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Tacha experto de 'ignorante' reforma migratoria

The New York Times | Sábado 05 Agosto 2017 | 13:56 hrs

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Por David J. Bier, para The New York Times.



Esta semana los senadores republicanos Tom Cotton y David Perdue presentaron un proyecto de ley que aseguran reduciría 50 por ciento la inmigración legal en Estados Unidos. En eso tienen razón, pero casi todo lo demás que han manifestado sobre su iniciativa es falso o engañoso.

Los senadores, cuya propuesta avala el presidente Trump, alegan que el país está registrando una inmigración anormalmente alta; que los inmigrantes están afectando los salarios; y que el proyecto de ley daría preferencia a los inmigrantes calificados, volviendo más competitivo a Estados Unidos. Dichos argumentos son ficción pura.

Los senadores han justificado el drástico recorte inmigratorio asegurando que la iniciativa reduciría nuevamente los “niveles legales de inmigración” a “sus normas históricas”. Pero no toman en cuenta el impacto del crecimiento poblacional. Un millón de inmigrantes en 2017 no equivale a la misma cifra en 1900, cuando había la cuarta parte de estadounidenses. 

Al controlar la población, el índice actual inmigratorio es casi 30 por ciento menor a su promedio histórico. Si la propuesta se hace ley, la tasa descendería aproximadamente 60 por ciento por debajo del promedio. 

El senador Cotton está intentando relacionar el lento aumento del índice inmigratorio de décadas recientes con los salarios a la baja de los estadounidenses sin título universitario, implicando que los trabajadores no calificados afrontan mayor competencia que hace años por los empleos. Pero tal correlación es falsa, pues ignora el tamaño del universo de la mano de obra.

Incluir a todos los nuevos buscadores de trabajo ⎯nacidos aquí y en el extranjero⎯ revela un descenso significativo en los trabajadores nuevos que compiten por empleos estadounidenses. Entre 1948 y 1980, al incrementarse los ingresos de todos los trabajadores, la mano de obra creció 76 por ciento, en gran parte debido a las generaciones de la posguerra y la entrada de la mujer al mundo laboral. A partir de entonces, las  tasas de natalidad a la baja han significado que cada año entran a  la mano de obra aproximadamente la mitad de competidores, a pesar de muchos más inmigrantes.

Los estadounidenses menos educados tenían asimismo menos competencia. En la posguerra se incrementaron 50 por ciento las filas de los trabajadores educados sin título universitario, respecto a 16 por ciento en las últimas décadas. Durante ambos periodos, se registró un continuo descenso en la competencia para el mercado laboral de quienes desertaron de preparatoria. En cambio, los egresados universitarios tuvieron más competencia que antes.

Todo lo anterior sugiere que el estancamiento salarial se debe a otras causas, como la tecnología nueva y la creciente carga de las regulaciones, no a más personas en busca de empleo ⎯inmigrantes o no.

El análisis de los senadores presenta una confusión similar al sostener que con su iniciativa se crearía un sistema como el de Canadá y Australia. Al controlar la población, estos países aceptan el doble o el triple de inmigrantes legales que Estados Unidos.

Una mentira similar es que en el proyecto de ley se daría “prioridad” a los inmigrantes calificados. De hecho, no se ofrecen más visas para los trabajadores calificados que en nuestra ley actual. Todo lo que la propuesta haría es disminuir el número de visas para los familiares de ciudadanos estadounidenses.

Canadá y Australia no son los únicos que nos superan en términos de dar la bienvenida a los inmigrantes: 17 países desarrollados aceptan inmigrantes legales equivalentes a un porcentaje mayor de su población que Estados Unidos. Esto coloca a Estados Unidos en desventaja económica en la contienda global por el talento.

En otros contextos, los senadores Perdue y Cotton han mencionado que las políticas fiscales y reguladoras federales envían empleos al extranjero. Pero el control excesivo de los mercados laborales desde Washington tiene el mismo efecto dañino, alejando de Estados Unidos a las empresas y perjudicando a las que se quedan.

En vez de reducir la inmigración, el Congreso debe elevar las cuotas  basadas en el trabajo, mismas que desde 1990 no se han ajustado. Una reforma inteligente duplicaría los pasaportes de residencia y asociaría las futuras visas laborales con el crecimiento económico, respondiendo a las fuerzas del mercado en vez de a caprichos políticos.

No obstante, las reformas inteligentes requieren primero que el Congreso entienda los hechos básicos: en Estados Unidos no ha habido una avalancha inmigratoria. Los trabajadores no calificados nacidos aquí no han afrontado más competencia por los empleos. Otros países aceptan más inmigrantes per cápita. Hasta que dichos datos se asimilen en las salas del Capitolio, el debate inmigratorio continuará atorado en propuestas ignorantes como ésta.

 


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