la política local”, según un informe sobre la visita publicado por WikiLeaks.

Años después, ese predicador, el jeque Nimr al Nimr, avivó un movimiento de protesta con sus sermones virulentos, en los vilipendiaba a la familia real saudita.

El sábado, Arabia Saudita lo ejecutó por cargos de terrorismo, lo que llevó al colapso en las relaciones entre Arabia Saudita e irán, y solidificó el estatus de Nimr como un potente símbolo internacional de la oposición chiita a la monarquía saudita.

El ascenso de Nimr, a quien apenas se conocía fuera de Arabia Saudita antes de su aprehensión en el 2012, a la prominencia corresponde estrechamente con la intensificación de la rivalidad estratégica y sectaria entre el Irán chiita y la Arabia Saudita sunita, que los ha colocado en lados opuestos de conflictos por toda la región.

Para Irán y sus aliados, Nimr era un valioso antagonista interno de la familia gobernante, adoptaron su causa y la amplificaron en sus medios informativos. Para los dirigentes sauditas, Nimr era un disidente peligroso que personificaba los temores, profundamente enraizados, de que Irán se estuviera entrometiendo dentro de las fronteras del reino.

Arabia Saudita detuvo a Nimr en el 2012 y después lo sentenció a muerte por cargos que incluían haber roto su lealtad hacia el gobernante, incitar a la lucha sectaria, y apoyar disturbios y destrucción de propiedad durante las protestas, según Human Rights Watch. Lo mataron en una ejecución en masa, junto con otros 46 presos, en su mayoría vinculados a Al Qaeda.

Muchos sauditas defendieron esa conjunción de crímenes.

“Estamos hablando de un terrorista”, dijo Salman al Ansari, un comentarista saudita que proporcionó el Grupo Podesta, un despacho de relaciones públicas que trabaja para el gobierno saudita.

Al Ansari acusó a Nimr, quien tendría unos 55 años, de organizar “una red terrorista” en zonas chiitas del este de Arabia Saudita y lo comparó con un ideólogo de Al Qaeda que sancionaba el asesinato de fuerzas de seguridad.

Otros, no obstante, notan que para un predicador cuyo odio por la familia real es fácil de encontrar en YouTube, no así los ejemplos en los que llama a la violencia. El gobierno saudita no ha dado a conocer la evidencia que tendría en su contra.

El gobierno había encarado la presión creciente dentro del país para ejecutar a personajes de Al Qaeda, todos sunitas, a los que se había sentencia por ataques letales en el reino hace cerca de una década. También es probable que el gobierno haya pensado que una ejecución en masa desalentaría a los simpatizantes de la organización yihadista Estado Islámico, que ha declarado enemigo al reino y lo ha atacado repetidamente.

No obstante, algunos analistas occidentales dicen que el gobierno podría haber encarado repercusiones negativas internas, si solo hubiera ejecutado a sunitas y perdonado a los chiitas acusados de participar en la violencia que cobró la vida de policías. Se ejecutó a otros tres chiitas junto con Nimr.

Otros, no obstante, dicen que castigaron a Nimr por haber cuestionado públicamente la legitimidad de la familia real y de enviar un mensaje a otros disidentes.

“Lo condenaron por cosas que dijo; no hay ora forma de expresarlo”, notó Toby Matthiesen, un investigador sénior en el St. Antony’s College, en Oxford, y autor de un libro sobre los chiitas sauditas.

Nimr era de la aldea de Awamiya, en el este de Arabia Saudita, donde vive gran parte de la minoría chiita del reino. Los chiitas, que representan alrededor de 10 por ciento de los 20 millones de habitantes del país, se han quejado de tiempo atrás de la discriminación por pate del Estado y de que los clérigos que él sanciona difaman sus creencias.

Se conocía a la familia y la aldea de Nimr por su oposición a la monarquía, una tradición que él abrazó tras regresar después de estar más de una década fuera, cursando estudios religiosos en Irán y Siria.

No fue un académico destacado, pero llamó a que los chiitas tuvieron mayores derechos, con resultados limitados, ya que muchos evitaban sus sermones encendidos.

