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¿Quedarse, ocultarse o irse? Decisiones difíciles para indocumentados

The New York Times | Miércoles 16 Agosto 2017 | 06:45 hrs

The New York Times |

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Hampton— Era momento de irse. Edith Rivera tomó una última orden de almuerzo, colocó una canasta de totopos sobre una mesa y salió del trabajo; se dirigió a los caminos agrícolas por donde otros inmigrantes temían conducir.

Como ellos, Rivera, de 33 años, no tenía residencia legal en el país donde había vivido durante dieciocho años; no tenía licencia para conducir, tan solo una identificación de Carolina del Norte, expirada desde hace tiempo, que resguardaba como un talismán en su cartera.

Sin embargo, mientras pasaba por las milpas del norte de Iowa, de camino a la competencia de atletismo de su hijo Steven, que cursaba el séptimo grado, no sintió el miedo que experimentaban otros inmigrantes. No sintió temor a que la detuvieran mientras conducía. Ni a las redadas ni a la deportación. Ni al hombre que está en la Casa Blanca. Ni a la misión del nuevo alguacil de Franklin County, que consiste en asegurarse de que esta comunidad de granjas porcinas y avícolas que se está diversificando rápidamente, jamás vuelva a conocerse como un santuario para inmigrantes.

Su viaje en Estados Unidos se estaba acabando y tenía poco que perder.

Su esposo, Jesús Canseco Rodríguez ya se había ido —lo deportaron a México en 2015—. Rivera había dejado su apartamento y había vendido lo que su familia construyó en Hampton: su pequeño negocio de lavado a presión de granjas porcinas, la camioneta de trabajo de Jesús y sus muebles.

Ahora, en esta tensa encrucijada para los inmigrantes y sus ciudades adoptivas en la franja conservadora del Estados Unidos rural, Rivera planeaba acabar con un último lazo. Regresaría a México con Steven, de 13 años y nacido en Estados Unidos, para reunirse con su esposo.

Algunos políticos lo llaman “autodeportación”; para ella es la única esperanza de que su familia esté unida.

El centro del país está lleno de ciudades como Hampton y de personas como Rivera. En pequeños pueblos agrícolas que apoyaron al presidente Trump con un margen de 20 puntos, los residentes ahora están viendo cómo se aplican medidas enérgicas contra las familias inmigrantes que han ayudado a revivir las plazas principales de los centros de sus ciudades y a transformar su economía.

En Hampton, los latinos conforman el 51 por ciento de los alumnos registrados en escuelas primarias y ocupan los bancos de la iglesia en la misa bilingüe de Pascua.

Al igual que Rivera, muchos están decidiendo si se quedan, se ocultan o de plano se van.

Mientras conducía hacia el norte en su Camry gris, dejando atrás graneros y granjas bajo un cielo primaveral soleado, Rivera revivió recuerdos y miedos como si fueran fotos en su celular. El apartamento cerca del campo de golf donde solía perseguir a Steven en el césped. Los senderos sinuosos de la pradera donde paseaban después de la escuela. Las silenciosas vías de asfalto donde salía a correr.

“Me encantan los días como este”, dijo.

No obstante, el futuro le asustaba. Se preocupaba por la seguridad de su familia en su estado natal, Veracruz, donde grupos del crimen organizado asesinan a rivales y civiles por igual. ¿Cómo se ganarían la vida en su pequeño y remoto rancho? ¿Cómo se adaptaría Steven a un país que había visitado solo una vez, el verano pasado? ¿Ella volvería a ver a sus amigos estadounidenses o regresaría alguna vez a Estados Unidos?

Cuando finalmente llegara la fecha de partir, ¿se podría obligar a subir a ese vuelo de Delta e irse?

Las historias estadounidenses más indelebles a menudo se hacen en los viajes por carretera, ya sea que terminen en Plymouth Rock o en Hampton, Iowa. El primer viaje de Rivera la alejó de su pobre hogar en el sur de México cuando tenía 14 años, después de cruzar ilegalmente la frontera de Arizona, para reunirse con familiares que buscaban trabajo en Carolina del Norte. Otro viaje por carretera la llevó hasta Iowa con su esposo y su hijo, quien entonces era un niño pequeño.

