Conspiró EU contra doctor mexicano que abogaba por legalizar la mariguana

Milenio
2013-05-05

Washington— Esa caja de cartón amarillento contenía las evidencias condenatorias. Todo lo necesario para comprender un complot diplomático urdido por las más altas figuras de Washington. Tenía en mis manos las claves para descifrar la increíble historia de cómo Estados Unidos orquestó la caída de un científico mexicano que buscaba legalizar la mariguana en México. Todo un escándalo.

La caja pesaba unos cinco kilos y tenía el número 35 escrito con rotulador negro en el dorso. No me la dio un espía. Quisiera decir que fue un trueque llevado a cabo en un puente oscuro junto al Potomac, o en el estacionamiento 32 D del edificio Rosslyn, en donde Garganta profunda y Bob Woodward intercambiaron todos los datos sobre Watergate. La verdad es que me fue entregada de mala gana por un adolescente. Un asistente de biblioteca con cara de aburrido y enormes audífonos colgándole del cuello.

—Tiene que regresarla antes de las cinco— me dijo antes de marcharse.

Cuando me aseguré que ya se había ido, destapé la urna de cartón con cierta reverencia, sin saber lo que podría encontrar en su interior. Por única guía tenía lo que me insinuaba la respuesta a una solicitud de acceso a la información que había hecho semanas antes en el Archivo Nacional de Estados Unidos: “Estimado señor Michel, el tema 1916-1970 del Buró Federal de Narcóticos y Drogas Peligrosas (BNDD) incluye un expediente titulado Cabezas de Opio en México”.

Y en efecto, ahí, entre polvo y cartón desintegrado, estaba ese expediente del Buró, el tatarabuelo de la DEA. Justo entre los archivos de la M de Manchuria y la P de Perú. Toda una colección de cables diplomáticos, memorandos y cartas acumuladas a lo largo de medio siglo de política antinarcóticos estadunidense en territorio mexicano. Un caudal de información sensible que ha estado resguardado por años en la bóveda climatizada de la sede alterna del Archivo Nacional de Estados Unidos, en el adormilado pueblo estudiantil de College Park, a una hora de Washington DC.

La recopilación arrancaba en los años finales de la Revolución Mexicana y se extendía hasta los inicios de la presidencia de Luis Echeverría. Hoja tras hoja, era confirmación histórica del intervencionismo ejercido por Washington en México para que sus autoridades se plegaran a políticas dictadas desde la Casa Blanca. Había documentos que hasta permitían reconstruir la presión ejercida para que el gobierno mexicano eliminara su Reglamento Federal de Toxicomanías de 1938, una ley que por un breve espacio permitió el consumo legal de mariguana en nuestro país.

Sorpresivamente, muchos de los despachos diplomáticos tenían estilo propio, casi forma narrativa. Algunos parecían fragmentos de novelas de aventuras. Eran historias con principio, clímax y desenlace, surgidas del puño y letra de funcionarios que sabían escribir. Les imaginé como hombres de acción con una vena eminentemente epistolar, algo que tendría lugar en una novela de John Le Carré.

La caja 35 era una especie de Wikileaks antediluviano, una mina de oro con anécdotas como la de la bustona contrabandista rubia que solía embobar a la Patrulla Fronteriza en Arizona mientras sus cómplices cruzaban embarques de opio, o una red de cocaína que se extendía desde París hasta Mazatlán vía romántico barco de vapor. Pero de entre esa montaña de documentos, uno terminó atrapando mi atención. Tenía la carátula café. Se titulaba: “Dr. Salazar Viniegra-México”.

El folder, repleto de papeles cebolla que ya se habían tornado amarillos en las esquinas, desprendía un tufo arqueológico. A leguas era posible ver que no había sido abierto en un buen rato, aunque en algunos trazos con pluma roja que salpicaban distintos párrafos se podía apreciar que su contenido no era virgen. Ya había sido espulgado antes.

Metódicamente, un investigador se había dado a la tarea de subrayar ese nombre —Leopoldo Salazar Viniegra— una y otra vez.*

Sobre los demás, el dossier destacaba porque era el único dedicado a un solo hombre. Había fácilmente unos 100 documentos de la embajada de Estados Unidos, el Departamento de Estado, el FBI, el Buró de Narcóticos y Drogas Peligrosas y el Departamento del Tesoro sobre las actividades de Salazar Viniegra. Había estado sometido a un trato inusual, digno solo de una persona de gran interés en Washington.

