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Estados Unidos necesita más inmigrantes

The New York Times | Jueves 10 Agosto 2017 | 07:37 hrs

The New York Times |

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Tomemos en cuenta la enorme demanda de trabajadores de escaso nivel educativo. Ocho de los 15 empleos que tendrán el crecimiento más rápido entre 2014 y 2024 —asistentes para cuidar a enfermos en el hogar, preparadores de comida, conserjes en edificios comerciales y otros trabajos similares— no requieren de ninguna preparación.

Sin inmigrantes, van a faltar trabajadores para cubrir estas funciones. “Dentro de diez años habrá muchos adultos mayores y relativamente escasos trabajadores poco calificados que puedan cambiar sus bacinillas”, afirmó David Card, profesor de Economía en la Universidad de California en Berkeley. “Será un enorme problema”.

Sin embargo, el argumento a favor de la inmigración de trabajadores poco calificados no es solamente sobre cómo llenar la demanda de empleos.

Los millones de inmigrantes que llegaron a la fuerza laboral durante los 25 años anteriores a la Gran Recesión —hombres que lavan platos en la cocina de los restaurantes, mujeres que vacían los botes de la basura en los edificios de oficinas— mejoraron de modo importante las vidas de los estadounidenses.

Los argumentos en contra de la inmigración parten de la premisa de que los migrantes ocupan trabajos y reducen los salarios de los estadounidenses que compiten con ellos por los empleos. Es una versión mecánica de la ley de la oferta y la demanda: mientras más trabajadores crucen la frontera, inevitablemente se reducirá el costo del trabajo.

El presidente Donald Trump usa este argumento para justificar su propuesta de deportar a 11 millones de inmigrantes que viven en el país sin papeles. La utiliza para justificar su plan de recortar a la mitad la inmigración legal que entra al país y crear un sistema de puntos que garantice que solo puedan entrar los inmigrantes de alto nivel educativo.

Pero ese es un argumento equivocado. No toma en cuenta muchos factores: los inmigrantes poco calificados también son consumidores de bienes y servicios hechos en Estados Unidos, y su mano de obra barata aumenta la producción económica y reduce los costos. Tampoco considera que los hijos de estos inmigrantes suelen ser mucho mejor educados que sus padres. De hecho, los hijos de los inmigrantes contribuyen más a las arcas fiscales del Estado que todas las demás generaciones nacidas en Estados Unidos, según un informe de las Academias Nacionales.

Lo más importante a entender, a la luz del debate político del momento, es que, contrario a la creencia popular, los inmigrantes de bajo nivel educativo no le quitan trabajo a los estadounidenses con menos educación. En realidad, la inmigración genera nuevos empleos —con mejores salarios— para los nacidos en Estados Unidos. Notablemente, impulsa a muchos estadounidenses a ascender por la escalera de ingresos. Al estimular la inversión y redistribución del trabajo, la inmigración aumenta la productividad.

La mala reputación que tiene la inmigración se debe principalmente a una omisión sutil, pero fundamental: los que proponen una competencia sin tregua por el empleo entre estadounidenses e inmigrantes ignoran que los inmigrantes y los nacidos en el país son muy diferentes. Esta diferencia protege de la competencia extranjera incluso a algunos de los trabajadores menos calificados que nacieron en Estados Unidos.

El asunto es más intuitivo de lo que parece. Hasta los estadounidenses que no completaron los estudios de bachillerato tienen una ventaja importante sobre los millones de inmigrantes con pocas calificaciones que cruzaron la frontera desde México entre la década de 1980 y mediados de la década pasada: el inglés.

Sin el inglés, los recién llegados podrían suplantar a sus pares estadounidenses en los trabajos manuales: digamos, lavar platos. Pero no podrían trabajar en empleos que requieren comunicación con los consumidores y los proveedores. Estos siguen reservados para los nacidos en Estados Unidos. Y en la medida en que las empresas invirtieron para aprovechar la nueva fuente de mano de obra barata, también generaron nuevas oportunidades de empleo para los nacidos en Estados Unidos en puestos de trabajo que dependan de las capacidades de comunicación.

Por ejemplo, muchos meseros y recepcionistas de los restaurantes de Nueva York deben sus trabajos a los inmigrantes con sueldos bajos que lavan los platos y cortan las cebollas. Hay muchos más restaurantes en Nueva York que, digamos, en Oslo porque los salarios altos de Noruega hacen que salir a comer sea mucho más caro para el noruego promedio.

