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El Islam en la frontera: una comunidad naciente

Luis Chaparro/Jesús Salas
Especial para El Diario | Domingo 25 Agosto 2013 | 20:08 hrs

Bajo la sombra de un gigantesco árbol del Parque Central convive un pequeño grupo. Entre ellos destaca Aisha, quien viste su hijab, un velo que cubre su cabello y sólo deja ver su rostro blanco, apacible. Ha traído consigo a su hijo Joseph, vestido con un kufi, sombrero tejido que se aferra a su pequeña cabeza, y una camiseta negra con una leyenda en árabe al centro. Alrededor hay jóvenes curiosos, parejas que murmuran, familias que lanzan miradas al grupo. Lejos se escucha que alguien dice: “árabes”.

En Ciudad Juárez la palabra Islam aún suena desentonada. El ruido en torno a la palabra aún pesa más que la melodía de sus cinco letras. Así lo dice Aisha, la primera juarense convertida al Islam. Y también Javier, Maryam y Wazir. Lo repiten los 20 musulmanes conversos que viven en esta ciudad entre 1.4 millones de habitantes.

El número de miembros de esa comunidad puede ser casi insignificante, pero cuando se tiene en cuenta la rapidez de su conformación, crece en importancia: en 2009 esta ciudad era el hogar de apenas dos musulmanes recién conversos.

Slim, la puerta de entrada

En el Archivo Histórico de la nación hay una carta fechada el 9 de agosto de 1927, firmada por Julián Slim Haddad, un inmigrante libanés llegado veinte años atrás cuando apenas tenía 14. La carta, un memorial tan extenso como una autobiografía, fue enviada al presidente Plutarco Elías Calles y relataba dos realidades de aquel entonces que con los años han quedado archivadas junto al documento: una, que las leyes mexicanas incitaban abiertamente al racismo, y la otra, que había una fuerte ola de migrantes árabes buscando refugio en México.

Slim Haddad, padre del actual hombre más rico de México, el tercero en el mundo, pedía al presidente que se respetara a la comunidad libanesa en México. Le explicaba, en calidad de presidente de la Cámara de Comercio Libanesa, que su pueblo no era tan diferente al de Calles.

“El libanés se caracteriza por su actividad en el trabajo, por su economía, por su sencillez, por la facilidad y prontitud con que aprende el idioma del país al que llega y en donde vive pacíficamente, en especial en aquellos que, como México, conservan un depósito sagrado de independencia personal y de amor a la patria”.

Con estas mismas palabras, el comerciante quería decir al Gobierno mexicano que terminara con las leyes de extranjería celebradas ese mismo año, que restringía la inmigración de “negros, indobritánicos, sirios, libaneses, armenios, palestinos, árabes, turcos y chinos”, con el fin de proteger el empleo nacional, evitar la mezcla de razas y que dejaran de usar el territorio mexicano como un punto de entrada a Estados Unidos.

Hasta 1950, debido a estas restricciones, no había en México más de 400 musulmanes. De éstos, unos 300 se refugiaron en la zona metropolitana de La Laguna, Torreón, un lugar idílico para la agricultura y abierto a la migración desde la década de los 30 por el presidente Lázaro Cárdenas. Allí se mantuvieron como sombras, en silencio, hasta la llegada del presidente Carlos Salinas de Gortari en 1988, quien abrió el registro a los musulmanes en México.

Sin embargo, dos años antes, la comunidad ya trabajaba en un proyecto: la mezquita de Suraya, la primera establecida en México, terminada en 1989 y abierta hasta 2001. Paralelo a la construcción de esta mezquita, llegaba a la Ciudad de México el inglés Omar Weston, uno de los musulmanes con más seguidores en el país. Weston abrió la mezquita de Dar as Salam en Tequesquitengo, Morelos, en 2003. Y en 1996, 300 indígenas tzetzales en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, se convierten al Islam mediante el inmigrante español Aureliano Pérez Iruela.

