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Mi novia es mi vecina de abajo

Glen David Gold / The New York Times | Viernes 22 Junio 2018 | 15:41 hrs

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Estábamos buscando apartamentos dúplex en Los Ángeles y nuestro agente de bienes raíces nos había llevado a una pequeña propiedad: dos casas, una junto a la otra, en un mismo terreno.

“Es un arreglo muy de moda estos días”, dijo. “Vivir en una y rentar la otra”.

“Eso no es lo que queremos hacer”, dije.

“Está bien”, dijo, pero probablemente no nos entendió.

Mi novia y yo estábamos interesados en las dos casitas, aunque se las vendieron a otra pareja que tenía la intención de vivir en una y rentar la otra, como el agente inmobiliario había sugerido. Nosotros, por otra parte, teníamos la intención de vivir cada uno por nuestra cuenta en el mismo lugar. Era un plan que parecía incomodar a los demás.

“¿Es porque eres hija única?”, le preguntó a Sara una de sus amigas.

“Sí”, respondió ella, algo mucho más sencillo que explicar los verdaderos motivos.

En aquella época, vivíamos en extremos opuestos de San Francisco y el viaje entre una casa y otra estaba acabando con nuestro espíritu. Los escritores y los maestros todavía pueden costearse una vida en Los Ángeles, así que comenzamos a planear nuestra mudanza a esa ciudad.

“Tengo muchas ganas de vivir cerca de ti, pero no contigo”, decía Sara.

“Va a ser maravilloso cuando estemos en propiedades contiguas”, opinaba yo.

Mi madrastra, consciente de las tendencias, nos decía que seríamos “VSJ”, que quería decir “viviendo separados, pero juntos”, en referencia a las parejas que eligen vivir aparte —incluso más lejos—, sin dejar de comprometerse.

Sara estaba en desacuerdo. “Vamos a vivir juntos, pero separados”.

“Me parece que es lo mismo”, dijo mi madrastra.

“Es lo contrario”, respondí.

Yo estaba de acuerdo con Sara. Un mismo techo con dos hogares es un tipo de compromiso único.

Mis abuelos, quienes estuvieron juntos más de setenta años, decían que el amor significa ceder. Creo que mi abuelo decía eso porque estaba casado con la mujer menos dispuesta a ceder en la Tierra. Mi madre se casó dos veces y mi padre cuatro. Yo bromeaba diciendo que no venía de un hogar roto, sino de una tierra quemada.

Ya me había casado en una ocasión. Mi ex y yo estuvimos juntos durante dieciséis años, viviendo a la sombra de mis desastrosos modelos a seguir. Cuando me divorcié, me sentí como un fracaso por no haber evitado el destino que tuvieron mis padres. Deseaba que el amor estuviera menos relacionado con ceder.

Sara es más joven que yo; una instructora de pilates con un tatuaje de dragón que abarca toda su espalda. Todo comenzó como un romance veraniego pero era divertida, amable, intuitiva y tenía ambición. Me hacía sentir que podía ser la mejor versión de mí mismo con ella y supongo que a ella le pasaba igual.

No obstante, eso no quería decir que quisiéramos vivir juntos. Mi única preocupación, quizá un defecto de mi carácter, es la necesidad de autonomía, de tener mi propio espacio.

Sara es igual que yo. Le gustaba que la visitara y le gustaba cuando me iba. “Sobre todo”, dijo un día, “se trata de cómo dejas tu esponja en el lavabo. Sabes que hay un cesto, ¿verdad?”.

Sin importar cuántas veces me lo dijera, seguía dejando esa esponja en un charco. Si vivíamos en casas dúplex, ella tendría su esponja y su lavabo y yo los míos.

“Además”, decía, “soy mala para dormir con alguien más”. Sara duerme como una estrella de mar. Las camas separadas eran una necesidad y las casas separadas en torno a las camas, un lujo.

La autonomía tiene todo tipo de capas. Mi padre tiene todas sus obras de arte en su oficina por lo que define como “la policía del diseño de interiores”, cuando dice eso, mira a su esposa. A la mayoría de la gente le resulta extraña y al mismo tiempo familiar la idea de que el amor significa que, en realidad, no puedes tener lo que quieres.

Suelo perder cosas, con demasiada frecuencia. Cuando estaba casado, la peor montaña rusa emocional fue cuando quise tomar mis llaves y me di cuenta que no estaban; sabía que no las había movido de lugar, así que, ¿de quién era la culpa? Solo podía haber sido de mi esposa, pensaba, con un enojo tan pestilente como el azufre, para darme cuenta momentos después de que yo las había dejado en otro lado. Me avergonzaba haber odiado momentáneamente a la mujer con la que vivía por un motivo que no tenía nada que ver con ella.

Era una espada de doble filo: tal vez vivir solo haría que siempre fuera honesto o quizá mi enojo me seguiría a todas partes.

