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Jared Kushner, la sombra de Trump

El País | Domingo 19 Marzo 2017 | 09:28 hrs

Agencias |

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Washington— Hasta hace poco todo parecía indicar que Jared Kushner no era más que otro joven y esforzado hombre de negocios, de perfil moderado y tecnocrático. Pero en el último año algo parece haber cambiado en sus convicciones, su actitud y su relación con los miembros de la élite neoyorquina a la que pertenece. En un gélido día del pasado mes de diciembre, ya pasadas las elecciones, Kushner visitó la sede del banco de negocios Morgan Stanley, en pleno Times Square, para participar en una discreta reunión del Partnership for New York City (la patronal neoyorquina) con el fin de analizar los resultados de las presidenciales. Más de 400 directivos, muchos de ellos máximos ejecutivos de grandes compañías, abarrotaban el elegante comedor de madera del banco para escuchar a Charles Schumer, líder de la minoría demócrata en el Senado, y después, como estrella invitada, al propio Kushner, en representación de su suegro, Donald Trump, convertido un par de meses antes en el hombre más poderoso del mundo.

“Jared Kushner es el hombre al que hay que prestar atención”, dijo Stephen Schwarzman, un multimillonario dedicado al capital riesgo, al presentar al emisario de Trump. ­Kushner, de 36 años, casado con Ivanka, la hija mayor de Trump, atendía impávido a sus palabras, vestido con americana, camisa sin corbata y deportivas de un blanco reluciente. Visto de cerca, conserva un rostro juvenil, es simpático y educado. Pero desde diciembre se comporta con la seguridad de un hombre que ha logrado el reconocimiento definitivo.

Muchos de los magnates allí reunidos habían conversado con él en las fiestas de la alta sociedad neoyorquina y lo conocían como próspero empresario inmobiliario en Manhattan y editor de un periódico no tan próspero (The New York Observer, que adquirió a los 25 años y con el que ha aprendido la importancia del negocio online). Ninguno de los asistentes había previsto lo ocurrido en las elecciones. Con nula experiencia política y contra todo pronóstico, Kushner había dirigido la triunfal campaña de Trump a la Casa Blanca y, tras su victoria, se había convertido en su más íntimo colaborador en el Ala Oeste. Ante esa situación inesperada, gran parte de esos líderes empresariales comenzaban a dudar de si Kushner había compartido alguna vez sus valores y su visión del mundo.

Muchos confiaban –tal vez a la deses­perada– en que Trump, al que nadie había imaginado como presidente, resultaría más flexible. Quizá se dejaría llevar por los discretos consejos de Kushner, y tal vez algunas de sus posturas más maximalistas fueran negociables. Tras su victoria, los mercados se animaron gracias a esa teoría. Tres días antes de la comparecencia de Kushner en Morgan Stanley, el Dow Jones había cerrado con un alza sin precedentes. Y él estaba allí para tranquilizar a sus viejos amigos y decirles que no temieran a su suegro.

“Pensaba que tendría que explicar hoy al mundo empresarial qué significa la presidencia de Trump”, comenzó Kushner. “Pero da la impresión de que los mercados lo han comprendido y se han adelantado”. Jared habló de lo que le había costado a él mismo descubrir el atractivo de Trump y contó que, en otro tiempo, él había vivido en una “burbuja” en el exclusivo Upper East Side neoyorquino. Veía la inmigración a partir de las necesidades de Silicon Valley y contemplaba el cambio climático desde el punto de vista de las emisiones de carbono, no de los puestos de trabajo en la minería del carbón. Pensaba así hasta que empezó a recorrer el país con Trump, y a asistir a mítines en los que miles de ciudadanos gritaban contra la política del Gobierno anterior. Y en esos viajes se le cayó “la venda dorada” de los ojos.

Trump, comentaba Kushner, “daba voz a agravios reales”, aunque muchos le considerasen un demagogo enloquecido y la CNN informara de sus actos de campaña como si fueran las concentraciones de Núremberg. Su victoria había sido fruto del rechazo a la clase dirigente: los grandes medios y los dos partidos políticos.

“Para haber sido progresista, Kush­ner comprende muy bien este movimiento populista de base”, dice Steve Bannon, el polémico asesor de Trump. Kushner se considera un gestor, no un político. Fue crucial para impulsar las ambiciones de su suegro y su influencia parece ser una de las verdades incontrovertibles en una transición llena de intrigas y torbellinos. Puede verse, por ejemplo, en el sesgo centrista del nuevo equipo económico.

