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'Hecho en Italia': La explotación laboral de las marcas de lujo

The New York Times | Viernes 21 Septiembre 2018 | 16:02 hrs

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A mediados de este año, en un apartamento en un segundo piso en el pueblo de Santeramo in Colle, al sur de Italia, una mujer de mediana edad estaba sentada en una silla negra acolchada y trabajaba arduamente sobre la mesa de su cocina. Cosía con cuidado un sofisticado abrigo de lana, del tipo que se venderá a un precio de entre 800 y 2000 euros (935 a 2340 dólares) cuando llegue a las tiendas como parte de la colección otoño-invierno de MaxMara, la marca de moda de lujo italiana.

Sin embargo, la mujer, que pidió permanecer en el anonimato por miedo a perder su sustento, recibe solo un euro por metro de tela finalizado de parte de la fábrica que le da empleo.

Para el trabajo sin regulaciones que lleva a cabo en su apartamento, la subcontrata una fábrica local que también manufactura ropa de calle para algunas de las marcas más conocidas en la industria del lujo, incluidas Louis Vuitton y Fendi. Lo más que ha ganado fueron 24 euros por un abrigo completo, cuenta.

El trabajo en casa —que se hace desde el hogar o en un pequeño taller en lugar de en una fábrica— es una pieza fundacional de la cadena de suministro de la moda rápida. Es especialmente común en países como India, Bangladés, Vietnam y China, donde millones de trabajadores en casa, mal pagados y predominantemente mujeres, son algunos de los menos protegidos de la industria, debido a su estado laboral irregular, su aislamiento y su falta de recursos legales.

No obstante, esas mismas condiciones existen en Italia y el hecho de que faciliten la producción de algunos de los artículos de vestir más caros que existen puede impactar a quienes consideran la etiqueta de “Hecho en Italia” como un símbolo de elaboración sofisticada.

La presión por la globalización y la competencia creciente en todos los niveles del mercado significan que el supuesto implícito en la promesa del lujo —que parte del valor de tal bien es que está hecho en las mejores condiciones, por trabajadores altamente capacitados que reciben un pago justo— a veces está amenazado.

Aunque no se les expone a lo que la mayoría de la gente considera condiciones de explotación, los trabajadores en casa reciben algo cercano a los sueldos de los empleados explotados. En Italia no hay un salario mínimo nacional, pero muchos sindicatos y consultoras consideran que aproximadamente entre 5 y 7 euros la hora es un estándar apropiado. En casos extremadamente raros, un trabajador altamente capacitado puede ganar hasta 8 o 10 euros la hora. Sin embargo, quienes trabajan en casa ganan considerablemente menos, sin importar si se desempeñan como curtidores, bordadores o en alguna otra tarea artesanal.

“Sé que no me pagan lo que merezco, pero aquí en Apulia los sueldos son muy bajos y, al final, me encanta lo que hago”, dijo otra costurera desde el taller en el ático de su apartamento. “Lo he hecho toda mi vida y no podría dedicarme a otra cosa”.

“Todos aceptamos que así son las cosas”, dijo la mujer tras su máquina de coser, rodeada de rollos de tela y cintas métricas.

‘Hecho en Italia’… pero ¿a qué costo?

Edificados sobre la base de la miríada de negocios pequeños y medianos de manufactura orientados a la exportación que constituyen la columna vertebral de la cuarta economía más grande de Europa, los cimientos centenarios de la leyenda “Hecho en Italia” se han tambaleado en los últimos años bajo el peso de la burocracia, el aumento de los costos y el desempleo.

“Sé que no me pagan lo que merezco, pero aquí en Apulia los sueldos son muy bajos y, al final, me encanta lo que hago”.

COSTURERA

Pocos sectores dependen tanto de la distinción manufacturera del país como el comercio de lujo, durante mucho tiempo un eje del crecimiento económico de Italia. Es responsable del cinco por ciento del producto interno bruto de ese país europeo, y se calcula que quinientas mil personas estuvieron empleadas de manera directa o indirecta por el sector de los bienes de lujo en Italia en 2017, de acuerdo con los datos de un informe de la Universidad de Bocconi y Altagamma, un organismo del comercio de lujo italiano.

Esas cifras han contado con el respaldo de las fortunas prometedoras del mercado de lujo global, que Bain & Company espera que crezca entre un seis y un ocho por ciento, a entre 276.000 y 281.000 millones de euros en 2018, impulsado en parte por el apetito de productos con la etiqueta “Hecho en Italia” en los mercados tanto establecidos como emergentes.

Sin embargo, los supuestos esfuerzos de algunas marcas de lujo y proveedores líderes para reducir costos sin socavar la calidad han tenido consecuencias en quienes operan en el extremo inferior de la industria. Es difícil cuantificar cuántos han sido afectados.

De acuerdo con datos del Istat (el Instituto Nacional Italiano de Estadística), 3,7 millones de trabajadores de todos los sectores trabajaron sin contrato en Italia en 2015. Más recientemente, en 2017, el Istat registró a 7216 trabajadores en casa, 3647 de ellos del sector manufacturero que trabajaban con contratos regulares.

No obstante, no hay datos oficiales sobre aquellos que lo hacen con contratos irregulares; nadie ha intentado cuantificar a ese grupo durante décadas.

