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El costo de cruzar la frontera de contrabando

The New York Times | Domingo 08 Julio 2018 | 00:01:00 hrs

Tomada de Internet / Frontera de México y Estados Unidos

Tomada de Internet / Frontera de México y Estados Unidos

MATAMOROS, México — Poco antes del amanecer un domingo de agosto, un conductor recogió a Christopher Cruz en una casa de contrabando en esta ciudad fronteriza. El salvadoreño de 22 años estaba feliz de irse del lugar, donde los contrabandistas guardaban empaques de cocaína y marihuana junto a las personas, pero también ansioso por lo que le esperaba en su camino.

El conductor dejó a Cruz en un punto ilegal de cruce en el río Bravo. Un contrabandista le tomó una fotografía con un celular para confirmar su identidad y la envió por WhatsApp a otro conductor, que iba a recogerlo cuando cruzara. Si es que lo lograba.

El viaje de alrededor de 3000 kilómetros le había costado a la familia de Cruz más de 6000 dólares y lo llevó hasta Brownsville, Texas. Los 800 kilómetros restantes hasta Houston —donde merodean la Patrulla Fronteriza y las policías local y estatal— les costarían otros 6500 dólares.

Era una cantidad de dinero prácticamente impensable para alguien que ganaba solo unos cuantos dólares al día recogiendo granos de café en su país de origen. Pero Cruz no emprendió el trayecto en busca de un empleo mejor pagado: estaba escapando de la violencia y de lo que describió como una muerte casi segura a manos de pandillas locales en El Salvador.

“No hay otra alternativa”, dijo Cruz. “Lo primero que pensé fue: ‘Necesito irme de aquí sin importar lo que cueste’”.

El tramo de la frontera suroeste de Estados Unidos que buscaba cruzar se ha vuelto el epicentro de la batalla del gobierno de Donald Trump contra la inmigración. El endurecimiento de la frontera y los crecientes peligros de llegar hasta esta han provocado que cada vez más familias desesperadas recurran a operaciones de contrabando bastante sofisticadas para que sus familiares puedan llegar a Estados Unidos.

La historia de Cruz es un ejemplo detallado del precio de ese periplo. El dinero que fue pagado a una red de conductores que lo escondieron en semirremolques y en minibuses; la cantidad que fue desembolsada para costear su resguardo temporal en casas de paso; la suma que dieron a organizaciones criminales que coordinaron su cruce, y la que entregaron a oficiales de policía mexicanos como soborno para que lo ignoraran en el camino.

También es una muestra de cómo —pese a esos pagos— los coyotes abandonan a migrantes cuando consideran que son demasiado lentos u otros son forzados a ser mulas de drogas. En momentos del trayecto, Cruz fue identificado por contrabandistas con un número; en otros, con un nombre falso. Pero lo más común es que fuera llamado “el paquete”: algo que se mueve como si fuera un producto para conseguir alguna ganancia.

Todo lo valió para Cruz. “Pueden construir los muros que quieran”, dijo. “Pueden mandar a los soldados que quieran a la frontera, pero la necesidad y el deseo de la gente de tener una mejor vida es mucho más fuerte que eso”.

Con la promesa de detener la inmigración ilegal hacia Estados Unidos, Trump ha dicho que construirá un muro, ha desplegado a la Guardia Nacional a la frontera y ha promovido que haya redadas en lugares de trabajo si se sospecha que hay alguna persona sin documentos migratorios ahí. En la última década, los cruces fronterizos ilegales han disminuido, pero en los meses pasados, en respuesta a un aumento de centroamericanos que buscan cruzar, el gobierno de Trump también ha adoptado una política de tolerancia cero.

Esta prevé la presentación inmediata de cargos penales contra quienes migren ilegalmente y, en un inicio, la separación de familias, así como la eliminación de la violencia pandillera y doméstica como razones para otorgarles asilo a quienes lleguen por medio de los puntos de cruce legales.

“Esa política de tolerancia cero y la publicidad que desató por la separación de menores van a fortalecer a las redes de contrabando y reforzarán el patrón ya visto de un aumento de los riesgos, costos y montos a pagar”, dijo Guadalupe Correa-Cabrera, experta en la delincuencia organizada. “Seguramente disparará la demanda que hay de contrabandistas y resultará en vínculos aún más fuertes entre los tratantes y otros actores criminales, como los cárteles de drogas y agentes policiales corruptos”.