Durante toda la campaña presidencial, la seriedad del compromiso de Jared Kushner con el programa reaccionario de Trump estuvo rodeada de lo que Henry Kissinger –que se declara admirador de Kushner– llamaría “una ambigüedad constructiva”. No concedió entrevistas ni pronunció discursos. Su decisión de dejar los negocios y abandonar su anterior afiliación política para ponerse al servicio de Trump sorprendió a todos esos millonarios que pensaban que lo conocían. Es cierto, siempre se había apresurado a defender a su suegro contra sus detractores y había manifestado su admiración por su talento para promocionarse y su habilidad para burlarse de la prensa. Pero nunca dio la impresión de compartir sus posiciones más radicales. Cuando Trump se dedicó a soltar sus teorías de la conspiración sobre el lugar natal de Obama, Kushner aseguró que su suegro, en realidad, no creía esas cosas.

Sin embargo, Trump y Kushner tienen más cosas en común de lo que podría parecer. Los dos son de fuera de Manhattan –Trump es de Queens; Kushner, de Nueva Jersey–, pero hicieron su fortuna en la isla y atravesaron periodos de adversidades financieras y ataques de los periódicos sensacionalistas. Como promotor inmobiliario, Trump asumió grandes riesgos en los años ochenta y se enfrentó a la bancarrota en los noventa; Kushner se expuso a contingencias antes de la crisis financiera de 2008 y a punto estuvo de perder el edificio insignia de su familia, el 666 de la Quinta Avenida. Al final ambos regresaron al poder por la puerta grande.

A Jared Kushner se le suele tildar de “discreto”, a diferencia de su grandilocuente suegro, pero las personas que han trabajado con él dicen que sus formas suaves engañan. “Es muy agresivo”, dicen los que le conocen. Una vez que Kushner ha tomado una decisión se lanza en tromba. Y, sobre todo, Trump y él tienen una misma concepción del concepto de “clan” como elemento central de la vida, los negocios y la política. Trump valora la lealtad, en especial la que circula de abajo hacia arriba, y durante la lucha turbulenta de la política no ha tenido ningún defensor tan firme como Kush­ner. Ninguno de los dos olvida las ofensas. Les gusta el sabor de la venganza, aunque es posible que Trump sea el más dispuesto a perdonar.

En octubre, el periódico de Kushner, The Observer, preguntó a destacados personajes del sector inmobiliario, incluido el propio Kushner, una escueta cuestión: “¿Hillary o Donald?”. Jared respondió sin dudarlo: “La familia, lo primero”. Algunos pensaron que era un apoyo obligado. Pero, en realidad, la familia es para él un principio fundamental. Su lujoso despacho en la 15ª planta del 666 de la Quinta Avenida está a un paso de los de sus padres, Charlie y Sheryl, y su hermana Nicole (su hermano, Josh, tiene su propia sociedad de capital riesgo, y otra hermana, Sara, lleva una vida privada en Nueva Jersey). Cuando Jared tenía 24 años, Charlie, su padre, fue a la cárcel por un sórdido delito con connotaciones políticas, un episodio traumático que reafirmó el vínculo familiar de Jared tanto en la vida como en los negocios. Pero la feroz concepción del clan familiar es anterior a esa experiencia, y sus orígenes pueden hallarse en un libro expuesto en la recepción de Kushner Companies titulado The Miracle of Life.

La obra narra la increíble historia de los abuelos de Kushner. Rae, la matriarca, nació en Novogrudek, en lo que hoy es Bielorrusia. Cuando los nazis llegaron en 1941, ejecutaron a los médicos, abogados e intelectuales judíos en la plaza pública mientras una orquesta tocaba. Rae, adolescente, fue una de las 50 chicas seleccionadas para limpiar la sangre de los adoquines. Los nazis obligaron a decenas de miles de judíos a apiñarse en un gueto que era además un campo de trabajo y exterminio; de vez en cuando hacían cribas y mataban a unos cuantos. La madre y una hermana de Rae murieron asesinadas. En 1943, los 500 judíos que quedaban llegaron a la conclusión de que su destino era la muerte si no hacían algo deses­perado y decidieron construir un túnel. Excavaban cada noche con lo que podían. Una noche de tormenta, varios cientos de confinados, entre ellos Rae, su padre, una hermana y un hermano, reptaron hasta la salida del túnel. Los nazis descubrieron la huida y abrieron fuego. El hermano de Rae corrió en dirección equivocada y nunca se supo más de él. El resto llegó hasta el campamento del líder partisano Tuvia Bielski, donde vivieron una existencia muy dura hasta la llegada de los soviéticos.

