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Estados Unidos no está libre del fascismo

Paul Krugman / The New York Times | Miércoles 29 Agosto 2018 | 10:53 hrs

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Poco después de la caída del Muro de Berlín, un amigo mío experto en relaciones internacionales hizo una broma: “Ahora que Europa del Este está libre de la ideología extranjera del comunismo, puede regresar a su verdadero camino histórico: el fascismo”. Incluso en esa época, era una broma perspicaz.

Ahora, en 2018, cuesta trabajo verla como una broma. Lo que Freedom House califica como iliberalismo está en ascenso en toda Europa del Este. Esto incluye a Polonia y a Hungría; ambos aún son miembros de la Unión Europea, aunque en esos países la democracia como normalmente la conocemos ya está muerta.

En esos países los partidos gobernantes —el polaco Ley y Justicia y el húngaro Fidesz— han establecido regímenes que mantienen las formas de las elecciones populares, pero han destruido la independencia del poder judicial, suprimieron la libertad de prensa, institucionalizaron la corrupción a gran escala y deslegitimaron la oposición de manera efectiva. El muy probable resultado será un gobierno de un solo partido para el futuro cercano.

Todo eso podría fácilmente suceder en Estados Unidos. Hubo una época, no hace mucho, en la que la gente solía decir que nuestras normas democráticas y nuestra orgullosa historia de libertad nos protegerían de un descenso a la tiranía como ese. De hecho, algunas personas todavía lo dicen. Sin embargo, creer una cosa como esa hoy requiere de ceguera voluntaria. El hecho es que el Partido Republicano está listo para, e incluso parece anhelar, convertirse en una versión estadounidense de Ley y Justicia o de Fidesz, al aprovechar su actual poder político para que haya un gobierno permanente.

Basta ver lo que ha venido ocurriendo en el ámbito estatal.

El Partido Republicano moderno no muestra lealtad alguna hacia los ideales democráticos; si cree que puede salirse con la suya hará todo lo posible para atrincherarse en el poder.

En Carolina del Norte, después de que un demócrata ganó la gubernatura, los republicanos usaron sus últimos días en el cargo para aprobar legislaciones que despojaban a la gubernatura de la mayor parte de su poder.

En Georgia, los republicanos usaron supuestas preocupaciones sobre los accesos para votantes con discapacidades para intentar cerrar la mayoría de las casillas electorales en un distrito compuesto en su mayoría por personas negras.

En Virginia Occidental, los legisladores republicanos aprovecharon las quejas sobre gasto excesivo para llevar a cabo un juicio político en contra de todos los integrantes de la Corte Suprema del estado y remplazarlos por personas leales al partido.

Estos son solo los casos que han recibido atención nacional. Existen montones, si no es que cientos, de historias en todo Estados Unidos. Lo que todas reflejan es la realidad de que el Partido Republicano moderno no muestra lealtad alguna hacia los ideales democráticos; si cree que puede salirse con la suya hará todo lo posible para atrincherarse en el poder.

¿Qué ha pasado a nivel nacional? Ahí es donde las cosas se ponen particularmente delicadas; estamos sentados en el filo de la navaja. Si caemos del lado equivocado —si los republicanos conservan el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones  intermedias de noviembre—, nos convertiremos en otra Polonia o Hungría más rápido de lo que se pueden imaginar.

Axios creó algo de revuelo en estos días al revelar que hay una hoja de datos que ha circulado entre los congresistas republicanos en la cual se enumeran las investigaciones que piensan que los demócratas podrían llevar a cabo si toman el control de la Cámara de Representantes. La cuestión sobre la lista es que todos los puntos que aparecen en ella —empezando por exigir las declaraciones fiscales de Donald Trump— son algo que evidentemente sí debería investigarse y que se habría investigado si se tratara de cualquier otro presidente. No obstante, la gente que hace circular el documento sencillamente da por hecho que los republicanos no abordarán ninguno de esos temas: la lealtad al partido estará por encima de la responsabilidad constitucional.

La semana pasada, muchos críticos de Trump celebraron los acontecimientos jurídicos, ya que interpretaron la sentencia de Manafort y la declaración de culpabilidad de Cohen como señales de que el cerco quizá, finalmente, se estaba estrechando en torno al infractor jefe. No obstante, sentí que mis miedos se intensificaban cuando vi la reacción de los republicanos: al tener frente a ellos evidencias innegables de la calidad de mafioso de Trump, su partido cerró filas en torno a este con mayor fuerza que nunca.

Hace un año parecía factible que la complicidad del partido alcanzara sus límites; que llegaría un punto en el que al menos unos cuantos representantes o senadores dirían: “Se acabó”. Ahora está claro que no los tienen. Harán lo que sea para defender a Trump y consolidar su poder.

Esto es aplicable incluso a los políticos que alguna vez parecieron tener algo de principios. La senadora por Maine Susan Collins fue una voz de independencia en el debate sobre las leyes de atención de salud pública; ahora parece no ver problema alguno en tener a un presidente que a todas luces es un coconspirador criminal, pese a que aún no ha sido acusado formalmente, que podrá nombrar a un magistrado de la Corte Suprema ni en que ese candidato al tribunal esté convencido de que los presidentes tienen inmunidad ante la ley. El senador Lindsey Graham denunció a Trump en 2016 y hasta hace poco parecía oponerse a la idea de despedir al fiscal general para acabar con la investigación especial de Robert Mueller; ahora ha dicho que ese despido le parece bien.



No me hablen de “ansiedades económicas”. Eso no es lo que sucedió en Polonia, que creció de forma constante durante la crisis financiera y sus secuelas. Tampoco fue lo que ocurrió aquí en 2016: un estudio tras otro han descubierto que el resentimiento racial, y no el peligro económico, fue lo que motivó a quienes votaron por Trump.

Padecemos de la misma enfermedad —el nacionalismo blanco descontrolado— que ya ha matado de manera eficaz a la democracia en otras naciones occidentales. Además, estamos extremadamente cerca de que no haya marcha atrás.

*Paul Krugman ha sido un columnista de Opinión desde 2000 y también es un profesor distinguido en el Centro de Estudios de Posgrado de la City University of New York. En 2008, fue galardonado con el Premio Nobel de Economía por su trabajo en temas de política económica.



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