Para reconstruir el trayecto de Cruz desde El Salvador, The New York Times los entrevistó a él y a su familia, y revisó fotografías, mensajes de texto, recibos y sus posiciones en GPS. También se consultó a decenas de expertos, académicos y antiguos y actuales oficiales sobre la economía del contrabando de personas, con ayuda de la documentación de doscientos casos recientes de detenciones por ayudar en el paso ilegal de migrantes por la frontera suroeste de Estados Unidos contra conductores, operadores de casas de contrabando, coyotes y los mismos migrantes.

Además, se retoman los mensajes de Facebook que el tío de Cruz, ya en Estados Unidos, intercambió con él durante todo el viaje. Su tío usó mensajes y fotos para asegurarse que seguía vivo y le pidió enviarle las capturas de pantalla de la aplicación Buscar a mis Amigos (Find My Friends) con las que se aseguraba que sí lo habían llevado adonde correspondía antes de enviar los pagos.

Ese día en el río Bravo el verano pasado, un coyote se preparó para conducir a Cruz y a dos decenas más de migrantes hasta el otro extremo del río mientras tres vigías subidos en árboles vigilaban que no hubiera rastro de la Patrulla Fronteriza.

Cuando llegó al cruce, Cruz se encontró con que el río tenía como mucho unos cientos de metros de ancho, aunque el agua estaba sucia y llena de detritos. Los contrabandistas habían reunido a todos ahí y les dieron tubos inflables a quienes no sabían nadar; dijeron que nadar era más rápido que usar una balsa. Cruz se quitó los pantalones y la camiseta que llevaba, y nadó al otro lado en calzoncillos.

Lo había logrado. Del otro lado, escondido detrás de un arbusto mientras temblaba —además de estar empapado, había perdido unos quince kilos en el trayecto y en el camino le dio una infección respiratoria que no había cedido— se volvió a vestir. El coyote les comunicó la señal que le enviaron los vigías desde los árboles de que todo estaba bien, y los migrantes corrieron hacia la cerca de seguridad de acero de 5 metros que bloqueaba su paso a Estados Unidos. (En una zona que ya era de las más fortificadas en la frontera).

Cruz había escalado la mitad de la cerca cuando escuchó un helicóptero y vio patrullas que llegaban. Los agentes atraparon a los que estaban escalando la cerca.

“Cuando los vi, me bajé y corrí de regreso”, recordó Cruz. Se metió de nuevo al río Bravo, pensando que su única esperanza era escapar de regreso a México.

Con miedo a morir

Cruz creció en San Miguel, la cuarta ciudad más grande de El Salvador. La violencia de las pandillas es endémica en el país, y Cruz dejó la preparatoria cuando la MS-13 se volvió demasiado peligrosa. Su familia se mudó a Berlín, a casi una hora en auto, donde había menos problemas de pandillas que en las grandes ciudades.

La madre de Cruz vivía en Estados Unidos, aunque él era mucho más cercano al hermano de esta que también estaba allá, un tío al que llama Papi. Cruz vivía con su abuela y su hermana menor. También tenía un hijo de 2 años al que mantener, aunque él y la madre del niño se habían separado.

La policía había prácticamente declarado la guerra a cualquier hombre en edad para estar en una pandilla, dijo Cruz, y los acosaban a él y a sus amigos, además de golpearlos. A la par, los miembros de las pandillas lo amenazaban constantemente y lo extorsionaban para quitarle dinero porque recibía apoyo económico de su tío desde Estados Unidos.

Una noche, Cruz y sus amigos caminaban a casa cuando se dieron cuenta de que un vehículo los seguía. Al intentar correr, el auto aceleró y siguió a Cruz después de que el grupo se separó. Por encima de su hombro vio a miembros de la pandilla sacar armas mientras él intentaba escapar atravesando una cancha de fútbol, antes de refugiarse en una clínica de salud.

Decidió irse de ahí. “Esa es la realidad de El Salvador”, dijo. “Tienes miedo de la policía y de las pandillas”. No consideró intentar entrar a Estados Unidos legalmente para buscar asilo; incluso bajo las políticas de asilo más permisivas de hace un año, solo un porcentaje bajo de las víctimas de violencia pandillera obtuvo ese estatus.