***

Leopoldo Salazar Viniegra fue director del Departamento de Salubridad Pública durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Hoy, este hombre es recordado entre los simpatizantes de la mariguana como una especie de gurú, todo un personaje adelantado a su tiempo por varias décadas. Quizá se le podría definir como un científico loco (ciertamente cubría el arquetipo). Pero si una palabra puede enmarcarle, es la de paria.

El doctor verde entró al radar de Washington en agosto de 1938, cuando un agente aduanal estadunidense que estaba por reunirse con él recibió una carta del Departamento del Tesoro con instrucciones precisas sobre no aceptar ningún cigarrillo, pues podría estar mezclado con cannabis. “Se le recomienda tener cuidado por si trata de darle uno para fumar”, alertaba la misiva.

La carta estaba dirigida al agente H.S. Creighton, del servicio de Aduanas; se le pedía indagar reportes sobre un científico mexicano indebidamente interesado en el “tabaco del diablo”. Durante varias sesiones del Comité Mexicano de Drogas y Narcóticos, este investigador supuestamente había distribuido cigarrillos de mariguana para demostrar que no causaba daño alguno.

Casi un mes después, el 15 de septiembre, Creighton comunicó los resultados de su indagatoria y la conversación que sostuvo con Salazar Viniegra, charla en la que éste le dejó literalmente en shock al proponer —¡blasfemia!— que la mariguana fuese vendida en los estanquillos de la esquina, como se hacía y se hace con el tabaco.

“El doctor Salazar me dijo que su experiencia en torno al uso de la mariguana le había convencido de que en sí no era dañina y que no generaba ningún efecto negativo, más allá de los causados por la sugestión psicológica”, resumió el agente. En un párrafo subsecuente puede notarse su indignación, luego de que Salazar Viniegra confesara que experimentaba los efectos de la cannabis consigo mismo.

“La fuma con impunidad”, informó.

En otro punto, el dossier continúa con un discurso que Salazar Viniegra envió en octubre a la embajada mexicana en Suiza, para ser presentado ante la Liga de las Naciones. Por recomendación suya, México debía asumir la defensa internacional de la “mota”.

Esto fue lo que declaró el gobierno mexicano, ante los demás países, a instancias de Salazar Viniegra:

“… la mayoría de las sensaciones y acciones que los fumadores de mariguana le atribuyen a la droga son, en realidad, resultado de la imaginación (…) en ningún caso ha ocurrido jamás que un adicto a la mariguana, ya supiera que la fumaba o no y estando bajo la influencia de sus supuestas alucinaciones, perdiera su poder mental de razonamiento o su capacidad de pensar. Por ende, no es legítimo atribuir actos criminales cometidos bajo la influencia de esa droga”.

Una declaración así no podía pasar desapercibida en Washington. El 21 de octubre de 1938, el asunto llegó a ojos del secretario de Estado de Estados Unidos, Cordell Hull. Arribó en la forma de una carta enviada por el consulado estadunidense en la Ciudad de México, donde se advertía que las ideas del doctor habían entrado de lleno al terreno de lo peligroso.

Salazar Viniegra la había hecho grande. Su fama y sus tesis ya estaban en el escritorio de uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos.

***

El primero de noviembre de 1938, la embajada de Estados Unidos remitió a Washington un recorte de prensa titulado: “Serias acusaciones contra Salazar Viniegra”. Narraba una nota aparecida días antes en el diario Excélsior, que reproducía una denuncia formulada por el padre de un paciente del asilo mental de La Castañeda, en ese entonces bajo el mando del equipo de Salazar Viniegra. La queja apuntaba a que todos los enfermos ahí recluidos estaban siendo obligados a fumar mariguana como parte de un experimento.

Media docena de recortes de prensa fueron enviados al despacho de Hull en esos días. Eran extractos de artículos altamente críticos a Salazar Viniegra, todos vinculados al caso La Castañeda. Uno, aparecido en El Universal, tenía el siguiente encabezado: “Un Monumento para el doctor Viniegra en Mariguanalandia”.

Para el 15 de noviembre, Washington ya había indagado a fondo sobre los experimentos y lo hizo presencialmente. Envío a uno de sus diplomáticos a visitar a los todos colaboradores del doctor verde en el manicomio.

