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Tras 24 años, Tonya Harding sigue esperando disculpas

New York Times | Jueves 11 Enero 2018 | 17:18 hrs

New York Times /

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En 2014, el guionista Steven Rogers vio el “El precio del oro” en ESPN y decidió buscar a Tonya Harding. En el documental se narra que el 6 de enero de 1994, seis semanas antes de las Olimpiadas de Lillehammer, un hombre golpeó con un bastón en la rodilla a la patinadora Nancy Kerrigan. El FBI determinó que al hombre lo había contratado Shawn Eckardt, amigo de Jeff Gillooly, quien había estado casado con Harding. Al final, Harding admitió su culpabilidad por obstaculizar el trabajo de la fiscalía —o sea que supo quién había realizado la agresión, pero hasta después, y no lo reportó de inmediato.

Harding fue sentenciada a tres años de libertad condicional, 500 horas de trabajo comunitario, 500 dólares de multa, reembolsar a la procuraduría costos por 10 mil dólares y someterse a examen siquiátrico. Se le obligó a renunciar a su membresía a la Asociación de Patinaje Artístico de Estados Unidos. La asociación la vetó de por vida.

Hoy de 47 años, la primera patinadora artística estadounidense que hizo un salto triple en alguna competencia, sigue teniendo potencia en los muslos y gracias en sus manos y postura. Ha trabajado como soldadora, pintora, vendedora de ferretería. Tuvo un combate de box. Se casó, tiene un hijo.

Después de todos estos años, la gente aún cree que Harding golpeó con el bastón a Kerrigan. Como mínimo, sigue pensando que ella contrató al hombre que la atacó y nunca se lo han perdonado.

Rogers ofreció al agente de Harding mil 500 dólares por contar toda su historia, y más si llegaba a hacerse la película.

En “Yo, Tonya”, donde es interpretada por la actriz Margot Robbie, Harding explica su versión. La película se basa en horas de entrevistas con Harding y su exesposo Jeff Gilooly, mostrando no sólo el abuso que ella soportó, sino cómo se defendió.

En el largometraje hay escenas que se han visto cientos de veces en los canales de cable: una niñita a la que su madre golpea, una joven esposa golpeada por su marido. En general, la película ha sido bien recibida y el domingo Allison Janney ganó un Globo de Oro por su papel de la mamá de Harding.

La película dista mucho de justificar a Harding. Presenta los dos lados de la historia, tanto el de ella como el de su exesposo, sin que ninguno de ellos parezca particularmente inocente.

Es agotador, dice ella. Nadie entiende nunca. Ella había estado esperando alguna forma de contar al mundo que el abuso que aguantó fue mucho peor, que era mucho más pobre de lo que imaginaba la gente. Y luego todo lo que la gente quiere saber es si hay algo más que ella no esté admitiendo.

A Harding le encantó la película. “La gente no entiende que lo que se ve no es nada”, dijo. “Esas cosas fueron lo de menos. Me dejaron moretones en la cara. Me cruzaron la cara con un espejo, no nada más me lo quebraron en la cara. Me dispararon. Eso fue cierto”. Su exesposo disparó al suelo, explicó, y la bala le rebotó a ella en la cara. (Él ha negado esto y el resto de los abusos). Harding dijo que su madre le arrojó un cuchillo. (También su madre rechazó las alegaciones). Pero “todo eso es verdad”, señaló Harding. La gente que debía cuidarla no lo hizo.

La razón de que le encante la película es porque transmite algo que Harding cree no se había mencionado antes. Existen circunstancias mitigantes. Su vida era terrible. La golpeaban. La habían amenazado. Uno no termina en esto a menos que haya sido excluido completamente. Su propia madre no parecía quererla. La única vez que llegó a algún lado en su vida fue cuando evadió las reglas y tomó para ella lo que parecía darse porque sí a las Nancy Kerrigan del mundo. Tonya no tenía nada. Su mamá le cosía el vestuario. Tonya trabajaba en un centro comercial. Tenía asma.

“Siempre me estaban diciendo que estaba gorda. Que estaba fea. Que nunca sería nadie”.

Esto no tiene nada que ver con la exoneración. La versión de Harding no se trata de culpabilidad o inocencia, sino sobre los pormenores de ser ella: respeto, circunstancias mitigantes, la manera como tratamos a la gente y lo que esperamos de ésta. 



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