Sullivan, sexociudad en el centro del Distrito Federal

El Universal
2013-08-19

Distrito Federal— La vida rutinaria de Silvia no la hubiera querido nadie: de la casa de seguridad a Sullivan, de la calle al hotel, del hotel a la calle, de la calle al hotel, así hasta que salía el sol y los 15, 20 ó 25 clientes por día. A veces cinco, a veces 30. La suerte nunca trata igual.
El padrote pasaba todos los días a la una de la mañana por el dinero. Si Silvia no cumplía con la cuota —tres mil pesos al día—, la subía a un coche para abofetearla y sacarle el aire del estómago, advirtiéndole que tenía una hora más para completar la cuota.
El trabajo forzado al que fue sometida durante 17 años dejó huellas imborrables en su cuerpo: su tez blanca contrasta con esas piernas que se volvieron oscuras luego de que el padrote ordenara inyectarle una sustancia tóxica.
“Aquí no queremos gatas, aquí queremos putas”, le dijo para justificar lo que harían con su cuerpo. Las inyecciones también llegaron a los senos, que fueron reconstruidos con esa sustancia que la quemó por dentro.
Los doctores que la atendieron hace 16 años le recriminaron por hacerse tales “arreglos estéticos”. Silvia no pudo decir la verdad hasta años después, cuando escapó de la esclavitud sexual.

Distrito Federal— La mayoría de las chicas que trabajan en los alrededores de Sullivan no lo hacen por voluntad propia. Cuatro ex prostitutas acompañaron a un grupo de reporteros y fotógrafos de El Universal durante un recorrido por la zona, con la finalidad de ubicar las casas de seguridad donde permanecen secuestradas las sexoservidoras.
Las chicas señalaron cinco domicilios donde los padrotes esconden a sus víctimas: Arista 36, Aldama 180 y Zaragoza 44, en la colonia Buenavista. Dr. Enrique González Martínez 85 y Chopo 26, en la colonia Santa María la Ribera. Pudimos constatar que en estos domicilios, ubicados dentro del perímetro de la delegación Cuauhtémoc, hay personas vigilando el movimiento en las calles.
Ellas dicen que son quienes se aseguran que nadie escape de las casas, cuyas características son las mismas: ventanas con barrotes, cámaras de video. Además, en la mayoría de los casos las chicas son cuidadas por un matrimonio con hijos, según su propio testimonio.
“Es difícil escapar”, dice una de ellas mientras recorremos la zona en una camioneta blindada con vidrios polarizados proporcionada por la organización Unidos contra la Trata.

Un mundo para el sexoservicio

Los proxenetas construyeron, con corrupción, un mundo para el sexoservicio a la vista de todos, en la delegación Cuauhtémoc.
En un radio de menos de cinco kilómetros encontraron la calle para ofrecerlas, los hoteles para dar el servicio sexual, las casas con vigilancia donde las esconden y las autoridades que solapan sus movimientos, denuncian la organización Unidos contra la Trata y las víctimas consultadas por este diario.
El modus operandi de los padrotes es tolerado por las autoridades, agregan, y son pocas las que han sido liberadas por la policía o han logrado escapar, y hoy tienen la suerte de contar su historia, pero marcadas para siempre, con el miedo latente, al grado de persignarse y comenzar a orar en voz bajita, apenas cruzamos Puente de Alvarado.
Hasta ahora saben que en la ciudad hay centros comerciales, parques, plazas, porque durante los años que duró la explotación sólo conocieron hoteles.
En la sexociudad los precios pueden variar, porque según el “el sapo es la pedrada”. Sin embargo, es posible hacer un cálculo. La tarifa oscila entre 200 y 600 pesos, más el hotel que cuesta alrededor de 200 pesos.
El número de clientes también varía: entre cinco y 30 por día. Sin importar el número, el padrote cobrará, su cuota: entre tres mil y ocho mil pesos. Algunas muchachas refieren que les llegaron a exigir hasta 15 mil pesos al día.
“Dame 100 y sígueme hasta el hotel, yo voy en ese Marquis blanco, la habitación la pagas tú”, suelen decir todas las noches las sexoservidoras de Sullivan.
El tiempo corre cuando abren la puerta del hotel Marín, en Antonio Caso 177; del Alfa, en Covarrubias 92, o del Detroit, en Mina 175, los tres a un kilómetro de distancia de Sullivan, custodiados todos por taxistas, padrotes y patrullas.
Al salir, el mismo guardia que les cobró 100 pesos por llevarlas las regresa a la calle. Si es fin de semana, ya hay fila de automóviles esperándolas.
Después de nueve horas de trabajo sexual forzado, y de prestar servicio hasta 30 veces a hombres alcoholizados, drogados, funcionarios de la misma delegación, policías, diputados, narcotraficantes, hombres desde los 18 y hasta los 60 años, regresaban custodiadas a alguna casa de huéspedes de la colonia Buenavista y San Rafael.

