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Menonitas que huyeron de Chihuahua 'renacen' en el Caribe mexicano

El Diario de Juárez | Sábado 03 Marzo 2018 | 17:34 hrs

Crédito: Victoria Gonzaléz/Bloomberg |

Crédito: Victoria Gonzaléz/Bloomberg |

La imagen de Ernesto Friessen Voth no encaja en el estereotipo de un campechano, pero debió acostumbrarse al gentilicio cuando acá vino a aventarlo la inseguridad que su familia, como otros menonitas norteños, enfrentó en su originario Chihuahua desde la década pasada, inicia el reportaje de El Financiero que publican este sábado.

“Venimos de Santa Clara, Chihuahua, por la inseguridad, pero también porque ya no había tierra y sabíamos producir avena y frijol, pero le aprendimos a los que llegaron de Tamaulipas a trabajar la soya y se paga mucho mejor.

“Ahorita pagaron 7 mil 200 pesos la tonelada, contra 3 mil 500 de la de maíz”, agregó.

Este hombre rubio de 1.93 metros de estatura y 25 años de edad es el arquetipo de los menonitas mexicanos cuyos proyectos improbablemente coincidieron geográficamente en la Península de Yucatán con los de Alfonso Romo Garza, un empresario bien conocido en el norte del país y quien recientemente cobró más fama como asesor del candidato a la Presidencia por Morena, Andrés Manuel López Obrador.

Ellos, con sus prácticas centenarias, y él, con capital propio y de la multinacional Cargill, detonan la producción de soya y maíz en la región, útil para alimentar a los cerdos cuyas partes consumen crecientemente habitantes de Asia, en una cadena de producción que apuntala a México como una potencia productora de carne.

La vida en Hopelchén

“La televisión está prohibida por la religión, el internet también se prohíbe. Aunque algunos sí tienen acceso, como yo, porque mando facturas, hago contratos y veo precios de la Bolsa de Chicago, pero no es para diversión; así se ha tenido que aprender para vender la soya, la mayoría que se vende es por contratos y se necesita internet”, dice Ernesto.

Su cabello apenas se asoma bajo la gorra beisbolera que nunca se quita y solo la acomoda para pensar en algunas respuestas.

El trabajo de campo es quizá lo que lo mantiene tan delgado que algunos podrían pensar que pasa hambre. Su piel blanca que parece no quemarse nunca con el sol, la sonrisa con dientes alineados y el rostro de nariz afilada son tan ajenos que podría pensarse que solo encaja bien en la nueva Santa Rosa, Hopelchén, una de las 14 comunidades menonitas recientemente asentadas en Campeche, provenientes de estados del norte del país y que surten de soya a la industria de Yucatán.

Él es responsable del acopio y venta de la cosecha, unas 17 mil toneladas que hasta hace 8 años fueron primordialmente de maíz, pero “le aprendieron” a los menonitas originarios de Tamaulipas, que están en Las Flores, Campeche, cómo producir soya y ahora cosechan 10 mil toneladas al año de ese cultivo.

“Algunos menonitas tienen tierra porque hace 14 años, cuando vino mi papá, la hectárea costaba 2 mil pesos, ahora una hectárea la venden en más de 35 mil pesos”, dijo Ernesto, quien mueve sus manos hacia atrás cuando habla del pasado y recuerda que la migración es parte de la religión, del bienestar, porque trabajan donde hay tierra.

“Algunos ya se han ido para Argentina, allá está barata la tierra y se permite sembrar soya transgénica, es más rentable”.

Ernesto domina los tres silos y dos secadoras que tiene a su cargo, controla el almacenaje de cada uno, con capacidad para 2 mil 800 toneladas. Y mientras los camiones con espacio para 45 toneladas se llenan de granos, relata que en la península está el principal comprador: “se le vende a Chiapas, pero Yucatán compra más, ‘la Hidrogenadora’ compra casi toda la soya”. Explica en referencia a la empresa yucateca Proteínas y Oléicos.