Hay dinámicas similares en otras industrias. La cosecha de fresas en las costas de California debe su existencia a los inmigrantes recolectores y sus bajos sueldos. De alguna manera, estos inmigrantes están manteniendo a los estadounidenses que tienen mejores salarios trabajando en la cadena de la industria de fresas que va del campo al mercado. Si Estados Unidos importara las fresas de México, tendrían que encontrar trabajo en otro lugar.

Un estudio académico reveló que, en 1964, cuando terminó el Programa Bracero que permitía a los productores agrícolas importar trabajadores mexicanos, el cese súbito en el suministro de mano de obra barata no ayudó a aumentar los salarios de los agricultores estadounidenses. Desde la cosecha de algodón, pasando por la del betabel, hasta la de tomates, los productores agrícolas prefirieron introducir maquinaria en vez de pagar salarios más altos.

Otra investigación encontró que las plantas manufactureras ubicadas en regiones de Estados Unidos que recibieron muchos inmigrantes poco calificados en las décadas de 1980 y 1990 se tardaron mucho más en mecanizar la producción que las regiones de poca inmigración.

Los estudios recientes sobre el impacto de la inmigración hacen notar que no solo las empresas reaccionan ante la llegada de mano de obra barata del exterior —invirtiendo en un nuevo restaurante, en una nueva planta para empacar fresas o algo parecido—. También reaccionan los trabajadores: trabajadores nacidos en Estados Unidos se mueven a puestos que requieren más comunicación, donde están protegidos de la nueva competencia. Muchos de ellos invierten en capacitarse, para quedar delante de los recién llegados.

“De hecho, los beneficios de la inmigración provienen de la especialización ocupacional”, afirmó Ethan Lewis, profesor adjunto de Economía en Dartmouth College. “Los inmigrantes que están relativamente concentrados en trabajos menos interactivos y más manuales dejan el camino libre a los originarios para que se especialicen en lo que son relativamente buenos: trabajos que requieren una comunicación intensa.

En un estudio basado en datos del Censo desde 1940 hasta el año 2010, Jennifer Hunt, profesora de Economía en Rutgers, estimó que por cada punto porcentual en que aumentó el número de inmigrantes de poca educación, aumentó 0,8 puntos porcentuales la proporción de la población nacida en Estados Unidos que terminó el bachillerato. El efecto es incluso mayor en el caso de las minorías.

Dos economistas, Giovanni Peri de la Universidad de California y Chad Sparber de Colgate University, compararon los mercados laborales de los estados que recibieron muchos inmigrantes poco calificados entre 1960 y 2000, y los que recibieron pocos inmigrantes. En los estados que recibieron muchos de esos inmigrantes, los trabajadores nacidos en Estados Unidos con menor grado de educación solían dejar los trabajos manuales —como, por ejemplo, cocineros en restaurantes de comida rápida— para obtener empleos que requerían un mayor grado de capacidades comunicativas, como ser representantes de atención a clientes.

Es interesante apuntar que los grupos más vulnerables de trabajadores nacidos en Estados Unidos —los hombres, los jóvenes, los estudiantes que abandonan el bachillerato y los afroamericanos— experimentaron un cambio más drástico que otros grupos. Y los salarios de los empleos que requieren un alto grado de comunicación se movieron en una relación en aumento en comparación con los que solo requerían habilidades manuales.

No es descabellado que los trabajadores estadounidenses que sienten que sus sueldos no mejoran, y que sus oportunidades de trabajo están estancadas, teman que la inmigración sea otra amenaza para su forma de vida. Sin embargo, a pesar de toda la alarma que se ha creado en torno a las posibilidades que podrían tener las hordas de inmigrantes pobres y sin educación que cruzan la frontera, este tipo de inmigración ha sido prácticamente benigna.

Consideremos el análisis de la Oficina de Presupuesto del Congreso sobre el proyecto de reforma migratoria que presentó sin éxito un grupo bipartidista de ocho senadores en 2013. Para 2033, se calcula que el plan habría aumentado 0,5 por ciento el promedio de los salarios y no habría hecho casi nada en los sueldos de los menos calificados. La economía habría crecido cerca de 5 por ciento, a largo plazo, principalmente porque habría 16 millones más de personas.

Si se debe temer a algo, no es a una horda de trabajadores poco educados que están listos para saltar la frontera. El principal problema migratorio de Estados Unidos, con vistas al futuro, es que haya escasos inmigrantes poco calificados que quieran cruzarla.

Como las Academias Nacionales hicieron notar en su informe: “La entrada de mano de obra ha servido para que Estados Unidos evite los problemas que tienen otras economías que se han estancado como resultado de datos demográficos desfavorables, en particular los efectos de una fuerza laboral envejecida y el consumo reducido de los residentes más viejos”. Eso significa que habrá un vacío laboral que llenar.


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