El tío de Cruz, que ahora tiene estatus legal en Estados Unidos después de haber llegado de manera ilegal hace años, contactó a una mujer en México que representa a una red de contrabando. La tía y el tío de Cruz ganaron lo suficiente para darle el dinero para el trayecto, con la condición de que les pagara todo después. Para empezar, le enviaron 800 dólares a El Salvador el día que emprendió la fase inicial del viaje.

Cruz tenía miedo. Su mejor amigo había tomado la misma ruta el año pasado, pero fue secuestrado cerca de la frontera y fue retenido por dos meses hasta que su familia pagó 20.000 dólares para liberarlo; terminó de regreso en El Salvador. Y una amiga de Cruz fue violada repetidamente por contrabandistas cuando ya habían cruzado hacia Estados Unidos, antes de ser detenida por las autoridades y ser deportada.

“Cualquier oportunidad que tengas de conectarte, me envías un mensaje de dónde estás”, le dijo su tío.

‘Ya sabes cuánto es’

Su viaje comenzó afuera de un centro comercial en Soyapango, en una camioneta que conducía el contrabandista que lo acompañaría en su trayecto por El Salvador y Guatemala. Cruz pasó a Guatemala legalmente en La Hachadura con su documento de identificación nacional.

El conductor dejó la camioneta en El Salvador y lo acompañó en autobús hasta la ciudad de Guatemala. Tomaron otro autobús y viajaron a Huehuetenango, un punto de traslado a la frontera mexicana. Pasaron una noche en un hotel barato y al día siguiente viajaron a La Mesilla, a lo largo de la frontera con México.

Debido a la mayor vigilancia de rutas tradicionales de contrabando, entre el 80 y el 95 por ciento de los migrantes que van hacia Estados Unidos han usado coyotes en los últimos años, en comparación con menos de la mitad a principios de los años 70, según datos de la Patrulla Fronteriza obtenidos a partir de entrevistas a migrantes detenidos.

Al llegar a La Mesilla, ubicada al lado de la frontera de Guatemala con México, Cruz se convirtió por primera vez en un inmigrante ilegal. Cruzó hacia Chiapas escondido entre las maletas de otros viajeros de un autobús; el conductor chiflaba cuando ya era seguro para que saliera, así evitaba toparse con criminales que quisieran secuestrarlo, policías en busca de sobornos y de las medidas migratorias más restrictivas que han sido puestas en vigor.

A tan solo dos días de haber emprendido su viaje, la familia de Cruz tuvo que enviarle a la red de contrabandistas 1900 dólares para ayudarlo a atravesar el sur de México. Pasó varios días en una casa pequeña cerca de Tuxtla Gutiérrez, la capital chiapaneca. Era bastante cómoda, pero se preguntaba a qué se debía el retraso. “Ellos quieren que cruces más que tú”, lo tranquilizó su tío, “porque no les pago por día extra”.

Cuando los contrabandistas finalmente continuaron el viaje, Cruz pasó una noche en una hamaca en un lugar aislado cerca de la presa Nezahualcóyotol, también conocida como presa de Malpaso. Le escribió a su tío que iba camino a Puebla, pero pospusieron ese viaje porque otras dos personas que se habían adelantado fueron detenidas por migración.

A la mañana siguiente, Cruz se subió como copiloto a un tractocamión. En una zona de peaje, unos oficiales detuvieron el camión para realizar una revisión de rutina, y después de ver la identificación salvadoreña de Cruz, se dieron cuenta de que estaba en México ilegalmente. Le exigieron dinero a cambio de no deportarlo, dijo Cruz. Él sacó 170 dólares que tenía escondidos en sus zapatos y recuerda que uno de los oficiales le indicó que había corrido con suerte.

El conductor también tuvo que pagar y, enfurecido, le dijo a Cruz que lo iba a dejar con narcotraficantes si no le reponía 600 dólares. En medio del pánico, Cruz le llamó a su tío en Estados Unidos, aunque esa vez no contestó.

Su tío vio la llamada poco después y le marcó. Dijo que había conseguido otro conductor por medio de la mujer que organizó el trayecto e intentó calmar a Cruz. “Quédate tranquilo, quédate tranquilo… todo mundo me dice lo mismo. Pero saben que yo nunca he estado lejos de la casa y que soy un gran miedoso. En una situación así no puedo estar tranquilo”, respondió el joven.

En los siguientes retenes de tránsito, el soborno para la policía siempre fue el mismo: 1500 pesos mexicanos (unos 80 dólares). Al principio Cruz intentó mentir y dijo que no era migrante, pero al final dejó de fingir. La cuarta vez que lo detuvieron para que pagara, el policía simplemente dijo: “Ya sabes cuánto es”.