Durante la década de los noventa estas tres comunidades mantienen un número estable de seguidores, no más de 400 en Torreón, donde la mayoría son musulmanes originales, unos 500 en la Ciudad de México, todos conversos y unos 300 indígenas en Chiapas igualmente conversos. Pero habrían de caer las Torres Gemelas en Nueva York para impulsar un “boom” de conversiones al Islam en territorio mexicano y esperar a 2009 para que llegara a esta frontera.

9/11: el comienzo de la conversión

El doctor Zidane Zeraoui, investigador del Tecnológico de Monterrey, un argelino residente de aquella urbe, ha viajado a las principales mezquitas en México: Torreón, Chiapas y el Estado de México. Su meta era incluir un capítulo nuevo en la segunda edición de su libro Islam y Política, editado por Editorial Trillas este año. Pero en su viaje encontró algo más: la principal razón de la conversión de mexicanos al Islam es una extraña admiración hacia el “único pueblo que lastimó al imperio estadounidense”.

Alas 8 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, el vuelo 11 de American Airlines con 92 personas a bordo despegó del Aeropuerto Internacional Logan de Boston rumbo a Los Ángeles. Allí comenzaba el mayor atentado terrorista adjudicado a 19 miembros de la red yihadista al Qaida que daría muerte a cerca de 3 mil personas en Estados Unidos.

En una llamada por Skype al doctor Zeraoui, un hombre con un marcado acento extranjero y considerado uno de los académicos más importantes en el Islam en México, explica que estos atentados tuvieron un impacto indirectamente positivo para el Islam aquí.

“En México se sabía muy poco del Islam, pero cuando se comienza a hablar de Medio Oriente en los canales de televisión, todo mundo voltea y se pregunta ¿qué es el Islam? y entonces comienza una curiosidad que termina por convencer y convertir a muchos”, comenta.

–¿Es decir que se hizo atractiva esta religión para México? –se le pregunta.

–Desde luego. Dentro de los testimonios, cientos de ellos, que rescaté en México, una de las principales razones que se repetían una y otra vez era porque los musulmanes o al menos una pequeña fracción de ellos se atrevieron a atacar a Estados Unidos.

Los sunitas

Cuando encontramos a la comunidad en el Parque Central, un sábado a las 5 de la tarde, los varones del grupo se apresuran a extender su mano para saludar. Las mujeres esperan y haciendo una breve reverencia dicen “Salam Aleikum”, la paz sea contigo.

–Disculpe que no les dije antes, pero por respeto las mujeres no damos la mano –explica Aisha sonriente.

–¿Hay algunas otras costumbres que debamos tener en cuenta para no faltarles al respeto?

–No es falta de respeto, sin embargo hay algunas reglas: si una mujer está sola en un lugar cerrado no puede estar un varón con ella, hay que esperar a que lleguen más personas, por eso hoy hemos venido mis hermanos musulmanes y yo. Un musulmán no puede sentarse a la mesa con alguien que está comiendo puerco o ingiriendo bebidas alcohólicas. Creo que por ahora esas son las más importantes.

Los dos niños que han acompañado a la comunidad se alejan persiguiendo a los patos del parque. Las mujeres, excepto Aisha, se retiran a vigilarlos desde una banca.

–Este es nuestro libro sagrado –Aisha saca de su bolso un pequeño ejemplar del Corán en español.

–Este lo puedo cargar así, en el bolso porque es menos sagrado que el que está en el idioma original, en árabe.

La comunidad juarense, relata Aisha, está comenzando a aprender árabe. Dice que es importante y necesario para poder seguir con lo que Alá mandó: leer las escrituras como fueron plasmadas por los profetas.

–¿Quiénes son los profetas?

–Nuh (Noé), Ibrahim (Abraham), Musa (Moisés), Isa (Jesús) y Muhammad (Mahoma), la paz y las bendiciones de Dios sean con él.