Después de la guerra, Rae se casó con otro superviviente, un carpintero llamado Yossel. Huyeron del dominio soviético y llegaron andando hasta Italia. Fueron a parar a un campo de desplazados, donde pasaron tres años mientras esperaban los visados para Estados Unidos “Nadie quería acogernos”, contaba Rae. En aquella época, Estados Unidos tenía cuotas de inmigrantes en función de su etnia. “Para los judíos, las puertas estaban cerradas”.

Por fin en su nuevo país, Yossel se convirtió en Joseph (Joe) Kushner. Vivía con Rae y sus hijos en Brooklyn y trabajaba en la construcción, en el vecino Estado de Nueva Jersey. Le apodaban Hatchet Joe, “Joe el hacha”. Los Kushner se fueron a vivir a Nueva Jersey y Joe entró a formar parte del grupo –la mayoría supervivientes del Holocausto– que construyó en la posguerra las periferias residenciales de ese Estado. Se especializó en construir y alquilar pisos bajos con derecho a jardín, lo que resultó ser un gran negocio. Tuvo dos hijos, Murray y Charlie (padre de Jared). En 1985, Charlie, que tenía 30 años, ya había empezado a trabajar con su padre cuando este murió repentinamente. “Tuvo que aprender a ser constructor en muy poco tiempo”, dice Alan Hammer, un abogado que trabaja a su lado. Charlie amplió la cartera de propiedades a unos 25.000 pisos y se introdujo en el negocio de los locales comerciales, los hoteles y la banca.

Pronto los Kushner se convirtieron en ricos y destacados filántropos de la comunidad hebrea y abrieron una escuela judía ortodoxa en recuerdo de Joe. Rae, la abuela de Jared, fue una de las fundadoras del Museo del Holocausto en Washington. Su vida combativa es un elemento central de la identidad familiar. Cuando la historia de los partisanos de Bielski se adaptó al cine en la pelícu­la Resistencia, protagonizada por Daniel Craig, los Kushner organizaron una fiesta y una proyección a la que asistieron muchos supervivientes del Holocausto. Los Kushner son grandes donantes del lobby AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel), y Jared supervisó el discurso que pronunció Trump ante este lobby durante las primarias. También ha servido de puente con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que conoce a los Kushner desde hace muchos años.

Jared, nacido en 1981, creció en un ambiente muy cerrado en torno a su familia y su fe. Sus numerosos tíos, tías y primos iban a menudo a cenar a su casa en sabbat. Algunos de los que hacían negocios con ellos vivían en el barrio, junto a una sinagoga ortodoxa. Cuando Jared era adolescente, su padre se fue interesando cada vez más por la política y se convirtió en un importante donante del Partido Demócrata. Los políticos con ambiciones nacionales, incluida Hillary Clinton, visitaban habitualmente a los Kushner para pedirles dinero.

En julio de 2000, el vicepresidente Al Gore fue a Livingston (el hogar de los Kushner en Nueva Jersey), a una fiesta para recaudar fondos con destino a su campaña presidencial. Había policías en todas las esquinas para cortar el tráfico y dejar que pasara la caravana del vicepresidente hasta el hogar de los Kushner. Sin embargo, lo que más recuerda la gente de aquel acto político es al chico de 19 años que presentó al candidato: Jared Kushner. “Charlie hizo que hablara Jared”, dice Pat Sebold, un funcionario demócrata de Livingston. “Me impresionó que fuera tan joven y tuviera tanto aplomo”. Charlie no quería solo que le aprobaran planes urbanísticos, aspiraba a tener influencia en política. Sin embargo, su caída, que comenzó con una pelea con su hermano Murray por el negocio, desencadenó una disputa familiar de dimensiones épicas. Una serie de demandas reveló pruebas que llamaron la atención de Chris Christie, el ambicioso fiscal federal de Nueva Jersey, que parecía encantado con la idea de procesar al poderoso Kushner para impulsar su carrera.

En julio de 2004, cuatro meses después de que muriese Rae, Charlie fue imputado por el fiscal Christie. Además de haber infringido las normas sobre la financiación de campañas, los investigadores descubrieron que había tramado un plan de venganza contra el marido de su hermana Esther y le había engañado para que se citase con una prostituta, un encuentro que grabó con el fin de hacerle chantaje. El episodio causó gran impresión en Jared, que contaba 23 años y cuya vida había sido un paseo entre la Universidad de Harvard –de la que su padre era benefactor– y las prácticas en varias prestigiosas empresas. Jared consideró que su padre era víctima de una injusticia. Charlie estuvo un año en una prisión de Alabama, y Jared y su madre le visitaban todas las semanas. Los Kushner seguían teniendo dinero, por las rentas de sus alquileres, pero su prestigio se había evaporado. Jared vivía en Nueva York y allí había otras formas de influencia además de la política: los medios de comunicación. Estos habían contribuido a los problemas de su padre. La primera decisión de Jared fuera comprar un periódico. En 2006 se hizo con The New York Observer por 10 millones de dólares.