En la década que la familia pasó en Hampton, condujeron hasta Minneapolis, donde su esposo jugaba como primera base en la Liga Latina de Béisbol y donde el pequeño Steven comenzó, como decía un amigo, a “respirar el béisbol”. Iban en auto a carreras de caballos y a un parque acuático en Des Moines.

Después del arresto de Canseco en 2015 por reingresar de manera ilegal al país, Rivera tuvo que hacer viajes a la cárcel y al juzgado federal.

Ahora, le esperaba un último viaje en carretera: conducir desde Hampton para tomar un vuelo a las 5:45 de la mañana que saldría de Des Moines. El itinerario: Atlanta – Ciudad de México y de ahí a Veracruz, y el inicio de una vida nueva e incierta.

“No sé cómo podremos sobrevivir allá”, dijo Rivera. “No hay trabajo ni oportunidades”.

“Me da miedo pensar cómo ella va a enfrentar todo esto”, dijo Canseco en una entrevista telefónica desde México. “No te puedes imaginar lo distinto que es todo”.

Algunas noches, cuando Steven se quedaba dormido en la habitación que él y su madre compartían, Rivera llamaba a su esposo para hablar de la casa que les estaba construyendo en el rancho de la familia en el pueblo de Joachín, y del mundo de vacas, ovejas, limoneros y pobreza que les esperaba.

Hampton, con una población de 4 mil 400 habitantes, se eleva desde los campos ondulados del norte de Iowa; una torre con reloj en un juzgado y un elevador de grano le dan forma a su sencillo horizonte.

Es un lugar donde los vecinos se ponen al corriente en el mostrador de la carnicería del mercado de Fareway; donde la economía depende del maíz, las granjas porcinas y avícolas, y donde los inmigrantes latinos cada vez se encargan más del trabajo mientras la población blanca se va muriendo o se va del lugar.

Atención no deseada

El pueblo formó parte del debate nacional en torno a la inmigración a principios de este año, cuando el alguacil recién electo, Linn Larson, le dijo a la comunidad que acabaría con las políticas que habían incluido a este pequeño condado en las listas nacionales de ciudades santuario de migrantes. El alguacil Larson dijo que compartiría información de arrestos con oficiales de inmigración y que cooperaría con ellos cuando se lo pidieran.

“El único santuario que planeo ofrecer es para las personas que se apegan a la ley y que quieren un lugar seguro donde trabajar y tener una familia”, prometió.

Los comisionados del condado apoyaron al alguacil y muchos residentes dijeron que les gustaba su postura.

En Hardee’s, ubicado en la Autopista 3, donde los maquinistas, campesinos y jubilados se sientan a beber tazas de café de 99 centavos cada mañana mientras comentan las noticias del día, muchos dijeron que apoyaban una postura más severa en torno a la inmigración.

Se hablaba de letreros en México que dirigían a los inmigrantes hasta Hampton. Algunos se quejaron de que Hampton formara parte del grupo de ciudades santuario liberales como Seattle y Nueva York.

Si el alguacil denunciaba a los inmigrantes indocumentados que quedaran bajo su custodia con las autoridades federales, “eso podría hacer que nuestro condado sea más seguro”, dijo Fran Foland, de 69 años.

Otros dijeron que se llevaban bien con sus vecinos inmigrantes. Comían en el restaurante mexicano La Amiguita, donde trabajaba Rivera, y admiraban a los inmigrantes que limpiaban hediondos corrales ganaderos por pagos de entre 10 y 15 dólares la hora.

Sin embargo, se preguntaban por qué los inmigrantes no podían aprender inglés ni venir aquí de manera legal, como sus ancestros alemanes y noruegos.

Para muchos inmigrantes en el pueblo fue una temporada de miedo. Algunos tapizaron ventanas y mirillas en las puertas delanteras. Los padres que temían ser detenidos idearon planes de contingencia para saber qué hacer con sus hijos y sus autos.

Cientos de ellos llenaron el gimnasio de la secundaria para cuestionar al alguacil acerca de su nuevo enfoque. ¿Qué pasaría si un agente de policía les pedía detener el vehículo en el que viajaban? ¿Acaso sus oficiales realizarían redadas de inmigración? El alguacil Larson intentó asegurarle a la gente que el objetivo de sus oficiales no eran los inmigrantes.