Javier, uno de los pocos hombres de la comunidad musulmana juarense, explica que el idioma árabe no es sencillo, pero que ahora que se ha comenzado a conformar un grupo de islámicos aquí –“gracias a la hermana Aisha”–, comenzarán a tomar clases.

Los 20 miembros del grupo se consideran sunitas, una de las tres principales formas de interpretar el Islam en el mundo. Los sunitas son musulmanes ortodoxos y representan el 90 por ciento del mundo islámico. A diferencia de los chiítas, una minoría global y considerados fundamentalistas, los Sunitas no creen en la figura del ayatolá, un líder espiritual con poderes ejecutivos en el Estado.

Aisha, Javier, Maryam y el resto de la comunidad dejan en claro que lo que desean es que Ciudad Juárez los vea con la mirada correcta, como una comunidad de paz, que da la bienvenida a quien se acerca y que, al igual que ellos recibieron las respuestas de Alá, están dispuestos a compartirlas.

‘Me he convertido al Islam’

La noche del 25 de marzo de 2010 Javier, recién casado, se acostó en la misma cama donde su mujer lo esperaba. Había silencio dentro y fuera de la mediana casa en el norte de Ciudad Juárez. Luego Javier pronunció unas palabras que cambiarían la vida de la pareja: “Hoy me convertí al Islam”. Horas antes, durante la tarde de ese jueves, ese hombre delgado de mirada atenta bajo unos lentes de pasta, había llamado a Monterrey y afirmado su oración de paz. Desde entonces formaría parte de la pequeña comunidad creciente de musulmanes aquí.

En 2005 Javier vivía en Monterrey. Había conocido a un hombre de Senegal, África, quien practicaba el Islam.

–Fue por curiosidad –responde Javier a la pregunta de cómo llegó al Islam. Hoy ha traído a su esposa y a su único hijo, un pequeño de 2 años.

–¿Tu amigo de Senegal te invitó al Islam?

–No realmente, yo lo veía que rezaba y que leía el Corán y me dio curiosidad. Pero cuando me convencí fue cuando vi su boda, me llenó de emociones estar ahí.

–Tú estabas por casarte.

–Sí, y por la Iglesia católica, entonces dejé de leer porque sabía que podía destruir mi matrimonio –dice con la mirada al piso, las manos tomadas al frente. Pero Javier tuvo suerte: en un intento de su esposa por alejarlo del Islam, luego de una investigación de tres meses, ella terminó por abrazar la misma religión.

–Fue una bendición de Alá –dice.

Ahora ambos forman parte de la comunidad de Ciudad Juárez. Él se convirtió vía teléfono, igual que ella. Los convirtió su amigo senegalés desde Monterrey, de la misma manera que la gran mayoría de los musulmanes juarenses.

La historia de Aisha hacia el Islam puede no parecer de fantasía, a diferencia de la de Javier, pero, como ella lo dice, está llena de misericordia.

Por el mismo año que Javier estaba contrayendo matrimonio, Aisha conoció a un hombre egipcio por Internet. Eran las mismas fechas en que le habían diagnosticado cáncer y había comenzado a recorrer el camino de preguntas de un desahuciado: ¿Por qué a mí? ¿Dónde está mi fe? Aisha aún se llamaba María Luisa Alfaro y era cristiana.

–En el Islam encontré respuesta a las preguntas que ni hombres muy estudiados me pudieron responder.

–¿Qué pasó con el cáncer?

–Desapareció –Aisha hace una larga pausa para esperar a que su respuesta sea digerida.

–Ya no tengo cáncer, los doctores tampoco lo pueden creer.

Aquel hombre egipcio, del que prefiere no decir nombres, le recomendó leer sobre el Islam. Le dio algunos libros y le habló de Alá en conversaciones por Facebook. Y entonces ella tomó una decisión: estoy convencida de querer ser musulmana.

–¿Cómo fue esa tarde de su conversión?

–Una tarde maravillosa, llamé a una mujer en Monterrey para decirle que quería hacer la oración de fe, y a los tres minutos ya era una mujer nueva –relata. Sus ojos vidriosos dicen lo mismo que ella.