Rutina de explotación sexual

Mariana vivió una rutina de explotación sexual entre 2010 y 2012, de domingo a domingo, sin descanso ni siquiera en los días de su menstruación. Cinco minutos antes de las 10 de la noche llegaba por ella el taxi a Arista 36, un edificio de tres pisos con una azotea habitada, pintado de verde, con protecciones en las ventanas y cámaras de vigilancia en la puerta. Ninguna cortina abierta.
“Me llevaba a la calle de Sullivan, a la zona de Alicia, una de las madrotas encargada de vigilar a unas 20 chicas, con libreta en mano apuntaba todos mis movimientos para al final de la jornada entregar cuentas al padrote, que me vigilaba desde la acera de enfrente, pero me encargaba cuando tenía que ir a otros puntos de la calle de Sullivan con sus otras víctimas”, recuerda.
Cada que un automóvil se acerca la dinámica es la misma: el cliente sigue a la chica hasta el hotel: “Ahí nos esperan taxistas que forman parte de la misma red de tratantes. Nos regresan y el servicio sigue y sigue”.
Durante el día pueden salir a comer a sitios que están a menos de 200 metros de la casa de seguridad.
“Tienen gente que te vigila porque si me iba a la tienda a comprar, Juan me decía: ‘¡¿A qué chingados fuiste a la tienda?!, ¡me dijeron!’”, relata Mariana.
Nayeli cayó en manos de una banda de padrotes que la hacía trabajar 20 horas diarias. Por la mañana entraba y salía del hotel Veracruz, en la Merced, y por las noches de Sullivan, en la zona de Brenda, otra de las madrotas.