En todas las conversaciones, para quienes residían desde hace mucho tiempo en Hampton era difícil reconciliar su apoyo al presidente con los valores que practican: la compasión, la amabilidad y la caridad para con sus vecinos y amigos.

O, en el caso de Steven Pearson, para con su tocayo. Pearson, de 63 años, se mudó a Hampton hace 30 años porque era el pueblo más grande de Iowa que no tenía un contador público certificado. Cuando él y su socio compraron un edificio para su firma contable, les rentaron habitaciones en los pisos de arriba a familias mexicanas. Pearson los llamaba “los amigos” y comenzó a llevar consigo un diccionario español-inglés. Les ayudaba a obtener préstamos y a enviar dinero a casa.

“A algunas personas les molestaba que les rentáramos apartamentos a indocumentados”, dijo Pearson. “Pero yo pensaba: ‘¿Por qué no decirles a los políticos que cambien eso?’. Está en el Éxodo: ‘Sean bondadosos con los extranjeros porque ustedes alguna vez lo fueron en la tierra de Egipto’”.

Uno de los amigos destacó. Era un adolescente de Veracruz que había llegado con su padre y hermano menor. Su nombre era Jesús.

Jesús creció, pasó varios años trabajando en Carolina del Norte y regresó a Hampton con una mujer llamada Edith que se había sentido atraída hacia él por su capacidad atlética, su ética de trabajo y su silenciosa humildad. Tuvieron un hijo: Steven. Le pusieron Steven en honor al casero con bigote que había tratado tan bien a la familia Canseco.

Canseco, quien ahora vive a 3218 kilómetros, aún dice que Pearson es “el mejor hombre que conozco en Estados Unidos”.

Pero los tiempos cambian. El año pasado, Pearson, un republicano conservador, anhelaba un cambio en la Casa Blanca, a pesar de la desconfianza que le provocaba el candidato que lo prometía.

“Ha habido un problema con la inmigración ilegal durante 30 años”, escribió en una carta al editor de The Mason City Globe Gazette. “La crisis de seguros de atención médica ha existido durante 20 años. Estados Unidos ha estado en guerra en el Medio Oriente durante 15 años. Parece que estos problemas no tienen fin.

“Entonces, ¿por qué no votar por Trump?”. A seis meses del inicio de la presidencia de Trump, Pearson dijo que todavía creía que el sistema de inmigración del país estaba descompuesto. Le enfurecía el destino de la familia Canseco-Rivera, aunque señaló que Canseco había sido deportado en el periodo del presidente Barack Obama, no en el de Trump.

Que a personas como ellos les den permisos de trabajo, dijo Pearson. Que les den la residencia. “Me enfurece la estupidez de todo el asunto”, comentó. “Aquí hay 10 millones de personas… ‘Tomemos a esta’. Es muy triste”.

Lazos que unen

Las vidas están entrelazadas en Hampton. Después de que Canseco fue arrestado, el capitán de policía de la ciudad, un director de escuela jubilado y Pearson le escribieron al tribunal para defenderlo.

También llegó otra carta de Megan Pearson Rosenberg, de 37 años, la hija de Pearson, quien también es una de las amigas más cercanas de Rivera. Ambas mujeres se conocieron gracias a sus hijos, cuando Steven Canseco aún no tenía edad para asistir a la escuela.

El hijo de Rosenberg, Mickey, quien ahora tiene 14 años, es mayor que Steven por algunos meses, y su hija Lily, de 9, comparte el lado aventurero y atlético de Steven. Cuando jugaban, Lily y Steven daban vueltas y saltaban por todo el jardín mientras Mickey se sentaba a leer en un árbol.

La amistad de los adultos se dio de manera natural. Rosenberg es abogada y realizó algunos trámites para el negocio de Canseco. Acompañó a Rivera a la corte para encargarse de una multa de tránsito.

Rivera fue con su esposo y su hijo al hogar de Rosenberg para celebrar el Día de Acción de Gracias; Steven dijo esa noche que jamás había comido pavo. A su vez, los Rosenberg conocieron la Navidad mexicana con sus amigos y comieron hasta casi no poder moverse. Rivera les dio a probar chile verde casero y los miró con escepticismo cuando vio la versión de la cocina mexicana de los Rosenberg: tacos Old El Paso.