Cruz llegó hasta Puebla, al sureste de Ciudad de México, un punto fundamental del viaje. Su familia envió 450 dólares a los contrabandistas y la mujer con quien se quedó en ese sitio lo ayudó a comprar jabón y zapatos nuevos (aún tenía unos Braco, marca salvadoreña que temía que lo delatara).

Después de estar cuatro días en Puebla, los contrabandistas intentaron llevarlo al norte, pero se corrió el rumor de que habían asesinado a unos migrantes cerca de Monterrey, su siguiente parada, así que lo llevaron de regreso.

Tras esperar tres días más, Cruz se escondió en el compartimento de un tractocamión para el viaje de noche hasta Monterrey. Al llegar ahí fue puesto en un sitio lejos del centro; la casa donde fueron retenidos estaba detrás de un portón de metal, y cerraron las ventanas y puertas. “Era como una prisión”, dijo Cruz.

Él y otros migrantes les tuvieron que pagar a los contrabandistas para conseguir agua, pues la que salía de la llave era de color café, y el sitio estaba lleno de basura y de cucarachas. Cruz estuvo ahí durante cuatro días. Su tío envió 2800 dólares y lo llevaron hasta el estado mexicano de Tamaulipas, justo debajo del sur de Texas.

Su viaje lo llevó primero a la ciudad Miguel Alemán y de ahí tomó un autobús a Matamoros, a dos horas y media, con el nombre falso de Carlos Hernández en su boleto.

Tamaulipas ha adquirido mala fama entre los migrantes por el control de varios caminos por parte de grupos criminales; en 2010 fue hallada una fosa común con 72 migrantes en San Fernando. El mensaje es claro: intentar cruzar hacia Estados Unidos sin el permiso de los narcos que controlan ese territorio es letal.

Rodolfo Casillas, experto en migración ilegal de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, calcula que hasta 1000 dólares del precio total del viaje fue para pagarles a los narcos el “derecho de paso”. Un migrante que testificó en un caso de trata en Texas dijo que pagó 11.000 pesos, unos 600 dólares, el año pasado para protección contra el cártel de los Zetas, en comparación con 1500 pesos para la ayuda con el cruce del río.

La casa en Matamoros donde estuvo Cruz estaba mejor conservada que la casucha en Monterrey. Algunos migrantes en la casa aceptaron transportar drogas. “Si se te acaba el dinero, ahí es donde te ofrecen cruzarte, pero como mula”, dijo Cruz. Recordó que algunos de esos migrantes no lograron cruzar y los contrabandistas estaban furiosos, no por la detención de los que intentaron pasar, sino porque perdían su “producto”.

De ida y vuelta por el Bravo

Cruz contrajo una infección respiratoria. Estaba ansioso por irse de la casa en Matamoros, pero sus espasmos de tos le causaron problemas con los contrabandistas. No querían que los delatara mientras un grupo intentaba pasar por donde estaban unos agentes de la Patrulla Fronteriza.

Para que no lo dejaran, su familia transfirió 180 dólares a los contrabandistas, que dijeron que la mitad iba a ser para medicina. Un jarabe para la tos y varios días de descanso parecieron ser de ayuda. Ese sábado por la noche, Cruz le escribió a su tío: “Hoy me dicen si me voy por la mañana”. Poco después confirmó que lo iban a mover a las cuatro de la mañana.

En esa región del río Bravo fueron detenidas 138.000 personas el año pasado. Los cruces ilegales bajaron drásticamente en los primeros meses del gobierno de Trump, pero volvieron a subir este año: de marzo a mayo la cantidad de migrantes arrestados a lo largo de la frontera suroeste de Estados Unidos fue tres veces el número de 2017. Aunque la cifra es mucho menor a la de hace una década, cuando fueron detenidas más de 1,6 millones de personas.

Más allá del debate del muro, ya existe una barrera virtual: hay cámaras de videovigilancia con detectores térmicos y sensores sísmicos que los migrantes disparan sin darse cuenta. La cantidad de agentes de la Patrulla Fronteriza ha crecido: de 9000 en 2001 a 20.000 ahora, y el presupuesto dedicado a estos asuntos es cuatro veces mayor, pues también está pensado para vehículos todoterreno, patrullajes a caballo, helicópteros y drones.