Como resultado de esa visita, se remitió al norte un despacho marcado como “confidencial” y del cual se desprende una escena que bien pudo haber sido extraída de una novela de humor negro. Se desarrolla en la oficina del director de La Castañeda.

El funcionario estadunidense lo interroga sobre los experimentos que se han realizado en el sanatorio, la metodología, los efectos detectados entre los usuarios. El mexicano replica que no se ha registrado ningún brote psicótico y que los pacientes que han fumado mariguana solo reportaron “tener la boca seca”.

Acto seguido, el diplomático expresó su deseo de atender uno de los experimentos, solicitud que le fue concedida. Un cable posterior revelaría que el nombre de ese funcionario estadunidense tan curioso era el de Norman L. Christensen. Nada más y nada menos, que el vicecónsul de Estados Unidos en México.

Esto informa el reporte de su visita al manicomio: “El ‘experimento en sí fue superficial. Tres pacientes molieron la hierba y tiraron las semillas que, argumentaron, les daban dolores de cabeza. Hicieron cigarros rudimentarios y comenzaron a fumar. Uno de los pacientes dio un cigarrillo de mariguana al señor Christensen, que fue fumado algunas veces y después fue regresado al paciente”.

La redacción del cable deja abierta la duda. Del inglés al español no se traduce bien. Y no permite definir por completo si Christensen solo tomó un “churro” que había sido fumado unas veces por los pacientes o si lo fumó y lo roló, convirtiéndose quizá en uno de los primeros burócratas estadounidenses que debió drogarse por la patria.

***

Eventualmente, Washington comenzó a tramar la caída de Salazar Viniegra. El comisionado del Buró Federal de Narcóticos y Drogas Peligrosas, Harry J. Anslinger, orquestó una campaña internacional para desacreditar sus teorías de cara a la 24 reunión del Comité de Tráfico de Opio y Otras Drogas Peligrosas de la Liga de las Naciones, prevista para junio de 1939. En el encuentro, que se llevaría a cabo en Ginebra, el mexicano estaba inscrito como orador central de la delegación mexicana. Expondría su tesis ante delegaciones de todo el mundo. La mariguana, plantearía, debía estar abierta a la humanidad.

Según consta en distintas cartas incluidas en la caja 35, Anslinger pidió a especialistas afines redactar artículos críticos, buscando enrarecer el ambiente lo más posible y al mismo tiempo echar por tierra la teoría del doctor mexicano sobre que la mariguana no era dañina. Los artículos fueron ampliamente distribuidos en las semanas previas a la cumbre.

El clímax de la presión vino en julio de ese año. Justo a unos días de su participación en el encuentro, Salazar Viniegra fue invitado al consulado de Estados Unidos en Ginebra. La minuta de esa reunión, llevada a cabo el 27 de mayo, da cuenta de lo que sobre él opinaban los diplomáticos de Washington en Suiza: “Es un novato y no tiene experiencia. La forma en la que habla indica una inestabilidad de carácter y pensamiento”.

Este es el momento clave del relato del complot. Por alguna razón, luego de ese encuentro Salazar Viniegra regresó a México. No pronunció su discurso ante la Liga de las Naciones, según se aprecia en la transcripción de la cumbre. Su lugar fue tomado por el representante alterno mexicano, quien simplemente señaló: “Ojalá hubiera sido posible que el doctor Leopoldo Salazar Viniegra (…) hubiera podido explicar el propósito y el objetivo de distintas leyes. Pero ha sido compelido a dejar Ginebra antes de lo esperado”.

Meses más tarde, El doctor verde renunciaría a su cargo y México daría un giro marcadamente prohibicionista. En la caja 35, el gurú, el paria, no vuelve a aparecer sino hasta en noviembre de 1939, cuando una carta suya fue entregada, de todas las personas posibles, a Anslinger.

Quizá Salazar Viniegra no sabía que el temido comisionado había sido uno de los principales responsables de su caída. Pero el doctor pedía su intervención para ayudarle a participar en las investigaciones que estaba realizando la Universidad de Harvard en torno a los efectos del cannabis.

“Siempre suyo, doctor Leopoldo Salazar Viniegra”, firmó en la carta que terminó en manos nada menos que de su némesis.

*El reconocido investigador Luis Astorga tuvo acceso a los documentos muchos años antes. Publicó una extensa crónica sobre Sánchez Viniegra y la política antinarcóticos de Estados Unidos en México en su libro El siglo de las drogas, editorial Espasa. 1991.

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