Forjó relaciones con los viejos magnates de los medios que conocían los mecanismos del poder de la ciudad, se implicó en la reforma educativa y en la mejora de la calidad de la banda ancha en los edificios. Al mismo tiempo, se lanzó a promover los intereses económicos de su familia. En 2006, negoció la compra del 666 de la Quinta Avenida por 1.800 millones de dólares, una cifra nunca antes vista para un edificio de oficinas en Manhattan; una transacción que financió endeudándose. Al año siguiente, la empresa de los Kushner liquidó su cartera de pisos por 1.900 millones de dólares. Esa operación fue como cambiar una vieja flota de taxis por un coche de fórmula 1. La idea era de Jared.

Sin embargo, la compra de la torre de la Quinta Avenida empezó a dar problemas. Los préstamos de Kushner dependían de que los alquileres de las oficinas subieran, pero en 2008 la economía se hundió. Los inversores buitres compraron la deuda y amenazaron con el desahucio del 666. Kushner se sintió acosado, con pocos amigos y sin armas para negociar. No obstante, logró salir adelante, refinanció los préstamos, vendió participaciones de capital a diversos socios y explotó los locales comerciales mediante una compleja serie de acuerdos que produjeron una tranquilizadora entrada de dinero. “Vivió una época turbulenta y no solo sobrevivió, sino que prosperó”, dice Jonathan Mechanic, un abogado especializado en el sector inmobiliario que intervino en las negociaciones de los locales. Kushner no olvidó quién le había tratado mal. Tomó nota.

Jared salió de esa crisis con la reputación de ser un negociador audaz. Pronto volvió a hacer adquisiciones, con el respaldo de inversores institucionales como el CIM Group, una agresiva empresa de capital privado fundada por dos antiguos paracaidistas israelíes. Compró los locales comerciales del viejo edificio de The New York Times a Lev Leviev, un magnate de los diamantes que, cuentan, es amigo de Vladímir Putin. Compró edificios de pisos de renta controlada en el East Village y se introdujo en Dumbo, un barrio situado en la parte norte de Brooklyn, tras convencer a los Testigos de Jehová de que le vendieran unas codiciadas propiedades que tenían allí.

Kushner se casó con Ivanka Trump en 2009, y encajó muy bien en la familia. Todo rodaba, hasta que en 2016 se unió a la campaña de su suegro. Las consecuencias de esta decisión se han hecho notar en su vida, sus negocios e, incluso, en su sinagoga, la Congregación Kehilath Jeshurun, en la que el verano de 2016 hubo protestas por los planes de su rabino de pronunciar la invocación en la Convención Nacional Republicana. No obstante, pese a todas las críticas, Kushner siguió confiando en su propio criterio. Sir Martin Sorrell, director ejecutivo del consorcio publicitario WPP y amigo de Kushner, recuerda que se lo encontró un sábado por la mañana en Park Avenue, cuando se dirigía con sus hijos a la sinagoga: “Fue mucho antes de las elecciones”, dice Sorrell, “me aseguró que su suegro iba a ganar, y en aquel momento había muy poca gente que lo pensara”.

La participación de Kushner en la campaña electoral empezó como un compromiso familiar. Sin embargo, a medida que avanzaban las primarias, su ayuda ocasional se convirtió en un activo papel gestor. Su presencia en los mítines dejó de ser esporádica para hacerse constante. “Si este periodo ha demostrado algo, ha sido que no hacía falta tener ninguna experiencia ni en campañas ni menos aún en las presidenciales”, dice Rick Reed, un veterano consultor que hizo anuncios para Trump. Como los empresarios del sector tecnológico a los que tanto admira, Kushner examinó los aspectos económicos de las campañas y vio que estaba ante un sector adormecido y listo para que lo pusieran patas arriba. “Las empresas de encuestas son auténticos ladrones”, dijo en su discurso ante los empresarios en Times Square. Suya fue la idea de que se emplearan estrategias de marketing directo como las que usan las tecnológicas. Hizo de su campaña una start-up.