Con el tiempo, Sara y yo encontramos unas casas dúplex, pequeñas y de estilo español, con un enorme jardín exuberante; era una propiedad que necesitaba pocos cuidados. El ocupante anterior había dejado una montaña de cascajo. Contraté a una compañía de transporte y en su tercer viaje al segundo piso, uno de los tipos se dio cuenta que la mujer que vivía abajo era mi novia.

“¿Ustedes viven separados?”, preguntó.

“Sí”.

“¿Y son vecinos?”.

“Ajá”.

Chocó su mano con la mía. “Ya he estado casado”, dijo. “Esto está muy bien”.

No sabía cómo lidiar con su felicitación.

Leo biografías de autores porque busco no repetir sus errores. No me verán dispararle a una manzana en la cabeza de mi esposa. He observado que después del divorcio la gente tiene el hábito de encontrar un camino más fácil, muchos intentan seguir de una manera menos complicada, es como mantener la distancia para evitar el dolor.Sara se crió con una madre soltera que, antes de morir joven, le dio un consejo bastante irreprochable: nunca dependas de un hombre.

Se dice que la gente tiene dos fuentes de motivación: el amor o el miedo. Así que mi pregunta es: ¿estamos haciendo esto porque nos amamos o porque nos tenemos miedo?

Hemos estado aquí casi cinco meses. Resulta que la mayor parte de lo que predijimos era cierto; nos encanta invitarnos mutuamente para luego despedirnos, mientras cada quien se marcha a su casa. No hay una “policía del diseño”, así que Sara decoró su espacio con afiches de Gustav Klimt e íconos religiosos y yo el mío con un estilo algo neurótico del arte de cómics.

Extrañamente, me las he arreglado para que mi esponja esté en su sitio ahora que la seguridad de nuestro amor ya no depende de dónde se encuentra.

La primera vez que bajé las escaleras para verla, mi mano estaba en el picaporte antes de preguntarme si debía tocar. Ella suele anunciarse en mi pórtico trasero antes de girar la perilla. No ha habido muchas otras negociaciones.

No obstante, hay una desventaja que no anticipamos. Mi gato comenzó a coquetear con una ardilla que chilla del otro lado de la mampara divisoria. Es indescriptiblemente adorable y quiero poder compartir este momento con Sara, pero no está aquí. Es una tontería y nada importante, pero me he preguntado qué momentos fortuitos nos hemos perdido por no experimentarlos juntos, esas cosas que forjan una relación de pareja.

Hace poco, celebré mi cumpleaños. Sara me regaló unas flores y una cena en Musso and Frank’s. Esa noche, nos quedamos afuera de su puerta y nos besamos para darnos las buenas noches. No voy a decir más, pero ahora nos besamos mejor que cuando nos conocimos, en parte porque cada ocasión es una pequeña despedida. Casi todas las noches, preferimos quedarnos en nuestra respectiva cama.

Subí las escaleras y traté de dormir, pero la preocupación me mantuvo despierto. ¿Este acuerdo es bueno o, sin darnos cuenta, es la ruina? ¿Sara y yo estábamos destinados a alejarnos?

Ningún problema del corazón se ha resuelto a las tres de la madrugada. La verdad era que me encantaba cómo vivíamos. Mis ansiedades tenían que ver con que dejáramos de vivir así. Sabía que mi decisión de estar donde estaba era por amor, no por miedo.

Pero cuando necesito consuelo, me hace falta el contacto con otra piel. Pensé en bajar las escaleras, lo cual habría implicado abrir el cerrojo de la puerta de Sara y que se asustara al despertarla.

Esto no lo habíamos planeado.

Era una cuestión de saber que estaba bien tener el deseo. ¿Alguno de nosotros puede confiar en que alguien no nos rechazará? Si viviéramos bajo el mismo techo, quizá pensaríamos: “Te apoyo, pero lo hago también porque, pues, aquí vivo”. ¿Aceptar depender de alguien es una prueba de amor más fuerte cuando no hay que hacerlo para mantener la paz?

Resultó que Sara y yo estábamos compartiendo experiencias esa noche, aunque por separado. En la mañana bajé sin hacer ruido y me enteré de que también había estado despierta por la noche. Ansiedades. También amaba esta vida y le preocupaba. Le gustaba tenerme cerca, pero a veces las noches eran difíciles. Se daba cuenta del extraño equilibro entre querer depender de alguien y sentirlo incierto.

“Podrías haber subido”, dije.

“¿En serio podía?”.

Me parecía evidente: ¿acaso no siempre es un placer que lo quieran a uno?

Nos sentamos en su sillón por un rato, bebiendo café. Nos tomamos de las manos y, tras unos minutos, me levanté para regresar a mi casa. En realidad, no quería irme pero estaba siendo cortés y no quería abusar demasiado de esta nueva intimidad.

Me miró, como haciendo un puchero. “¿Te vas tan pronto?”.

Me volví a sentar. Transcurrido un momento, recordé que tenía fotos en mi teléfono que quería mostrarle, del gato y la ardilla juntos, pero a cierta distancia, y coqueteando.

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Glen David Gold vive en Los Ángeles. Su más reciente libro es una autobiografía, “I Will Be Complete”, que saldrá a la venta este junio.



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