Santa Rosa, la comunidad donde vive con su esposa, se compone de 50 familias que habitan casas de un solo piso con techos a dos aguas pintadas de gris o blanco. Ninguna familia parece querer llamar la atención, ni con el color de la fachada, ni con música. Predomina el silencio.

El día empieza a las 7 de la mañana cuando los hombres se van a trabajar, ya sea al campo, al taller mecánico o a vender la cosecha; las esposas se quedan en casa limpiando, horneando el pan para la comida y cuidando a los hijos que aún no asisten a la escuela porque no han cumplido siete años.

Esa pequeña comunidad se dedica 100 por ciento al campo: “cuando llegamos acá a Campeche, en el año 2000, tenía 9 años, yo soy el mayor”.

La tradición migratoria de los menonitas los trajo desde el norte del país a la península yucateca, y su religión y forma de vida transformaron la forma de trabajar y cultivar la tierra en Campeche, lo que se ha extendido a otros estados de la región.

El primer asentamiento en Campeche llegó hace 30 años, cuando el obispo menonita avaló la compra de tierras a miembros de su grupo de La Honda, Zacatecas. Ellos fueron quienes fundaron Nuevo Progreso, en Hopelchén.

Hoy es la comunidad más grande con 400 familias en 12 mil hectáreas, es la más antigua y la única en el estado que lleva la tradición de la religión menonita al pie de la letra.

Sin embargo, las 14 comunidades restantes que se han formado en Campeche provenientes de Chihuahua, Tamaulipas, Zacatecas y Durango, se distinguen por esquivar la ortodoxia y por su producción agrícola que suma más de 25 mil hectáreas.

“Los de Nuevo Progreso son los más antiguos, se vinieron de Zacatecas hace 30 años”, comenta Ernesto, “son radicales, utilizan carretas porque la religión les prohíbe manejar carros y utilizan overoles y sombreros”.

“Algunos dejaron esa comunidad y se han marchado a otra que se llama Santa Clara o fundaron otra como Santa Fe”, afirma.

“Ya somos 14 comunidades menonitas en Campeche que producimos maíz y sorgo cuando no hay temporada de maíz. Pero lo que producimos más porque es tres veces mejor pagado, tiene más rendimiento y no requiere tanta agua, es la soya”.



Los industriales vecinos

A tres horas de Santa Rosa se encuentra el estado de Yucatán, con su piso de piedra que dificulta la siembra, pero que ahora también luce extensas plantaciones de soya.

Ahí es donde la empresa Kekén, de grupo Kuo y que también vende la marca Herdez, se ha dado a la tarea de incrementar la exportación porcícola a Asia.

Ése es el estado donde el empresario Alfonso Romo Garza “puso el ojo” desde hace 4 años para experimentar con técnicas de recuperación de suelos y en estos días cierra su primera cosecha de 20 mil toneladas en 7 mil 500 hectáreas en Tizimín, al oriente del estado.

Romo y Garza tampoco son apellidos comunes en el sur de Yucatán, pero su nueva apuesta por la que decidió invertir en esta parte del país se ha convertido en una actividad que revitaliza al campo de la entidad.

Su apuesta es sembrar soya durante el verano, cuando las lluvias del temporal arrecian y sembrar maíz en invierno con el uso de riego tecnificado, actividad que hacen pocos, como los productores de Sinaloa.

“Fue en el año 2013 cuando Romo visitó el estado de Yucatán, acompañado del empresario Fernando Senderos Mestre, presidente de Grupo Kuo, y luego con el secretario de Agricultura de ese entonces, Enrique Martínez y Martínez”, recordó el secretario de Fomento Económico del Gobierno de Yucatán, Ernesto Herrera Novelo.

“Visitaron ranchos ganaderos que se habían reconvertido a la producción de soya, en específico los del empresario Jacobo Xacur Eljure, y vieron que era viable producirla en Yucatán”.

