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La historia del hombre que ‘se llevó’ las camisetas de Tom Brady

The New York Times | Lunes 10 Abril 2017 | 06:49 hrs

The New York Times |

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Nueva York— El 5 de febrero de 2017, Tom Brady protagonizó la remontada más espectacular en la historia del Super Bowl. Pero nunca se imaginó que, momentos después, un periodista mexicano empañaría su victoria perfecta.

Después de llevar a los Patriotas de Nueva Inglaterra a revertir un marcador adverso de 25 puntos y definir el partido ante los Halcones de Atlanta en tiempo extra —algo que nunca había ocurrido en un Super Bowl—, el mariscal de 39 años fruncía el ceño. No dejaba de hablar de su camiseta número 12, la que lució en el juego.

En un video se le veía sorprendido y molesto, revisando los vestidores mientras preguntaba: “¿Alguien la vio? ¿Alguien agarró mi camiseta? La tenía aquí en mi bolso. Estoy seguro, absolutamente seguro, cien por ciento seguro. Alguien la agarró”. Luego le comentó a Robert Kraft, el millonario dueño de los Patriotas, que le habían robado su camiseta, y Kraft le recomendó que la buscara en internet.

Algunos expertos calcularon que la prenda podría obtener decenas de miles de dólares en una subasta. Un informe de la policía de Houston estableció que su valor era de medio millón de dólares. En una entrevista en Fox, Kraft comparó el robo de la camiseta de Brady con “llevarse un Chagall, un Picasso o algo así”.

Seis semanas después, y con el despliegue de una investigación del FBI, la policía de Houston (ciudad de Texas donde se jugó el partido), las autoridades mexicanas y la National Football League, el misterio fue resuelto en México. A través de un video de seguridad se elaboró una lista de sospechosos y, el 12 de marzo, las pesquisas llevaron a los investigadores hasta el domicilio de Mauricio Ortega Camberos, un periodista mexicano de unos 50 años que no solo entregó la camiseta perdida sino también la que Brady usó hace dos años al obtener su cuarto título frente a Seattle y el casco de Von Miller, apoyador de los Broncos de Denver que fue designado como el jugador más valioso del Super Bowl L.

El nombre de Ortega de pronto se ubicó en el centro de una tormenta mediática por la magnitud del escándalo y las posibles consecuencias de sus actos en la imagen de los mexicanos ante el mundo. El expresidente mexicano Felipe Calderón criticó abiertamente su conducta en Twitter: “#MauricioOrtega una vergüenza para todos los mexicanos. Debería México meterlo a la cárcel sin esperar que @Patriots lo pida. Desprestigia”.

Durante más de 20 años, Ortega fue el director de La Prensa, un diario popular de nota roja con 88 años de existencia que ahora pertenece a la Organización Editorial Mexicana (OEM), una de las corporaciones de medios más grandes de México. El 20 de marzo, la empresa emitió un comunicado en el que señalaba que Ortega había renunciado el 14 de ese mes, dos días después de entregar los objetos robados. La declaración decía que, “con total sorpresa y decepción”, la compañía se enteró de la investigación y reprobaba “enérgicamente” ese comportamiento. También aclaraba que sus empleados no sabían de la participación de Ortega en el robo de los artículos.

“Solo llamó para avisar que venía y nos renunció. Verdaderamente venía pálido el hombre, como muy preocupado, y nos insistía en que quería presentar su renuncia”, dijo Martha Ramos, directora general editorial de la OEM. “Que después de tantos años alguien presente su renuncia de esa manera es rarísimo. Lo primero fue sorpresa, le preguntamos: ‘¿Qué te pasa? ¿En qué te ayudamos?’. Sabemos que tiene un hijo muy enfermo y supusimos que por ahí iba el asunto”.

Ramos explicó que ella tiene poco más de un año en esa organización, por lo que tuvo pocas oportunidades para conocer a Ortega, pero dijo que era evidente la pericia que tenía como director para titular, armar la primera página y escoger el orden de publicación de las noticias del periódico. “Es un tipo de lector que no es fácil de entender. El sello de La Prensa es nota roja, si le metes información dura, lo matas. Y él era muy bueno en eso”.