Arthur Mirante, que intermedió en la venta del 666 de la Quinta Avenida, dice que, durante la campaña, enviaba a Jared correos expresándole su perplejidad por las afirmaciones de Trump. “Y siempre me llegaba una respuesta justificándole: ‘Mira, hay que ver el conjunto, ya sé que lo que ha dicho no ha quedado bien, pero no quería decir eso en realidad’. Siempre tenía una explicación. Me decía que había cosas que yo no entendía y que todo iba a salir bien”. Kushner recibió muchos correos críticos durante la campaña, incluso de personas a las que respetaba. Le sirvieron como información: ahora sabía quiénes eran sus amigos más fieles. “Lo defino como una exfoliación”, explicó en la revista Forbes.

Las críticas parecían desencadenar un mecanismo de defensa en Kushner. Volvía a remontarse a la experiencia de la detención de su padre y el peligro de ruina total en el 666 de la Quinta Avenida. “Ya he estado en varios agujeros en mi vida”, le confesó a un conocido. “Y siempre he conseguido salir”. Esta vez, sin embargo, estaba luchando junto a gente como Steve Bannon, exdirector de la web Breitbart News y hoy consejero de Trump en la Casa Blanca.

Trump tuvo dos jefes de campaña, Corey Lewandowski y Paul Manafort, antes de que su yerno descubriera a Bannon, un estratega de la “derecha alternativa” que despreciaba el manual tradicional de campaña tanto como él. “Jared mandó todo lo convencional a la basura”, explica Bannon, “por eso me entendí con él”. Aunque tienen distintas ideas y orígenes políticos, Kushner tiene más cosas en común con Bannon –la actitud rebelde, el desdén por el Partido Republicano, su afición por los medios digitales– que con ninguna otra persona de la órbita de Trump, excepto Ivanka, su esposa. “Creo que ve a Bannon como un recurso valioso para el progreso de Trump. Lo importante no es lo que piensa Bannon, sino lo que necesita Trump”, asegura un republicano que conoce bien a ambos.

“El presidente confía en el instinto de Jared para los negocios y en su perspicacia política”, dice Kellyanne Conway, última jefa de campaña y asesora en la Casa Blanca. A los pocos días de las elecciones, junto con el vicepresidente electo, Mike Pence, Kushner se hizo con las riendas de la transición. Y laminó a Chris Christie, el fiscal que encarceló a su padre y que ahora, como gobernador republicano de Nueva Jersey, había apoyado decisivamente a Trump en la campaña y aspiraba a un cargo en el gabinete.

Si la presidencia de Trump se parece a su campaña, o al resto de su vida, es muy probable que haya una división entre clanes y que los republicanos conservadores –Pence, Conway y el jefe de gabinete, Reince Priebus– se disputen la influencia con los que no son del partido pero sí próximos a Trump, empezando por Kushner e Ivanka. Ya han empezado los codazos entre las distintas facciones. Sin embargo, sería un error pensar que Kushner puede aportar el contrapeso ideológico. Cuando dice que “no es un político” es sincero. Ha vivido siempre rodeado de políticos, con candidatos demócratas que aparecían a cenar en su casa, pero su progresismo era el reflejo de los principios de la comunidad en la que vivía. Y ahora tiene una nueva comunidad: la de Trump.

Algunos creen que puede ser la voz de la moderación, si no ideológica, al menos a la hora de aplacar las tendencias incendiarias de Trump. “Un presidente necesita a alguien que le diga: ‘Mira, esto ni te ayuda a ti ni ayuda al país”, dice Rick Reed, el consultor que hizo los anuncios de campaña para Trump. “Creo que Jared cumplirá ese papel”. Pero no parece que nadie sea capaz de moderar a Trump, aparte de él mismo, y está muy claro a quién es leal Kushner por encima de todo. “Estoy seguro de que expresa sus opiniones a Donald, y convencido de que Ivanka también tiene las suyas”, afirma Richard LeFrak, uno de los pocos verdaderos amigos que tiene Trump en el sector inmobiliario de Nueva York. “No es una familia de autómatas. Pero, a la hora de la verdad, todos van a apoyar incondicionalmente al presidente”.

Si la campaña apartó a Kushner del universo privilegiado en el que siempre había vivido, la victoria electoral de su suegro fue la ruptura definitiva con esa vida anterior. Muchos de los progresistas de Manhattan que le habían hecho el vacío durante la campaña se quedaron estupefactos con el triunfo y le enviaron correos llenos de palabras de felicitación y conciliación. Jared Kushner los arrojó directamente a la papelera. No está dispuesto a consolar a nadie y mucho menos si es de Nueva York. Ya solo piensa en Washington.


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