Temprano ese domingo, los contrabandistas reunieron a Cruz y a dos decenas de migrantes de dos casas de seguridad en un vehículo todoterreno. Cruz recuerda que había cinco mujeres, incluida una que parecía tener cinco meses de embarazo y una de alrededor de 60 años. Le preocupó que no pudieran nadar o cruzar, aunque también tenía presente la advertencia de su familia: “No pienses en los demás, preocúpate por cruzar tú”. La mujer embarazada sí lo logró, apenas, pero la mujer mayor batalló. Cruz recuerda que el coyote la dejó ahí cuando llegaron a tierra firme y ella se cayó.

Después de cruzar el río Bravo, los migrantes comenzaron a escalar la cerca fronteriza, pero fue cuando Cruz regresó por la llegada de la Patrulla Fronteriza. “No había de otra”, dijo.



Se acostumbra que los contrabandistas den tres intentos para cruzar con seguridad. Cruz se dispuso a intentarlo de nuevo en un tramo distinto a lo largo del río. El domingo a mediodía Cruz hizo su segundo intento de cruce. Fue incluso más breve que el primero.

Los agentes de la Patrulla Fronteriza rodearon al grupo mientras llegaban a la orilla norte del río. Un agente logró tomar a Cruz por la espalda, pero en vez de arrestarlo lo arrojó al agua. Cruz dijo que apenas logró nadar de regreso a México.

El anochecer se estaba acercando para cuando los coyotes llevaron a los migrantes a su tercer punto de cruce. Los contrabandistas dijeron que el lugar, más aislado, generalmente estaba reservado para trasladar cargamentos de droga, más valiosos que los migrantes. Cruz tendría que atravesar nadando el río Bravo por quinta vez ese día.

Puestos de control y espacios secretos

En el lado estadounidense, el conductor del vehículo todoterreno que los esperaba tocó la bocina para que los migrantes lo vieran. Estaba enojado, pues esperaba que solo fueran unos cuantos migrantes quienes salieran de un campo al sur de Texas y, en cambio, se topó con dieciséis personas. En una zona llena de agentes fronterizos, era una carga muy riesgosa.

Se trataba de un trayecto breve en auto hasta un estacionamiento, donde los contrabandistas separaron al grupo en diferentes vehículos. Cruz y cinco migrantes más se dirigieron a un lugar a una hora al noroeste, hasta McAllen, Texas.

Los levantones son planeados de manera meticulosa para que los migrantes se suban al vehículo correspondiente en cuanto este llega. Los contrabandistas muchas veces usan cintas de color para marcar quién va a dónde y en ocasiones hay vehículos que se quedan vacíos y son usados para distraer a los oficiales.

En McAllen los encargados de la casa les quitaron su celular a todos y hasta los zapatos para que no pudieran irse corriendo. No les dieron comida y tenían prohibido hablarse entre sí.

Después de estar un día y medio en McAllen, Cruz se apiñó junto con otros cuatro migrantes en el compartimento de un tractocamión que se dirigía a San Antonio. Unos agentes casi los descubren durante una revisión de rutina en un puesto de control en una autopista. Cruz se trasladó a una miniván con un compartimiento oculto debajo de un asiento trasero.

Llevaron a Cruz a una última casa de contrabando, donde le quitaron la ropa, excepto los calzoncillos, en una habitación “sin electricidad ni luz, sin ventanas, y una cama grande con cuatro hombres”, según la describió; básicamente era un rehén hasta que se hicieran los últimos pagos. Pasaron dos días.

Su familia tuvo que transferir los 6500 dólares restantes a la red de contrabandistas pero, debido a que las autoridades notifican transacciones sospechosas con regularidad, el tío de Cruz tuvo que separar la cantidad en transferencias más pequeñas y menos evidentes.

Cuando el pago final llegó a la mujer encargada de la operación en México, dijo Cruz, “me dieron mi ropa y me taparon los ojos otra vez”.

Los contrabandistas lo llevaron a una gasolinera. Ahí vio el rostro familiar de su tío. Cruz comenzó a llorar. Ahora estaba en un país desconocido, donde no hablaba el idioma y no podía obtener un trabajo legalmente. Tenía una deuda de por lo menos 12.630 dólares. Sin embargo, dijo que por lo menos ya no temía por su vida. “Aquí sé que estoy a salvo”, dijo.

 

 



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