–Fue una tarde en que hubo mucho llanto, pero de alegría.

Aisha, la mujer que nunca muere

María Luisa Alfaro, una chef empleada por una pequeña empresa de repostería tuvo cáncer, murió y renació en Aisha Salahuddin, la dueña de su propia empresa de cocina. De ahí su nuevo nombre, que significa “la mujer que nunca muere, la que renace”.

A Aisha le gusta cocinar, leer el Corán y el reggaetón.

–Eso es lo único que me ha costado trabajo dejar.

–¿El reggaetón?

–Lo más difícil es dejar la música, porque las letras van en contra de lo que dice mi Corán.

Javier, quien escucha a un lado, asiente.

–¿Tú tampoco has dejado la música, digamos, secular?

–No. Yo era metalero, escuchaba bandas de metal pesado con letras satánicas. No digo que ya dejé el metal, pero ahora escucho un metal más relajado, con otro tipo de letras.

Aisha dice que recientemente encontró artistas de reggaetón con letras musulmanas.

–Es en lo que estoy ahorita, es lo mismo, la misma música, pero con letras que alaban a Alá.

Javier ha hecho lo mismo. Ha encontrado el mismo estruendo de las guitarras eléctricas y las baterías ruidosas con una letra que habla del “gran amor que tiene Alá”.

–¿No ha sido difícil vestir un hijab?

–Lo que sucede es que no es obligatorio –responde Aisha.

–Cuando trabajaba en ese lugar como chef, irónicamente mi jefe me pedía que me quitara el velo, pero no tenía sentido porque así era hasta más higiénico. Entonces decidí poner mi propio negocio de bufete.

Aisha, la fundadora del único grupo de musulmanes aquí, es así. Independiente. Si su jefe no respeta sus decisiones ella sale y crea su propio negocio. Así ha sido con su familia, principalmente católica. Incluso antes de su conversión al Islam ella había aceptado al cristianismo, a pesar de sus familiares. Y así fue también con el Instituto Federal Electoral.

Cuando muestra su credencial para votar lo primero que llama la atención es que no se ha tenido que quitar el hijab.

–¿Cómo lograste esto?

–Me llevé una montaña de documentos e información que había estudiado antes, las leyes electorales, mis derechos como mexicana, y en ningún lado decía que no podía usar velo. Si las monjas pueden usar su hábito, ¿por qué yo no puedo usar un hijab?

Luego de debatir por horas con el IFE, finalmente aceptaron su petición. En su credencial hay una mujer sonriente, metida en un velo sencillo, bajo el nombre de María Luisa Alfaro, pero el rostro es el de Aisha.

Una victoria ante el IFE

Mónica Sofía Íñigo, subdirectora de Seguimiento Normativo del IFE ha expedido un documento histórico orillada por Aisha: “(...) la comunidad musulmana de mujeres, puede aparecer en la foto portando el hijab, al igual que las monjas católicas pueden aparecer en la fotografía oficial portando el velo característico”.

El 2 de diciembre de 2012 Aisha presentó su queja ante la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, mediante el cual se exponía una solicitud al Instituto Federal Electoral para que la comunidad de mujeres musulmanas en México, pudiera obtener su credencial para votar, usando el hijab.

Íñigo explicó a Aisha en la misma carta que no existe ninguna restricción para la expedición de la identificación oficial a la comunidad de mujeres musulmanas, “siempre y cuando se cumplan con los requisitos previstos por la normatividad vigente en materia electoral”.

Para Aisha ha sido una gran victoria desde que ha decidido portar el hijab en todo momento, sin exceptuar los trámites burocráticos.

–En el Corán dice que debo cubrirme por respeto y obediencia, no porque esté oprimida, sino por respeto a mi Dios y a mí misma, y así, comprendiéndolo, es muy fácil de llevar, yo decido si lo porto o no. (Luis Chaparro/Jesús Salas/Especial para El Diario)



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