Los empleados del diario, contó Ramos, sabían que el director era un amante apasionado del fútbol americano: cuando entraban a su oficina veían algunos artículos como camisetas, cascos, figuras y las selfis que se tomaba con jugadores de la NFL. Para ellos “era normal”.

Lo que no era normal era que Ortega se acreditara para cubrir eventos como el Super Bowl. “Ahora todo eso va a cambiar pero, en realidad, era algo simple porque él era el que manejaba las acreditaciones de prensa en el diario como director, así que él mismo se autorizaba. Siempre pedía vacaciones por la fecha del Super Bowl porque coincide con su cumpleaños, que es en febrero”, explica la directora.

Luego de renunciar, Ortega entregó las prestaciones de su cargo —que eran su teléfono celular, un auto de la compañía, los documentos e identificaciones operativas— y procedió a cancelar todas sus cuentas de redes sociales. En repetidas oportunidades The New York Times en Español intentó contactarlo por teléfono, a través de colegas, amigos personales y en su domicilio pero no atendió las diversas peticiones de entrevista.

Marco Lara Klahr, escritor y periodista mexicano especializado en temas de seguridad, no lo conoce personalmente pero ha investigado sobre su trayectoria: “Mauricio se hizo en La Prensa hasta llegar a director, de alguna manera es un producto más de ese diario. Sé que tiene una tesis de licenciatura sobre la entrevista y es egresado de periodismo de la UNAM”.

Diversas fuentes consultadas corroboran que Ortega estudió en la universidad pública nacional de México y obtuvo su cédula profesional como periodista en el año 1990. Sus allegados dicen que solía ufanarse de pertenecer a la misma generación que Carmen Aristegui, la célebre periodista mexicana de radio y televisión, y decía que eran amigos. Al ser consultada, Aristegui dijo no recordar realmente si fueron juntos a la universidad. Y que definitivamente no tiene ninguna relación amistosa con él.

Ortega incluso llegó a presidir asociaciones gremiales como el Club Primera Plana en 1998, una organización que también reprobó su conducta y aclaró que el periodista había sido dado de baja desde el año 2000. “Los periodistas somos periodistas; los que se aprovechan de un medio de información para delinquir son simples delincuentes”, dijo hace poco Teodoro Rentería Arróyave, consejero permanente de esa institución.

Para Lara Klahr, quien dirige el programa de medios del Instituto de Justicia Procesal Penal, la conducta de Ortega es una variante más de la problemática que encarnan medios como La Prensa.

“¿Qué esperaban de este hombre? Él dirigía un diario que descontextualiza y criminaliza a las personas, es un medio supermachista que además lucra con las tragedias humanas”, dice Lara Klahr, para quien se trata de una prensa que “retrata los déficits de nuestra sociedad”.

Paradójicamente, Ortega terminó protagonizando un escándalo que pudo ser la exclusiva soñada de un diario de nota roja como el que dirigió por más de dos décadas.

En La Prensa

A pesar de haber hecho carrera durante más de 30 años en la capital mexicana, Ortega es un ilustre desconocido en la mayoría de los círculos periodísticos del país.'

“Él se inició en la mesa de redacción como auxiliar, después ya fue fungiendo como coeditor de algunas secciones. No era un reportero, se la pasaba metido en la oficina”, relató un fotógrafo de 49 años con más de tres décadas de experiencia que trabajó en La Prensa desde 1986 hasta fines de los noventa, y habló de su relación con el exdirectivo bajo condición de anonimato. Según diversas fuentes, Ortega era un funcionario de escritorio con poca o ninguna interacción con las pautas externas.

La Prensa se fundó en 1928 y ha pasado por varias etapas. Para 1993 era una cooperativa que se declaró en quiebra, y sus trabajadores eran socios. Durante una de las asambleas en las que se votó el cambio a sociedad anónima, distintas fuentes señalaron que Ortega fue uno de los que se opuso a deshacer la cooperativa, pero luego nunca volvió a hablar de eso.

En 1996, cuando La Prensa fue vendida a la OEM, varios reporteros comenzaron a ser despedidos porque habían iniciado una demanda por fraude por la venta del periódico, dijo un antiguo jefe de información de La Prensa, quien habló a condición de mantener el anonimato. Pero Ortega fue nombrado como director por los nuevos propietarios.