Esta investigación de The New York Times recolectó evidencia de cerca de sesenta mujeres solo en la región de Apulia que trabajan desde casa sin un contrato regulado en el sector de la ropa. Tania Toffanin, autora de Fabbriche Invisibili (Fábrica invisible), un libro sobre la historia del trabajo en casa en Italia, calcula que en la actualidad hay entre dos mil y cuatro mil trabajadores irregulares en casa en la producción de prendas.

“Mientras más abajo vamos en la cadena de suministro, mayor el abuso”, dijo Deborah Lucchetti, de Abiti Puliti, la rama italiana de Clean Clothes Campaign, un grupo de activistas que combaten las fábricas donde los empleados sufren explotación. De acuerdo con Lucchetti, la estructura fragmentada del sector manufacturero mundial, conformado por miles de negocios medianos y pequeños, a menudo de propiedad familiar, es una razón clave para que las prácticas como el trabajo en casa sin regulaciones puedan prevalecer incluso en un país del primer mundo, como Italia.

Muchos gerentes de fábricas en Apulia enfatizaron que siguen las reglas sindicales, tratan a los trabajadores justamente y les pagan un sueldo con el que pueden vivir. Muchos dueños de fábricas añadieron que casi todas las marcas de lujo —como Gucci o Louis Vuitton— por lo general envían a personal para que revise las condiciones de trabajo y los estándares de calidad.

Cuando establecimos contacto con representantes de la corporación propietaria de Louis Vuitton, se negaron a dar comentarios para este reportaje. Un vocero de MaxMara nos envió por correo electrónico la siguiente declaración: “MaxMara considera que una cadena de suministro ética es un componente clave de los valores centrales de la empresa que se reflejan en nuestras prácticas comerciales”. Añadió que la empresa no estaba consciente de acusaciones específicas acerca de que sus proveedores emplean a trabajadores en casa, pero que había comenzado una investigación esta semana.

De acuerdo con Lucchetti, el hecho de que muchas marcas de lujo italianas subcontraten la mayor parte de la manufactura, en lugar de usar sus propias fábricas, ha creado un statu quo en el que la explotación puede propagarse fácilmente, en especial para aquellos fuera de la vista de los sindicatos o las marcas. Una gran parte de las marcas contratan a un proveedor local en una región, quien entonces negocia los contratos con las fábricas de la zona en su nombre.

“Eso hace muy difícil que haya suficiente transparencia o rendición de cuentas. Sabemos que existe el trabajo en casa. Pero está tan escondido que habrá marcas que no tengan idea de que las órdenes las surten trabajadores irregulares, fuera de las fábricas contratadas”, dijo Lucchetti.

No obstante, también dijo que estos problemas son de todos conocidos, y agregó: “Algunas marcas deben saber que podrían ser cómplices”.

Trabajo invisible

Los trabajos en casa de la industria textil que requieren una labor intensa o trabajo manual habilidoso no son nuevos en Italia. Sin embargo, muchos observadores de la industria creen que la falta de un salario mínimo nacional establecido por el gobierno ha facilitado que a muchos trabajadores en casa aún se les page una miseria.

Por lo general, los representantes sindicales negocian los sueldos, que varían por sector y sindicato, para los trabajadores. De acuerdo con Studio Rota Porta, una consultoría laboral italiana, el sueldo mínimo en la industria textil debería ser de aproximadamente 7,08 euros por hora, menor a los de otros sectores, incluidos alimentos (8,70 euros), construcción (8 euros) y finanzas (11,51 euros).

No obstante, los trabajadores que no están sindicalizados no trabajan dentro del sistema y son vulnerables a la explotación, una fuente de frustración para muchos representantes sindicales.

“Sabemos de costureras que trabajan sin contrato desde su casa en Apulia”, dijo Pietro Fiorella, representante de la Confederación General Italiana del Trabajo, el sindicato nacional más grande del país. “Pero nadie quiere acercarse a nosotros para hablar sobre sus condiciones y la subcontratación las mantiene en gran medida en la invisibilidad”.

Muchas de ellas están retiradas, dijo Fiorella, buscan la flexibilidad de un trabajo de medio tiempo para cuidar a sus familiares o quieren complementar su ingreso y tienen miedo de perder ese dinero extra.

Las elecciones nacionales de marzo en Italia llevaron al poder de manera arrasadora a un nuevo gobierno populista —con los partidos Movimiento 5 Estrellas y La Liga— y una propuesta de “decreto de dignidad” busca limitar la prevalencia de los contratos laborales a corto plazo y de que las empresas se lleven el trabajo al extranjero al tiempo que simplifica algunas reglas fiscales. No obstante, por ahora una legislación relacionada con el salario mínimo no parece estar en la agenda.

De hecho, para las mujeres como la costurera de Santeramo in Colle, cuyo nombre no se mencionó y que actualmente trabaja en otro abrigo sobre la mesa de su cocina, una reforma de cualquier tipo parece algo muy lejano.

No es que realmente le importe. La devastaría perder su ingreso adicional, dijo, y el trabajo le permite pasar tiempo con sus hijos.

“¿Qué quieren que les diga?”, dijo con un suspiro, mientras cerraba los ojos y levantaba las manos. “Es lo que es. Esto es Italia”.

Elizabeth Paton es una reportera de la sección de Estilos, que cubre los sectores de la moda y el lujo en Europa. Antes de comenzar a trabajar en The New York Times en 2015, fue reportera del Financial Times en Londres y Nueva York.



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