La producción de soya, que ya era atractiva en Campeche por el trabajo entregado de los menonitas, resultaba impensable para Yucatán por el tipo de suelo pedregoso; sin embargo, Xacur, propietario de Proteínas y Oléicos, comúnmente conocida como “la Hidrogenadora”, cambió esa circunstancia.

Ésa, que es la principal aceitera e industrializadora de soya en la región, llevaba 6 años intentando cultivar soya y para 2013 consiguió cosechar 900 toneladas en suelo yucateco, significativas por la improbabilidad, pero un número marginal cuando se trata de este producto.

El logro de Xacur fue presenciado por Fernando Senderos Mestre, presidente de Kuo. También por Romo, quien visitó las tierras de Xacur en Campeche y Yucatán, y comprobó que era viable la producción de soya y había un mercado de consumo seguro: la aceitera y la engorda de pollos y cerdos. Este último sobresale por sus ventas al exterior, principalmente a Asia.

Las exportaciones de carne de cerdo pasaron de 398 millones de dólares en 2016 a 445 millones en 2017, de acuerdo con datos de la Sagarpa, un salto de 12 por ciento en 12 meses. Esos animales comen maíz y soya.

“Desde hace 10 años, el empresario Jacobo Xacur apostó a la producción del bicultivo, o rotación de cultivos, tanto en Campeche como en Yucatán”, detalló Herrera Novelo.

En un ciclo producen maíz, que consume el nitrógeno de la tierra y al cosechar, siembran la soya, que regresa el nitrógeno al subsuelo. De esta forma, en un ciclo (otoño-invierno) se siembra maíz y en el otro (primavera-verano) se siembra soya.

“En Yucatán hay agua, hay superficie y habría sido un error no apostarle a la mecanización de tierras en el estado, y vimos cómo apostarle al campo desde que el gobernador Rolando Zapata Bello era diputado federal”, señaló el funcionario. “Además, el 90 por ciento de la soya se importa a nivel nacional y aquí había la oportunidad de producirla”.

Datos de Sagarpa muestran que la demanda nacional de soya cada año es de 5 millones de toneladas para producir alimentos balanceados, extraer aceites y otros usos, pero se importa el 90 por ciento de la cantidad requerida.

La mecanización del campo yucateco se hizo realidad y de tener solo 300 hectáreas cultivadas con soya en 2013, para el ciclo primavera-verano 2017 se sembraron 11 mil hectáreas, según datos de Sagarpa.

Dentro de ese total se contabilizan las 7 mil 500 hectáreas que sembró Romo.

Para resguardar esa producción, este empresario inauguró el año pasado los nuevos silos de almacenamiento y la secadora de soya y maíz que instaló en el municipio de Tizimín, al oriente de Yucatán, bajo el nombre de Enerall y en sociedad con Cargill.

El trato garantiza la compra total por parte de Cargill y de Proteínas y Oléicos.

Al igual que Romo, empresarios yucatecos se han sentido atraídos por el cultivo de soya en verano y de maíz en invierno, pero ningún empresario ha sido tan agresivo como para cultivar 7 mil 500 hectáreas y proyectar llegar a 25 mil en 5 años; en Campeche, por el contrario, la producción es de sociedades rurales, como los menonitas. Allá cosechan 20 mil toneladas, pero sus números también aumentan.

Transformación

El trabajo de los menonitas demostró que el cultivo de maíz y soya en bicultivo eran viables, comprobando su rentabilidad y atrayendo a más productores e inversionistas de otros sectores como empresarios yucatecos del ramo de la construcción.

Si les ha atraído la soya es porque la oportunidad es sumamente atractiva: la pasta de soya y el maíz son los principales insumos de alimentos balanceados para animales y empresas como Kekén que podrían consumir hasta 15 mil toneladas de ese producto para 2020 y todo porque la empresa busca seguir satisfaciendo al insaciable mercado asiático.