“Siempre fue fanático del fútbol americano y los grupos de rock, usaba su cargo de director para ir a muchos eventos como reportero aunque La Prensa no cubre eso”, dijo el exjefe de información del diario quien admitió que nadie habría podido imaginarse su relación con el robo de memorabilia.

Arturo Ríos, un columnista de La Prensa que conoce a Ortega desde hace cinco años, también está sumido en el asombro: “Siempre fue una persona sumamente amable, educado y de un trato especial”.

El escándalo informativo elevó el caso de la camiseta de Tom Brady al nivel de otros grandes robos de memorabilia deportiva como pasó con el robo de la Copa del Mundo Jules Rimet en 1983; los cinturones del campeón de boxeo estadounidense, Carmen Basilio, en 2015; la bicicleta de Simon Gerrans en 2015, y los cinco anillos de la estrella de la NBA, Derek Fisher, en 2016. Mención aparte merece el caso de O. J. Simpson, quien cumple una sentencia de 33 años de cárcel por robar viejos trofeos suyos que le había vendido a una tienda de empeños.

Sin embargo, más allá de la condena mediática y la desaprobación que sus actos le han acarreado, Ortega no afrontará cargos penales. Varios expertos legales aseguran que, como el robo se cometió en Texas, la ley aplicable es el código penal de ese estado que establece como una conducta menor el robo cuando no excede los 250 dólares.

“El costo de la camiseta no debe superar esa cifra, aunque esté valorada en más de 500 mil dólares porque eso es una estimación que hacen coleccionistas y fanáticos. Como no supera los 250 dólares, no amerita prisión en ese estado y para, por ejemplo, aplicarle el tratado de extradición a Ortega, el hecho debe ser castigado en ambas naciones con al menos un año de prisión, lo que no ocurre en este caso”, explica Gabriel Regino, abogado penalista y académico de la UNAM.

Regino contó que cuando las autoridades descubrieron que Ortega tenía la camiseta, la Procuraduría General de la República (PGR) ordenó un cateo y cuando los funcionarios entraron en su residencia, él mismo desmontó las camisetas de los cuadros, las metió en unas bolsas, agarró el casco de Von Miller y le entregó todos los artículos a las autoridades. “La delegación de la PGR le preguntó al agente de la NFL si iban a proceder a levantar cargos. Como dijo que no porque al recuperar la camiseta consideraban que el caso estaba cerrado, se produce un acuerdo reparatorio y se acabó el asunto”.

Con el nuevo sistema de justicia penal acusatorio de México, quienes hayan cometido delitos patrimoniales, sin violencia, podrán llegar a un acuerdo reparatorio que consiste en la entrega del bien sustraído o el pago del mismo. “Por más vergonzosa que fue su conducta, que llenó de indignación a todo el país, no tiene consecuencia penal alguna”, concluye Regino.

Sin embargo, el gobierno estadounidense le canceló la visa al periodista.

El amor por el fútbol

Diversos periodistas mexicanos consultados por la agencia de noticias Associated Press declararon que Ortega llevaba objetos de colección en su último viaje al Super Bowl, como una camiseta que Kurt Warner usó en una final, y que pensaba vender por miles de dólares.

“Le pregunté qué hacía y me dijo que él no estaba ahí para trabajar, que era un aficionado y que no iba a trabajar, que pedía vacaciones en su trabajo y lo usaba para ir al Super Bowl y que tenía 20 años acudiendo”, le dijo a Arturo Palafox, editor de deportes del diario 24 Horas.

AP también reportó que Ortega le compró a Brian Drent, dueño de Mile High Card Company —una casa de subastas de artículos deportivos de Colorado— una camiseta usada por Joe Montana y pagó más de 20 mil dólares por la pieza. Cuando voló a Denver para recogerlo, contó Drent, el periodista mexicano le dijo que quería subastar una camiseta de Patrick Ewing y unas zapatillas de Jerry Rice. También le habló del casco de Von Miller que hace poco le entregó a las autoridades.

“Le dije: ‘Es una gran pieza, pero no sé su valor'”, declaró Drent a AP. “Le pregunté: ‘¿Cómo lo obtuviste?’, y evadió la pregunta”.