Steven iba a casa de los Rosenberg sin avisar para jugar en los columpios de su patio. Él y Mickey hacían pizza y veían películas de béisbol juntos. Y Steven les mostró su pícaro sentido del humor. Una vez les dijo a los Rosenberg que eran su familia blanca. En otra ocasión, Rosenberg le preguntó si sabía de política. “No, Megan”, dijo con seriedad: “Yo sé de mis sueños”.

El 22 de julio de 2015, a Rosenberg le llegó un mensaje urgente en Facebook de parte de Rivera: “Llámame”.

Esa mañana, Canseco había sido arrestado por agentes de inmigración en una gasolinera en el lado oeste de Hampton mientras él, su padre y un empleado se dirigían a lavar una granja porcina. No era el primer encuentro de Canseco con la Oficina de Inmigración y Aduanas. Lo habían deportado en 2005 después de que lo atraparan utilizando un número de seguridad social falso para obtener un empleo, pero regresó con su familia una semana más tarde, después de cruzar la frontera ilegalmente de nuevo. Esa mañana de 2015, de acuerdo con Canseco, los agentes de inmigración le dijeron: “Debemos llevarte”.

Rivera temía visitar a su esposo en la cárcel debido a su propio estatus migratorio. Steven sí visitó a su padre, y se sintió orgulloso de no haber llorado frente a él.

Despertando de un sueño

Aquel septiembre, Canseco se declaró culpable del cargo de reingresar ilegalmente a Estados Unidos. Estaba de regreso en México cuando Rivera y Steven fueron a cenar con los Rosenberg el Día de Acción de Gracias.

Mientras se hacía a la idea de quedarse en México, Canseco tuvo que rehacer su sentido de identidad nacional. Dijo que sentía una oleada de nacionalismo cuando escuchaba “The Star Spangled Banner” antes de los partidos de béisbol. “Me sentía estadounidense”, dijo. “Estaba soñando. Por desgracia, no lo soy”.

La ley estadounidense ahora también veía de manera distinta a Canseco: no solo era un inmigrante ilegal en el país. Era un infractor reincidente.

Intentó regresar a Iowa después de su segunda deportación. Dijo que nadó a través del río Bravo con un pequeño grupo, pero volvió a México cuando los agentes de inmigración los rodearon. Entonces trató de cruzar el desierto de Arizona donde, de acuerdo con la Oficina de Inmigración y Aduanas, lo atraparon en abril y de inmediato lo enviaron de regreso a México mediante una “deportación expedita”.

Para la familia, se estaba volviendo claro que Canseco jamás podría regresar. Así que Rivera se hizo a la idea de reunirse con él en México. Decidió irse el 21 de julio, un día antes del segundo aniversario de su arresto.

‘Debo ser fuerte’

La primavera de Iowa se convirtió en verano. El maíz creció. Los voluntarios volvieron a pintar las fachadas del siglo XIX de las tiendas del centro de la campiña de Hampton con el fin de alistarlas para la feria del condado. Los últimos días de Rivera en Estados Unidos se estaban acabando.

Mientras esperaba a que empezara la carrera de relevos de Steven en un evento de atletismo, Rivera se angustiaba por el tiempo y el dinero. Quería ahorrar mientras podía, así que estuvo trabajando durante el turno del almuerzo en La Amiguita, donde en promedio ganaba 40 dólares en propinas, y después conducía 144 kilómetros hasta Des Moines para trabajar los fines de semana en otro restaurante.

Sin embargo, se sentía destrozada. Quería pasar más tiempo con sus amigos en Hampton. Además, se dio cuenta de que estaba consintiendo a su hijo con lentes de sol costosos, zapatos deportivos y un bate de béisbol. Tan solo quería que las cosas parecieran normales.

“No sé si estoy haciendo lo correcto”, dijo. “Debo ser fuerte todo el tiempo y mantenerme positiva. Es muy difícil”.

Durante otra noche cálida, las familias estaban juntas en la casa de los Rosenberg, hablando del futuro de su amistad. Rivera, toda una artista con el delineador para ojos, pasa horas practicando su destreza con el maquillaje. Se preguntó si podría encontrar el mismo maquillaje en México.

