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Entre dichos y refranes

Por: Elvira Perales Ruiz | Sábado 15 Diciembre 2012 | 21:26 hrs

Lo más duro, y triste de la vida, es descubrir que la maldad humana no tiene límite.

Los dichos y refranes son costumbres y formas de expresión que data de siglos atrás y regularmente surgen en España y sus alrededores.

Por ejemplo: Poner los puntos sobre las íes, que en el uso que nosotros le damos a este refrán es aclarar las cosas de forma precisa y objetiva que no quede lugar a dudas lo que hemos dicho o expresado. Y la historia narra que durante el transcurso del siglo XVI, fueron introducidos los caracteres góticos en la escritura común. Entonces, los copistas importantísima profesión en esa época adoptaron la práctica de poner un pequeño tilde sobre la i minúscula, para evitar que la presencia de dos de estas letras seguidas fuese confundida con una “u” (como si hoy tuviéramos que escribir a mano y en letra cursiva el término compuesto anti-inflacionario). Por supuesto, esta innovación no fue bien recibida por todos los escribas y por algunas de las personas letradas, de manera que comenzaron a discrepar con la medida; tanto fue así, que para muchos, la acción de poner los puntos sobre las íes no pasaba de ser una prolijidad ociosa, propia de personas excesivamente meticulosas y maniáticas del esmero, sin embargo el uso de la gramática en nuestro idioma es de suma importancia pues no es lo mismo, esta, ésta que está.

Lo cortés no quita lo valiente. Este popular refrán indica, sobre todo en sus orígenes, que se equivocan aquellas personas que pensaban que porque alguien fuera de buena cuna y hubiera gozado de una educación esmerada, tuviera buenos modales... no sería capaz de defender enérgicamente sus derechos e ideas en el caso de que fuese necesario. Hoy en día este dicho todavía ha ampliado más su significado y hace también referencia a que la posesión de una virtud no impide la posesión, al mismo tiempo, de otras virtudes.

Aunque parezca mentira, Babia existe y es una apartada comarca de la provincia de León, en España, donde se originó este refrán, siendo esta población de poca fertilidad y bastante alejada de las zonas pobladas en cuyo territorio hoy se encuentran importantes pantanos de aprovechamiento hídrico.

En nuestro México utilizamos otros muchos que a veces se adaptan a los pueblos según los regionalismos utilizados, variando a veces la expresión por ejemplo cada chango a su mecate, indicando que cada uno debe hacer la labor que le corresponde, o lo que es lo mismo Zapatero a tus zapatos.

Quien calla otorga. Este refrán ya había sido incluido por el jesuita aragonés Baltasar Gracián en su conocida obra El criticón, y todavía se usa hoy en día para criticar el hecho de que una persona ante ciertas acusaciones que lo comprometen directamente, no sale en su propia defensa, lo que sin duda es interpretado por sus interlocutores como una confesión tácita de culpabilidad., o en el peor de los casos de complicidad.

El que se fue a Sevilla, perdió su silla. Cuentan que durante el reinado en Castilla de Enrique IV de Trastámara, un sobrino de don Alonso de Fonseca -arzobispo de Sevilla- fue a su vez designado arzobispo de Compostela, pero suponiendo el tío que, a causa de las revueltas que agitaban Galicia, a su sobrino le costaría mucho tomar posesión de su cargo, se ofreció para adelantarse a Santiago para allanarle las dificultades, pero a cambio, le pidió a su sobrino que lo reemplazase en los negocios. Efectivamente, así se hizo y con el mejor resultado, de manera que una vez que don Alonso, concluida la gestión, regresó a Sevilla, se halló con la desagradable sorpresa de que su sobrino se resistía a abandonar la sede que regenteaba, alegando que el arreglo había sido permanente. Para reducirlo, se hizo necesaria la intervención del Papa y hasta la del propio rey Enrique. De aquel suceso, muy comentado en su tiempo, nació el dicho que seguramente en su origen debió ser el que se fue “de” Sevilla, perdió su silla y no como lo conocemos hoy, el que se fue “a” la villa, perdió su silla, porque en realidad, don Alonso no fue a Sevilla sino a Santiago de Compostela, para lo cual debió irse de Sevilla y... dejar su silla. Sin embargo hay otros que no quieren dejar la silla por nada del mundo y menos si se trata de mantenerse en el poder.

Los refranes son expresiones que toman la forma de un enunciado; son concisos, agudos, endurecidos por el uso, que encapsulan situaciones, andan de boca en boca y funcionan como pequeñas dosis de saber, de un saber profano que se aprende conjuntamente con la lengua y tienen la virtud de saltar espontáneamente en cuanto una de esas situaciones encapsuladas se presenta. (Pérez, 1994: 29)

Los refranes constituyen para Alonso y Zurro (1977: 20) un “llamado a la sensatez” una especie de saber empírico, práctico, nacido de la experiencia múltiple de la vida y tienen como funciones comunicativas: aconsejar, ilustrar, describir, adiestrar y contrarrestar.

Y entre refranes y dichos vivimos y aprendemos pues hay infinidad de ellos, por ejemplo del plato a la boca se cae la sopa, eso que sirva para no ser tan presuntuosos de algo que no sabemos si suceda o no, o bien del dicho al hecho hay mucho trecho, mucho discurso y nada de acción, Pa’ que tanto brinco estando el suelo tan parejo, para que hacer tanto aspaviento de lo que es visible, o mucho ruido y pocas nueces, si un evento es importante por sí mismo, para que preocuparnos por la publicidad. Y al final de cuentas cada uno sabe donde le aprieta el zapato.

Los refranes y dichos son parte de nuestra cultura el uso y costumbre de ellos depende de las circunstancias y del lugar donde se viva.

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