Drent no fue el único que supo de los artículos que Ortega estaba ofreciendo. El mexicano Alfonso Huerta-Romo dijo que coleccionistas como él se enteraron por las redes sociales de que el periodista había ofrecido la camiseta de Brady en el tianguis de Lomas Verdes, un mercadillo donde se venden diversos artículos.

“Ese hombre no es conocido entre los círculos de la memorabilia de México”, explica Huerta-Romo en tono tajante. “Además no era un coleccionista nato porque hurtó los objetos y quería obtener un beneficio económico. Los verdaderos fanáticos adquieren el bien para su colección, no para lucrarse”.

Huerta afirma que, aunque es muy difícil vender ese tipo de objetos, le parece raro que Ortega haya intentado deshacerse de la camiseta en tan poco tiempo: “La de Brady estaba valorada en 500 mil dólares pero jamás iba a conseguir eso, porque no estaba certificada. Entonces tenía que engañar al comprador y garantizarla con su palabra pero lo máximo que habría conseguido acá son 200 o 300 mil pesos (entre 100 y 150 mil dólares), pero lo raro es que con todo el escándalo habría tenido que esperar muchísimo tiempo para que se enfríe el artículo. Y es muy probable que lo capturaran cuando intentara venderlo”.

De alguna manera, esta es la historia de dos hombres que están locos por el fútbol. Uno es considerado como el mejor mariscal de campo de todos los tiempos, y el otro se entregó a la acumulación irracional de objetos de ese deporte. Mientras Brady lo ha ganado todo en el fútbol; Ortega perdió su prestigio y su carrera por esa pasión.

México es el segundo país con más aficionados de la NFL. El año pasado las autoridades de la liga divulgaron que el país tiene 25 millones de fanáticos por lo que no es de extrañar que cada vez se efectúen más partidos como el de los Oakland Raiders con los Patriotas de Nueva Inglaterra, que está programado para la próxima temporada. Es decir, Tom Brady jugará este año en el Estadio Azteca.

El país cuenta con una larga tradición deportiva en el fútbol americano que se evidencia en los seis equipos de su liga profesional y más de un centenar en la categoría colegial. “La honestidad es uno de los valores fundamentales del ser humano y la persona que hizo ese robo faltó a la calidad moral porque por su culpa algunos podrían pensar mal de los mexicanos. En este país amamos al fútbol americano y nada ni nadie va a cambiar eso”, afirmó Sergio Baz Ferreira, presidente del Salón de la Fama del Fútbol Americano de México.

Para el periodista León Krauze lo más lamentable es el daño que este caso le produce a la imagen de los mexicanos. Krauze trabaja en Univisión, donde suele investigar sobre los diversos problemas de la comunidad hispana en Estados Unidos y sostiene que “hay millones de pequeños actos de normalidad, lealtad y bondad de los latinos que no se cuentan nunca y un solo acto de un idiota puede afectar todo eso”.

Organizaciones de derechos humanos y defensa de la libertad de expresión, como Artículo 19, han denunciado en repetidas oportunidades las condiciones de riesgo que sufren los periodistas mexicanos en el ejercicio de su oficio. Según los registros de este grupo, en México se han asesinado a 103 periodistas desde el año 2000, de los cuales 30 fallecieron durante el actual gobierno de Enrique Peña Nieto como es el caso de Miroslava Breach, reportera asesinada frente a su casa en Chihuahua el pasado 23 de marzo.

“Es terrible que se sepa del periodismo mexicano por un suceso que refleja deshonestidad, frivolidad y no por los miles de actos de valentía cotidiana de nuestros colegas que incluso entregan la vida en aras del oficio. Eso le resta atención a la verdadera naturaleza de los reporteros mexicanos que son muy esforzados y valientes a la hora de enfrentar los riesgos”, concluye Krauze.

Ni el periodista ni sus familiares pudieron ser contactados para conocer su versión de los hechos. Hasta inicios de abril, nadie sabía dónde se encontraba Ortega. Su casa en el Condado de Sayavedra permanece cerrada a cal y canto. Solo los perros ladran en el interior y una ventana diminuta permanece abierta desde hace varios días.


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