“¿Todavía puedes enviarme mi Chanel?”, preguntó Rivera.

“Estás sobrestimando mis habilidades”, contestó Rosenberg.

Los Rosenberg han hablado de visitar Veracruz algún día, pero les preocupan las condiciones de seguridad. Las familias han hablado acerca de si Steven podría regresar a Iowa para estudiar la preparatoria y quizá vivir con los Rosenberg. Rivera espera poder obtener una visa de turista y regresar de vez en cuando.

Se estaba haciendo tarde. Era hora de que los niños se fueran a dormir. Las mujeres se abrazaron.

“Adiós, amiga”, dijo Rivera mientras caminaba a la puerta.

“Adiós, amiga”, contestó Rosenberg. “Te quiero”.

Otro día más próximo a su partida, Steven abrió la parte trasera de un remolque blanco. Ahí estaban los últimos objetos de su vida estadounidense. Un horno de microondas, cajas de ropa, palos de golf, las herramientas de Canseco, un árbol artificial de Navidad. “Mi papá quería celebrar la Navidad en México”, dijo Steven.

Después del arresto de su padre, Steven casi lloró cada noche durante meses. Sin embargo, conforme su reunión con Canseco se acercaba, sus amigos decían que se veía emocionado. Disfrutó el tiempo con sus amigos, seguro de que podría regresar a Estados Unidos. Era como la lección que su padre le había enseñado acerca de estar perdido.

“Cuando estoy en el bosque, trato de romper una rama y dejarla colgada para que sea evidente”, dijo una mañana. “En caso de perderme, sé que ya he estado ahí. Sé dónde estoy”.

Sus últimos días con sus amigos, su gorra de béisbol de los Hampton-Dumont Bulldogs se convirtió en esa rama rota. Cuando la feria del condado llegó al pueblo en julio, Steven recorrió los juegos con sus amigos, riendo y comiendo helado de vainilla.

Cuando los Rivera y los Rosenberg disfrutaron su último viaje en bote juntos en Clear Lake, Steven saltó y cayó en una colchoneta flotante de hule espuma color naranja. “¡Mira cuántas aves hay!”, gritó. Su madre se sentó en silencio en la parte trasera del bote, con los pies en el agua.

Sus amigos más cercanos vieron cómo Rivera se veía más triste y más callada conforme se acercaba su vuelo del 21 de julio. “No pienso en eso, porque no me quiero ir”, dijo Rivera. “No sé si esto es lo correcto o no”.

A una de sus mejores amigas, Hortencia Saldívar, le preguntó cuántos días le quedaban; Saldívar le respondió que no pensara en eso. Una noche, las mujeres se sentaron en el sillón de Saldívar con una botella de vino y se pintaron las uñas de los pies con brillantina púrpura. Hortencia se dio cuenta de que era la última vez que lo harían.

“Estamos tan acostumbradas a apoyarnos entre nosotras”, dijo Saldívar, de 36 años. “Ahora debo olvidarme de eso”.

El adiós

Es hora de irse.

El Aeropuerto Internacional de Des Moines está casi vacío a las 3:30 de la mañana del 21 de julio, excepto por dos mujeres y un niño de 13 años, que llevan maletas atiborradas a través de la terminal de salidas. Saldívar los llevó en auto desde Hampton, y los está ayudando a documentar.

Steven está ansioso. Juega con un fidget spinner, hace origami con envolturas de goma de mascar y le preocupa que su gorra de béisbol le arruine el cabello antes de ver a su papá.

Rivera casi no pudo dormir. Se despertó a las 2:30 para maquillarse y ahora pasa champú y zapatos de una maleta a otra para no superar el límite de peso del equipaje. “¿Qué saco?”, le pregunta a Saldívar.

Le acomoda el reloj a Steven y le quita una pelusa invisible de su camiseta roja de Hampton mientras esperan. Solo un aspecto de su vida le resulta agradable en este momento: que estará con su familia. Ella y Saldívar se abrazan. Se dicen “Te quiero” y prometen verse de nuevo.

“Algún día,” dice Rivera.

Una agente de Delta les pide sus pasaportes.

“¿Tienen fecha de regreso?”, les pregunta.

“Solo de ida”, dice Rivera. “No de regreso”.


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