Los clientes poderosos

La organización Unidos contra la Trata señala que en la calle de Sullivan, en el tramo que va de Circuito Interior al Monumento a la Madre trabajan cerca de 200 sexoservidoras, 90% de ellas forzadas a hacerlo.
Cada segmento de la calle está controlado por una madrota o los hijos y nietos de las más antiguas. Tanya es una de ellas, con 70 años de edad ha cedido el control a “Beto”, uno de sus hijos que transporta a las chicas en un Marquis blanco de vidrios polarizados. Él vigila a unas 50 mujeres.
Unidos contra la Trata identifica a los encargados de Tanya como “Germán y ‘Beto’ Rojas”. También mencionan entre las madrotas a Alejandra Gil, Brenda, Alicia, Margarita, Lorena, América, Esther, Rosa y “El Lucas”.
Los nombres resultan familiares para las chicas. Mariana trabajó bajo la custodia de Alicia y Alejandra; Nayeli, con Brenda; Silvia fue explotada 17 años en la misma jardinera de Sullivan, primero con la madrota Soledad (hasta que la mataron) y luego con los hijos de ésta, quienes recibieron a Silvia como herencia. María, otra de las chicas, escapó de la zona de Tanya.
“Cómo podíamos pedir ayuda si nuestros clientes eran muchas veces policías, gente con credenciales de la delegación Cuauhtémoc, diputados o narcotraficantes”, señala Nayeli, quien llegó a Sullivan a los 14 años, razón por la cual era de las más solicitadas.
“Un diputado me compraba por tres horas y pagaba siete mil 500 pesos”, dice. Sabe que es diputado porque las chicas lo conocían. “Ya había violado casi a todas y varias veces vi carteles en las calles con su foto”, recuerda.
Nayeli llegó a Sullivan como las demás, engañada por un padrote que la enamoró en menos de un mes, y después la puso a trabajar de prostituta, amenazada de muerte si escapaba.
Recuerda que en noviembre de 2012 llegó hasta la calle de Sullivan una camioneta tipo limusina, color amarillo, con 14 narcotraficantes a contratar 14 chicas de la calle: “Sé que eran del cártel de Sinaloa porque cuando llegamos al cuarto uno sacó las armas, las dejó en el buró y le vi, con cara de miedo, un tatuaje. Le pregunté qué significaba y me dijo que cártel de Sinaloa”.
“No tengas miedo —le dijo—. No te voy a disparar”. Las contrataron por dos horas en el hotel Alfa y, durante el sexoservicio, el lugar estuvo resguardado por personal de los mismos narcotraficantes. Después de pagar se fueron.
A Mariana le tocaron clientes con cargos importantes en la delegación Cuauhtémoc, también policías: “Llegaban y ponían sus armas en la orilla de la cama y se portaban prepotentes, me insultaban, me llamaban puta”.
Silvia recuerda que en 1993 se escapó de un cuarto del hotel Alfa y se fue a la delegación Cuauhtémoc, a denunciar al padrote. Él la encontró rápido, le puso el documento en la cara y le dijo: “Mira tus pendejadas, síguele y te mato puta”.
“Si las autoridades me hubieran hecho caso, no estaríamos 18 años después contando la misma historia, se pudieron evitar miles de historias más como la mía”, recrimina Silvia, hoy de 40 años.
Fue en diciembre de 1989 cuando llegó de Sinaloa, directamente a Sullivan. Ese mismo día nació Mariana y 23 años después las dos cuentan su historia en un restaurante de la ciudad.
“En todo este tiempo los padrotes no han cambiado de estrategias, enamoran en menos de un mes, alejan a sus víctimas de sus lugares de origen, les prohíben hablar con sus compañeras aunque estén a un metro de distancia, las vigilan, las llevan a vivir y a trabajar a la misma zona”, narra.
Desde entonces se mojan esponjas con alcohol para introducirlas en la vagina los días de menstruación. También se les practican abortos en Tenancingo, Tlaxcala, municipio conocido como “la cuna de los padrotes”, donde 30% de la población se dedica a la trata de personas.

Y nadie hace (casi) nada.

Rosi Orozco, presidenta de la organización Unidos contra la Trata, asegura que autoridades de la delegación Cuauhtémoc han estado coludidas con las redes de tratantes: “Me parece que esta nueva administración sí quiere hacer la diferencia, el gobierno de Alejandro Fernández Ramírez tiene por lo menos la disposición de limpiar a la gente que está coludida”.
Mariana, Nayeli, Silvia y María aseguran que no hay voluntad de las autoridades. Después de pasar días, meses o años lejos de Sullivan, ven tras los vidrios polarizados de la camioneta blindada en la que recorremos la zona que los delitos se siguen cometiendo. Los edificios donde vivían secuestradas siguen hospedando a chicas, los hoteles siguen operando y las madrotas siguen vigilando. En el panorama de la sexociudad amurallada sólo ven un cambio: caras nuevas en la banqueta de Sullivan.
Sólo uno de los padrotes que las explotaba sexualmente está en la cárcel, los otros tres siguen prófugos. Las cuatro denunciaron ante la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF). Mariana, Silvia y María, después de escaparse; Nayeli, tras ser rescatada en un operativo policiaco.
Víctimas de trata denuncian que “padrotes” construyeron, con corrupción, un pequeño mundo alrededor de la calle de Sullivan. Acompañadas por El Universal, cuatro chicas que recuperaron su libertad recorrieron un radio de cinco kilómetros en torno a la delegación Cuauhtémoc e identificaron casas de seguridad, hoteles y calles donde sus ex compañeras aún son obligadas a prostituirse. (El Universal)

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