Kekén transformará el municipio de Hunucmá. Instala silos en ese municipio yucateco adyacente a Mérida, justo enfrente de donde un año antes acabaron de construir la nueva cervecería de Grupo Modelo. Fuentes en el gobierno estatal aseguran que la empresa de Senderos Mestre tiene comprometida una inversión de 10 mil millones de pesos.

Grupo Kuo afirma que implementa un modelo conocido como aparcería, para incrementar la producción de carne de puerco para China, Japón, Hong Kong y Corea del Sur.

De acuerdo con estadísticas de Aduanas y Sagarpa, de enero a noviembre de 2017 se exportaron desde el puerto de Progreso, en Yucatán, más de 26 mil toneladas de carne de cerdo, de las cuales 24 mil 800 fueron a naciones asiáticas. Y la única empresa exportadora es Kekén.

En el mismo período, pero de 2010, las exportaciones totales de cerdo fueron por 6 mil 700 toneladas, pero solo llegaban a Corea y Japón.

Lo que viene

Si en este último ciclo se cosecharon 120 mil toneladas en 40 mil hectáreas, y en cada ciclo productivo se suman o incorporan nuevos productores que dejan el maíz de temporal por la soya o ranchos ganaderos que se reactivan, más el proyecto de Romo de llegar a 25 mil hectáreas en 5 años, la previsión es que la península sea un polo productivo de oleaginosas, que en su conjunto compita o esté a la altura de Tamaulipas, el principal estado productor de soya en el país.

“Solo nosotros cosechamos casi 10 mil toneladas de soya, este ciclo sí hubo mucha soya, los camiones tuvieron que esperar hasta 24 horas para descargar allá en la Hidrogenadora y el precio animó mucho, nosotros cerramos contratos con la hidrogenadora en 7 mil 200 pesos por tonelada, que fue muy bueno, y para el próximo ciclo ya se está viendo dónde rentar tierra para sembrar más, aunque también va subiendo el precio, porque antes te rentaba el ejidatario en 800 pesos la hectárea y ahora hasta en 2 mil pesos”, relató Ernesto.

Entre lo que actualmente se produce de soya en las tierras menonitas y de otros productores, más las que planea sumar Alfonso Romo, la idea es que la península yucateca produzca al menos 170 mil toneladas anuales.

La apuesta de Romo y la transformación agrícola de la península para llegar a las naciones asiáticas no se limitan a la soya.

En el plan también está incorporado el maíz, ya que terminando de cosechar la soya, inicia la siembra de granos en las tierras tecnificadas, las cuales son de Romo y de un par de empresarios yucatecos: Jacobo Xacur Eljure y Benjamín Paredes, quienes producen en el ciclo otoño-invierno, cuando no hay lluvias de temporal y prácticamente no hay producción de maíz en la región peninsular, pero sí mucha demanda, por lo que el precio que se paga por el grano es alto.

Sin embargo, la producción de maíz en ese ciclo requiere de inversiones, principalmente en el riego.

Ese problema lo tiene resuelto Romo con pivotes centrales, según datos del gobierno yucateco, lo cual garantiza la humedad necesaria del cultivo, la fertilización y que llegue a la cosecha en tiempo y forma, con Cargill como principal comprador.

En otras palabras, la agroindustria a gran escala de la península yucateca está en marcha y se alimenta de varias fuentes con estilos y capacidades distintas, que no se conocen muchas veces, pero han creado una fórmula que parece ganadora.

Ernesto no sabe que Romo es el empresario que podría dominar el cultivo de soya en Yucatán, tampoco sabe ni parece interesarle quiénes son los políticos en campaña, sabe de los partidos porque piden apoyos para sus proyectos de siembra, pero lo que sí es seguro es que antes de buscar nuevas tierras, su comunidad, Santa Rosa y Nuevo Progreso, y las otras 12 comunidades menonitas asentadas en Campeche, le habrán vendido a todas las industrias yucatecas miles de toneladas de soya.

 



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