En el 2008, fracasó el llamado público que hizo para formar el “Frente de Oposición de los Justos” para representar a los chiitas. Un cable diplomático sobre el acontecimiento decía que no había habido “ningún apoyo perceptible a los comentarios del jeque”.

Su perfil interno aumentó en el 2009, cuando habló en nombre de los peregrinos chiitas que habían chocado con las fuerzas de seguridad por el acceso a un sitio en la ciudad santa de Medina. Entró en la clandestinidad por temor a que lo detuvieran, y se desvaneció su influencia. En el 2010, en un cable diplomático estadounidense, se menciona que un dirigente comunitario dijo que Nimr “se expresaba demasiado fuerte”, lo cual llevó a que “perdiera la credibilidad y a sus seguidores”.

Eso cambió cuando estallaron los levantamientos de la primavera árabe en el 2011, cuando jóvenes chiitas en el este de Arabia Saudita y el cercano Baréin, se unieron al movimiento de protesta que arrasaba la región y pronto se enfrentaban a las fuerzas de seguridad en ambos países.

Los manifestantes, que descartaron los cuidadosos esfuerzos de sus dirigentes para obtener concesiones de los gobernantes sunitas, aceptaron a Nimr, quien predicaba en un lenguaje sencillo, lleno de enojo. Dijo que los chiitas sauditas deberían tener su parte justa del petróleo del país y hasta sugirió que podrían separarse.

“Dijo todas las cosas que los jóvenes querían escuchar, pero que los otros dirigentes no querían decir”, comentó Matthiesen.

En un sermón, habló en contra de los “opresores”, sunitas o chiitas, y llamó a que se unieran los oprimidos en contra de ellos.

“En cualquier lugar donde gobierne –en Baréin, aquí, en Yemen, en Egipto, o en cualquier sitio–, se odia al gobernante injusto”, declaró. “Quienquiera que defienda al opresor es su socio en la opresión y quienquiera que esté con los oprimidos comparte con ellos la recompensa que le da Dios”.

Rompió filas junto con otros clérigos chiitas cuando criticó al presidente Bashar Asad de Siria, a quien respalda Irán, y apoyó el gobierno de la mayoría kurda en el norte de Irak.

En otro sermón, habló en contra del uso de armas y dijo que los manifestantes deberían estar dispuestos a morir por su causa: “Nuestra fuerza no es las armas; nuestra fuerza está en el martirio”.

Delgado, con anteojos, turbante blanco y barba encanecida, Nimr fue resuelto en sus críticas a la familia real saudita, a cuyos miembros llamó “tiranos”, y los comparó con odiados villanos de la historia chiita y llamó a derrocarlos.

“¡Muere un príncipe heredero, pongan a un nuevo príncipe heredero! ¿Qué somos, una granja? ¿Aves para ellos?”, gritó. “No aceptamos a los Al Saud como gobernantes. No los aceptamos y queremos quitarlos”.

Las autoridades sauditas lo aprehendieron en el 2012 y le dispararon en una pierna antes de ponerlo bajo custodia. El gobierno dijo que la policía había estado bajo fuego al acercarse y las imágenes de Nimr con un trapo blanco ensangrentado provocaron más protestas.

Lo sentenciaron a muerte en el 2014, en un juico en el que organizaciones de derechos humanos y Naciones Unidas han dicho que no se siguió el debido proceso.

Algunos analistas dicen que la detención y el juicio de Nimr –y la intensa cobertura que hicieron los medios informativos que simpatizan con Irán– impulsaron su paso de una figura local a un ícono internacional, un proceso que completó su ejecución, que lo hizo un mártir ante sus seguidores.

Dirigentes chiitas de Irán, Irak, Líbano y otras partes lo alaban como héroe y condenaron su ejecución, y manifestantes han portado su fotografía por las calles de muchas ciudades. Si los diplomáticos sauditas regresan a su embajada incendiada en Teherán, encontrarán una calle afuera con su nombre.

“Le dieron a los chiitas sauditas su propio mártir”, dijo Abas Kadim, un investigador sénior de política exterior en la Universidad Johns Hopkins. “Será su mártir y su símbolo”.



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